¿Dónde se encuentra el horizonte de democracia liberal, igualdad y bienestar? Para abordar esos términos, Svetlana Boym, profesora de literatura eslava y comparada en la Universidad de Harvard, plantea que el siglo XX comenzó con una utopía futurista y concluyó sumida en la nostalgia. La nostalgia, plantea, “es un sentimiento de pérdida y desplazamiento, pero también un idilio romántico con nuestra propia fantasía”, pero nos advierte que “el peligro de la nostalgia radica en que tiende a confundir el horizonte real y el imaginario”.

Boym, con agudeza, reconoce riesgos, concretamente, en cierta nostalgia restauradora que es una particularidad de los “renaceres nacionales y nacionalistas en todo el mundo, empeñados en fabricar mitos antimodernos de la historia a través de la vuelta a los símbolos y la mitología nacionales, y, a veces, de la reutilización de teorías de la conspiración”. El modelo económico neoliberal (considerando que en la década de 1930 del siglo pasado el liberalismo transitaba por sus momentos más difíciles, en ese contexto, se reunió en París el Coloquio Lippmann, ahí se estableció, entre otras cosas, el criterio para reconocer a ese liberalismo, que es el libre funcionamiento del mecanismo de los precios) ofreció la tierra prometida, que hoy está envuelta en neblina, violencia, pobreza y desigualdad. Cómo alcanzar un grado básico, aceptable de estabilidad, de confianza en las instituciones, en nosotros mismos.

Cómo construir, por fin, el espíritu que reconcilie seguridad con libertad, bienestar con crecimiento económico. Esta es una sociedad necesitada de sueños, anhelos, de humanización y ética. El maestro Adolfo Sánchez Vázquez afirmaba que “política sin ética es puro pragmatismo, pero que ética sin política deriva en simple diletantismo”.

Si se mira hacia México, se tiene un modelo que no ha resuelto cuestiones centrales como la violencia, la pobreza, la desigualdad, sin embargo, fue capaz de concretar logros significativos como la democracia, la alternancia, es decir, elecciones legales, legítimas, que todos los actores y ciudadanos aceptan, la lucha pacífica por el poder. Del otro lado, existen más añoranzas que propuestas. Qué espejo de la retrotopía (“una tierra firme que se presume capaz de proveer, y a lo mejor, hasta de garantizar un mínimo aceptable de estabilidad y, por consiguiente, un grado satisfactorio de confianza en nosotros mismos”, Boym), anhela la sociedad. Cuál es la agenda de los próximos años, sus contenidos, prioridades, actores, sin duda es fundamental poner esos conceptos en la mesa de debate. En términos de un liberal como Carlos Elizondo, en el país “no sobró liberalismo, sino que faltó, para ser más precisos: no hemos construido un país donde haya competencia y derechos para todos, lo cual requiere un Estado fuerte, capaz de defender la competencia y los derechos universales”. Partir de un liberalismo democrático, de un liberalismo económico que reconozca y defienda la necesidad de un Estado sólido, robusto, puede ser un buen inicio para discutir y enriquecer la agenda nacional.

Para consolidar la transición se debe de contar con dos pisos básicos, robustamente asentados, por una parte el piso liberal: libertad personal, libertad individual, democracia liberal que asegure siempre la lucha pacífica por el poder. El otro piso, es el social, una política social, de salud, educación, vivienda y nutrición que garantice el bienestar y la igualdad de todos los ciudadanos.

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