Ana Lidia Vargas Rodríguez

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (WHO, 2007), las enfermedades cardiovasculares son la principal causa de muerte en todo el mundo. Comprenden una serie de desórdenes del corazón y los vasos sanguíneos como cardiopatía coronaria, artropatías periféricas, cardiopatía reumática, enfermedades cerebrovasculares, trombosis venosas profundas y embolias pulmonares.

Tan solo en 2008 se registraron 17.3 millones de fallecimientos atribuibles a enfermedades cardiovasculares y se calcula que para 2030 la cifra de decesos por esa causa supere los 23 millones. (Hernández-Lepe, Wall-Medrano, Juárez-Oropeza, Ramos-Jiménez, & Hernández-Torres, 2015).

Actualmente existen escalas que permiten determinar el riesgo cardiovascular de cada individuo, el cual indica la probabilidad que tiene de presentar un evento cardiovascular con desenlace fatal en un periodo determinado de cinco a 10 años. El riesgo cardiovascular se calcula en función de una serie de factores de riesgo, los cuales comprenden características personales (edad, sexo, obesidad abdominal, presión arterial, diabetes mellitus con o sin resistencia a la insulina, niveles séricos de: colesterol total, lipoproteínas de baja densidad (LDL) y lipoproteínas de alta densidad (HDL) y hábitos de vida (tabaquismo, mala alimentación, inactividad física y consumo nocivo de alcohol) (Sáenz, Hinojos, Muñoz, & De la Torre, 2016) (WHO, 2007)

Últimamente se ha relacionado con la incidencia de enfermedades cardiovasculares el estrés oxidativo, la producción de especies reactivas de oxígeno dentro del organismos es un proceso normal, principalmente asociado con los procesos de apoptosis, la cadena respiratoria y los mecanismos de defensa del sistema inmune, se encuentra normalmente en equilibrio y bajo control del sistema antioxidante del organismo; sin embargo, el estrés oxidativo se presenta cuando ese equilibrio se rompe y las especies reactivas de oxígeno (ROS) ceden uno o más electrones desapareados a otras moléculas favoreciendo la producción de radicales libres que junto con las ROS pueden mermar la función biológica del endotelio, subendotelio, lipoproteínas y lípidos. (Hernández-Lepe, Wall-Medrano, Juárez-Oropeza, Ramos-Jiménez, & Hernández-Torres, 2015).

El exceso de tejido adiposo en el cuerpo es la principal característica de la enfermedad crónica denominada obesidad, el índice de morbilidad y la tasa de mortalidad por ese padecimiento es particularmente alto ya que correlaciona a riesgos cardiovasculares; así como el desarrollo enfermedades no transmisibles como: cáncer y diabetes. (Sáenz, Hinojos, Muñoz, & De la Torre, 2016).

De acuerdo con Sáenz, Hinojos, Muñoz y De la Torre (2016) el incremento de la prevalencia de sobrepeso y la obesidad se correlaciona con la reducción del consumo de agua, verduras, frutas y leguminosas y el incremento del consumo de alimentos industrializados con alto contenido calórico y un incremento de las actividades con bajo gasto energético.

Se estima que 2.8 millones de personas mueren anualmente debido a enfermedades relacionadas con sobrepeso y obesidad. (Weileer Miralles, y otros, 2015).

Resulta importante mencionar que en los últimos 20-30 años el porcentaje de niños y adolescentes obesos casi se duplicó, teniendo un gran impacto en la salud pública de países en vías de desarrollo en los cuales habitan 83 por ciento de los niños con sobrepeso en el mundo; dado que ese sector de la población presenta un riesgo ocho veces mayor de permanecer con sobrepeso u obesidad como adultos y por tanto una mayor probabilidad de presentar a temprana edad trastornos metabólicos, algunos tipos de cáncer, enfermedad cardiovascular degenerativa, trastornos: dermatológicos, neurológicos, endocrinos, respiratorios, gastrointestinales y ortopédicos; lo que reduce considerablemente la calidad y la esperanza de vida. (Martínez-Rojano, Pizano-Zárate, Sánchez-Jiménez, Sámano, & López-Portillo, 2016).

González, Ríos, y Lavalle (2015) definen como síndrome metabólico a la presencia de obesidad central de manera simultánea con una o más de las siguientes alteraciones: hipertrigliceridemia, HDL bajo, hipertensión arterial o disglucemia.

La Federación Internacional de Diabetes (IDF por sus siglas en inglés), considera que aproximadamente un cuarto de la población mundial padece síndrome metabólico, adicionalmente, ese sector poblacional presenta de dos a tres veces más riesgo de morir de una cardiopatía isquémica o de una enfermedad vascular cerebral que la población sana.

Cabe señalar que 80 por ciento de las muertes de pacientes diabéticos o con síndrome metabólico se deben a una enfermedad cardiovascular, por lo que es prioritario la detección temprana de los diferentes padecimientos que comprenden el síndrome metabólico, para que las intervenciones en el estilo de vida y el tratamiento pueda prevenir el desarrollo de la enfermedad. (Islas Andrade, Revilla Monsalve, & Caballero A, 2011).

En México, se realizó un estudio nacional de cohorte con el protocolo número SALUD-2004-C02-23/A-1 convocatoria: salud 2004, y por la fundación IMSS, el cual ha mostrado que la prevalencia del síndrome metabólico, obesidad y dislipidemia en México son muy elevadas y preocupantes (Islas Andrade, Revilla Monsalve, & Caballero A, 2011), por lo que a nivel público se han hecho esfuerzos para concientizar a la población de la problemática a través del programa Chécate, mídete y muévete.

El impacto de dicho programa sobre la salud pública de acuerdo con los resultados de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición de Medio Camino 2016 (Secretaría de Salud, 2017), no ha sido el esperado, ya que no se observa una disminución significativa en la incidencia de obesidad en todos los grupos etarios y géneros; así como diabetes, hipercolesterolemia e hipertensión arterial.

A partir de 1980, en México los valores de prevalencia de colesterol en sangre han sido monitoreados en diferentes estudios transversales, este ha pasado de 10.6 por ciento (1980) y 27.1 por ciento (1990), la más alta observada en el continente Americano; el colesterol es uno de los principales factores de riesgo cardiovascular que predisponen a importante para infarto agudo del miocardio, isquemia miocárdica silente y con la diabetes mellitus explican 66.6 por ciento de las muertes por cardiopatía isquémica en el país. (Escobedo- de la Peña, de Jesús-Pérez, Schargrodsky, & Champagne, 2014).

Comentarios