La bella, elevada y encantadora luz de la aurora con un vientecillo frío en el apacible y claro amanecer desde donde se divisan los nevados volcanes reflejando los majestuosos tonos amarillos, radiantes anaranjados de las iluminaciones en la mañana convertidas en inalcanzables hebras de oro en contraste con los azules turquesa y coral que asemejan ascuas del fogón de las leñas, de grises aterciopelados. “¡Qué levante tan perfecto, efímero!” de majestuoso diseño que provoca el ir a su encuentro, en sus piensos la anciana mujer se quedaba mucho tiempo estática sin pronunciar una palabra, sin el más leve gesto en su rostro, sin articular movimiento, con la mirada desvencijada, imaginaba los magueyales, los extensos llanos, los tinacales como si estuviera a poco de perder el juicio.
Afirmó que las majestuosas haciendas de los llanos de Apan tuvieron los más grandes tinacales que se miraron jamás, esas señoriales fincas para la concentración y fermentación del aguamiel pasaron a formar parte de la verdadera historia del país, con elevados techos de grandes vigas, gruesos entablados para soportar pesados terrados y enladrillados con pendiente que da salida por altas botaguas metálicas de barro o piedra a las lluvias, en su amplio y largo interior se vieron docenas de tinas de pieles ingeniosamente cosidas y selladas, así como hondas tinajas de maderas, un majo portal con gratos asientos de piedra o tabique, que repetidamente decía de “pollitos”, de estas estancias partían al abastecimiento de la Ciudad de México cientos de barriles del baboso y embriagador pulque.
La villa del mineral de Pachuca igualmente se alimentaba del apestoso liquido de los magníficos ranchos aguamieleros de donde los tlachiqueros salían antes del amanecer con sus acémilas maiceras o jumentos eloteros cargados con castañas, el acocote al hombro y raspador, a recolectar el dulce producto del agave, retornando a entregar al tinacal del rancho después de las ocho de la mañana; los labradores se daban cita en el portal a donde llegaban tlacualeros y familiares a dejar el almuerzo, poco a poco se iban reuniendo en agradable algazara escuchándose el ruido de muchas voces gozosas al ir sacando las deliciosas viandas de los fogones de los llanos, mezclado con las de las regiones de otras procedencias del Valle, Sierra y Huasteca.
Salían de entre las pulcras servilletas de manta delicadamente bordadas los aromas de tortillas azules, gordas y bocoles, tlacoyos de garbanzo, alverjón, haba y frijol, las gorditas de enchilados y suculentos guisos, salsas de tomate o jitomate, ajo y cebolla asados y cilantro, las de chile seco con tomatillo, chipotle, mora o rallado con xoconostle, huevos diferentes, quintoniles, quelites y verdolagas con chile tomate picado, mucha cebolla, cocidos, sudados en el comal con un recipiente boca abajo en leñas, lo más buscado y siempre pedido fueron las dobladas conocidas como ajolchiltlaxcalli; enchiladas de maíz con ajonjolí, chile seco rallado y cebolla asados molidos a metate, las enchiladas rojas o verdes con chile cuaresmeño, ajo y cebolla sazonados, convertido en suculentas dobladas con cebolla rebanada, frijoles en sus diferentes presentaciones; los había negros parados con epazote, cebolla, ajo y chile mordido, los suculentos frijoles cocidos, molidos en metate con mucha cebolla y cilantro para apaciguar lo picoso de gordas y enchiladas.
Algunas portadas de acceso al tinacal lucían agradables y lindas formaciones bellamente acomodadas de costumbre de finales del siglo XVIII, con fina loza vidriada importada, recreando deliciosas figuras con restos de platones, platos, soperas, budineras, tazas, jarras, jarrones y hasta tibores que habían resultado en pedazos, estas expresiones en los llanos inicialmente se vieron y colocaron en las importantes haciendas, veíase en las fuentes de agua, en las pérgolas de los jardines, en bancas sombreadas de majestuosos árboles, pasando la influencia a los ranchos hasta llegar a la villa minera de Pachuca, ese uso la viejilla lo decía de “riscos” y aseguro de “europeas esas maneras”.
Ella reveló y mostró este decorado de “riscos” en la segunda mitad del siglo XX, al poniente del mineral de Pachuca en el antiguo y viejo barrio de San Juan de Dios, después nombrado como de La Alta California, por los caminos de las minas del Cuixi y El Porvenir, tomó de la mano a su grupo de acólitos pelones acompañantes para enseñar las agradables formaciones de “riscos” de inspiración vernácula de los gustos del pueblo, creados con padecería de lozas vidriadas de todos los colores, destacando los azules intensos casi marinos, contrastando rústicamente con los blancos, siempre alardeando y presumiendo bellos diseños. Lo que pasmó a los jumentos fue la composición creativa de los decorados que resaltaban los sellos de fábrica de la loza y hasta las orejas y agarraderas de las tazas “¡tenían las piletas y lavaderos de eso! ¡Eran bien agradables, eso sí!”, esas formaciones vistas también en banquetas, pisos de acceso, muros y “pollitos”.
El cascabel al gato tiembla y retiembla. El pasado 19 de septiembre, en conmemoración de los 32 años de aquel trágico sismo que cambió diametralmente los destinos del país, vuelve a caer también en la Ciudad de México únicamente con 7.1 grados, exhibiendo reiteradamente la incapacidad e ineptitud de los gobiernos, senadores, diputados y partidos políticos. Ante tal orfandad, surge población de a pie llena de ciudadanos jóvenes deseosos de colaborar y cambiar los destinos de la nación, que evidentemente se vuelve prioritario. Se pone de nuevo en evidencia que las alarmas sísmicas y los simulacros no sirven absolutamente de nada mientras no se elimine la impunidad y la corrupción en las esferas administrativas y se ponga en práctica estrictos sistemas de planeación y prevención.

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