¿Qué es el amor?, ¿hacia quién va dirigido el amor?, ¿existirá el verdadero amor?, ¿existen diferentes tipos de amor?

El amor es un sentimiento vivo, inclinación hacia alguien o hacia algo, a quien siempre se le desea algo bueno, agradable, maravilloso; es también una intensa atracción emocional, sentimiento de afecto universal, el cual se expresa por medio de acciones, mensajes, declaraciones y poemas. Pero qué mueve la intención, qué da la prioridad, qué establece la empatía o la alianza entre más de un compatriota, aunque la libertad se vista de blanco, podemos estar seguros de que bajo ese vestido se encuentran las letras que corren como ríos de sangre, esa que aún se alcanza a oler por la mañana, la misma que el Sol se encarga de recordarnos cada atardecer en el rojo de su adiós, y en su ausencia, las estrellas han de venir a recordarnos que el brillo viene del interior de cada ser, en la esperanza de un corazón joven, en la mirada de una mujer, de una madre; en las lágrimas de un corazón roto. Porque la libertad tiene un precio, precio que no cualquiera es capaz de pagar.

Es el caso específico de esta también gran mujer: María Rita de la Trinidad Pérez Jiménez, de quien el amor hacia su esposo y a la patria la hicieron enlistarse a una causa. Nació en una hacienda de San Juan de los Lagos, Jalisco, en 1779 –no se sabe la fecha exacta–; sus padres José María Pérez Franco y Rafaela Jiménez. Debido a su posición económica, su destino estaba sellado por las tradiciones de la época, así es como terminó casándose en la Villa de Santa María de los Lagos con don Pedro Moreno, pasando a ser la señora de Moreno a los 20 años (Alfaro Anguiano, 2003).

El matrimonio ya llevaba 15 años, durante los cuales procrearon a cuatro hijos, de nombre Luis, Josefa, Luisa y Guadalupe. Su posición social y económica no era justificación suficiente para que se unieran al movimiento, ya que entre la mayoría de los hacendados de su clase la apatía se hizo con el fin de ascender o adquirir más tierra. En su caso solo fue sed de nacionalismo, hambre de igualdad y una visión de justicia más allá de las comodidades que les ofrecían sus posibilidades y que podrían llegar a tener (Hernández, 2017).

Por otra parte, Rita mostraba una actitud determinante, su motivación tal vez fue fidelidad, amor o quizá la empatía, pero la fuerza que la mantuvo en pie durante todas las adversidades que devinieron con las carencias particulares fue formar parte del movimiento de Independencia. Si el patriotismo hubiese tomado forma humana, probablemente sería doña Rita Pérez de Moreno, ya que entre las filas y seguidores de su marido, ella era de las más leales (Hernández, 2017).

Si alguna vez se dudó de su posición como combatiente, que sean sus actos y sus decisiones las que apacigüen cualquier incertidumbre. Fue ella misma la que decidió seguir a Pablo Moreno, aun cuando este le pedía que se quedara en casa de su madre con sus hijos y cuidara de ellos, pero ella, por amor hacia su esposo y quizá también el amor a la patria, optó por correr la misma suerte que su marido. Y así dejaron atrás su vida de hacendados para padecer un camino de adversidad y dolor.

Vaya, si alguien le hubiese contado a doña Rita de Moreno la suerte que le esperaba, es muy probable que hubiera hecho lo mismo. Al principio se encargaba de racionar la comida, cocinar, curar a los lesionados y dar apoyo incondicional durante su estancia en el Fuerte del Sombrero, hasta que la tomaron prisionera.

Ya era 1813 y la batalla parecía ser interminable, pero el calvario para Rita apenas comenzaba; fue precisamente en esa época cuando después de un ataque en el Fuerte del Sombrero al salir tomaron a su hija Guadalupe como prisionera y aunque el comandante Revuelta propuso entregar a los prisioneros realistas a cambio de recuperar a su pequeña, estos últimos no lo aceptaron, por lo que les dice: “Mi hija de nada le sirve a la patria, tengo más hijos… podéis tomarlos” (Alfaro Anguiano, 2003).

La señora de Moreno se mantiene firme aun por sobre la decisión de su marido, apenas estaba aceptando la situación de su pequeña cuando le notifican que su hijo Luis, de apenas 15 años, había fallecido en combate en la Mesa de los Caballos al recibir un ataque de los coroneles Ordoñez y Castañón; lo único que fue capaz de decir en ese momento fue: “Que se haga la voluntad de Dios” (Alfaro Anguiano, 2003).

Pasó el tiempo y la memoria de los caídos solo la reservaba en su corazón; llegó el año de 1817, cuando un ejército mucho más grande y bien armado se lleva consigo el fin de la campaña. Pero las virtudes de doña Rita Pérez prevalecían en el regazo de sus brazos, acompañada siempre del valor necesario y nada común entre las mujeres de su época.

Después de encontrarla con sus hijos y sus criadas en el fuerte, fue llevada hasta León en condición de prisionera; la hicieron caminar todo el recorrido aun estando embarazada; sus criadas se ocuparon de sus hijos pequeños. De León fue enviada a Silao, donde fue encerrada en una capilla para prisioneros en muy malas condiciones; a pesar del frío o la higiene del lugar, el hambre y la sed acabaron con la vida de su pequeña Prudencia, con apenas un año y un mes de nacida, al poco tiempo Severiano también falleció, con dos años y medio. (Alfaro Anguiano, 2003).

No siendo suficiente, dos días después de la muerte de Prudencia, doña Rita abortó; el dolor era insoportable, pero el espíritu en ella era mayor, gracias a las nobles palabras que su esposo le hacía llegar: “Un fondo de sufrimiento y de conformidad vale un mayorazgo, y es la única felicidad de que se puede disfrutar en la turbulencia, época que nos ha tocado; ármate de tan fuerte escudo, y todo será para ti llevadero” (Cervantes, 2011).

Después de un par de semanas de lo acontecido con sus hijos recibió la fatal noticia de la muerte de su esposo. Tal vez doña Rita nunca tocó una espada, tal vez nunca odio a nadie, pero el soportar toda una vida caminando a la sombra de la muerte es toda una proeza, el mirarle la cara de vez en cuando y aunque la tristeza era mucha, tuvo que soportar eso y más, porque fue hasta el 27 de agosto de 1861 que su alma al fin logró descansar (Alfaro Anguiano, 2003).

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