Diana Patricia Olivo Ramírez

Dentro de nuestra fisiología existe un horario para todo y lo mismo sucede idealmente con nuestra conducta. Todas las formas de vida, desde el nivel celular hasta el multicelular, poseen relojes biológicos, mecanismos a niveles celulares capaces de medir el tiempo y de organizar tanto conducta como fisiología a lo largo de todo el día.

Esos relojes biológicos toman como principal referencia para esa organización conductual y fisiológica la alternancia luz-oscuridad del día y la noche.

En los seres humanos, y en todos los mamíferos, el principal reloj biológico se encuentra en el cerebro, específicamente dentro del hipotálamo, en un grupo de neuronas llamado núcleo supraquiasmático. Gracias a ese reloj, la mayoría de nuestra fisiología y conducta varía diaria y ordenadamente a lo largo del día, es decir, nuestras funciones fisiológicas y conductuales aumentan y disminuyen a diario según la hora del día y el ritmo marcado por nuestro reloj interno. En el argot científico, a esas variaciones que repiten con una frecuencia de casi 24 horas se les llama ritmos circadianos y al reloj que las genera se le denomina reloj circadiano. Así, el hecho de que todos los días nos durmamos, nos despertemos, nos dé hambre prácticamente siempre a la misma hora (por citar algunos ejemplos), no es producto de la costumbre, sino una manifestación de nuestro reloj interno. La función de ese reloj va más allá de hacernos dormir o de recordarnos la hora de comer, y como ya he mencionado, su función es organizar toda nuestra conducta y fisiología para que esos mismos procesos se lleven a cabo de manera óptima y ordenada y de esa manera, minimizar el desgaste del organismo en sí. ¡Imagínate lo que implicaría para el organismo “hacer todo” al mismo tiempo! Se han descrito más de 100 ritmos circadianos en el mamífero, por ejemplo, la presión sanguínea, la frecuencia cardiaca y respiratoria, los niveles de ciertas hormonas, la temperatura corporal y el nivel de atención varían controladamente a lo largo del día.

Seguramente te preguntarás qué tiene que ver todo lo anterior con el aprendizaje, pues bien, para que se dé un mejor aprendizaje necesitamos un nivel óptimo de atención, y como ya se mencionó, los niveles de atención varían a lo largo del día. En el párrafo anterior también se mencionó que la temperatura corporal varía a lo largo del día (fluctúa entre 36 y 37.5 grados). Investigaciones realizadas desde hace más de 100 años sugieren que el nivel de atención de un individuo varía en paralelo a su ritmo de temperatura; las variaciones en el nivel de atención impactan directamente sobre el desempeño y eficiencia mental, la cual es óptima cuando se alcanza la mayor temperatura corporal. Eso puede explicar por qué no nos sentimos con la misma capacidad mental de realizar una tarea intelectual en determinados momentos del día.

Lógicamente, somos capaces de realizar una tarea intelectual en casi cualquier hora del día, pero no con la misma eficiencia. En general, la eficiencia es máxima alrededor de las 7 de la noche, menor en las primeras horas de la mañana y mínima en la madrugada. Ese patrón puede no aplicar para todas las personas; algunas dirán estar muy alertas y eficientes durante la mañana (en el contexto de las conductas circadianas se les llama golondrinas), momento que será para ellas el óptimo para el aprendizaje, mientras que otras pueden sentirse “mentalmente más activas” en la tarde o noche (a quienes en ese mismo contexto se les llama búhos). Quizá después de leer eso, podrás identificar si eres una golondrina o un búho, eso te podría ayudar a la hora de elegir los horarios de tus materias y/o a coordinar tus horarios de estudio. Espero también puedas ahora entender mejor por qué en la escuela en las materias que coincidían con esas horas en las que no te sentías del todo “mentalmente dispuesto” para la clase, no salías tan bien en comparación con otras que tomabas en determinado momento en el que te sentías muy alerta.

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