Es muy peculiar cómo el singularísimo Robinson Crusoe, al que se debe la consolidación de un buen número de disciplinas de las ciencias sociales, así como el tejido y la circulación de nueva sangre para la literatura internacional, en realidad tiene encima dos pecados enormes: haber nacido con el pie derecho y desde su primera edición, un insuficiente abasto de ejemplares que duró unos cuantos días antes de una rápida reimpresión; además de que el tema era parte de las fascinaciones de Daniel Defoe, Robinson Crusoe fue uno de los primeros libros que experimentaron la piratería de derechos de autor.

Esta anécdota no pasaría de simple nota de color, de no ser porque hasta la revisión minuciosa de los originales, aquellas ediciones que se creían íntegras y fieles a la versión primigenia, en realidad no son otra cosa que trabajo cosidos y pegados por la fuerza. ¡Oh, desgracia de desgracias!, el texto que tradujo Julio Cortázar no era el que en realidad escribió Daniel Defoe, sino un apócrifo que se creía el más apegado al original.

De por sí Cortázar es uno de los pocos autores de gran estirpe que revisaron Moby Dick para traducirla de cabo a rabo, así como la obra completa de Allan Poe, misma entre las que se consideraba una versión única de Robinson… Cuál no fue la sorpresa cuando se descubrió su origen en las disputas de un impresor traicionero, así como ejemplares no autorizados.

En estos momentos existe una versión integral basada en los manuscritos originales del autor inglés, a cargo de Enrique de Hériz, quien aportó a la mitología del libro del náufrago con una versión que presenta prácticamente todos los pormenores y diferencias que hubo en las entregas de la novela en la primera y segunda parte. Es muy irónico cómo aquellos pasajes que se consideraban accidentados y poco logrados se prestaron a la interpretación literaria de quienes se aventuraban a la reescritura en otra lengua de un clásico de clásicos.

La novela no es tanto el producto de aventuras en sí misma como una audacia intelectual de la época; cuando escribía Defoe, abundaban los libros de piratas como ahora los narcos son la meca cultural. Podía haber tratados, crónicas, noveletas, relatos… El mercado editorial estaba cundido por materiales así.

Defoe tomó un encuentro pirata relatado en un periódico como punto de partida y en adelante desarrolló una narración hipercompleja en la que sin tener las bases ni la formación de economista, marino, filósofo, sociólogo, antropólogo, arquitecto, biólogo, etnólogo, lingüista ni nada, conjeturó sobre la marcha causas y razones de todo cuanto iba desarrollando a partir de la lectura de artículos de todas las disciplinas que en algo se relacionaban con su libro según se presentaban en el argumento, con el pretexto de Robinson como falso testigo y laboratorio de cuanto pensaba Defoe.

El furor de la novela no tardó en catapultar a Defoe hacia las regiones más elevadas de la sociedad inglesa de su época; de la misma forma, constituyeron el cemento para que el escritor desarrollara una metodología de trabajo basada en la investigación de fuentes derivadas de la controversia social, contrastada con fuentes de origen documental. Ello contribuyó a la posterior creación de libros fabulosos como El diario del año de la peste y La historia política del Diablo, al igual que su estudio Historia general de los robos y asesinatos de los más famosos piratas, todavía hoy material de consulta para el tema.

Todos los escritores que leyeron y gozaron de la novela, no hubo uno que prácticamente renegara de la novela, casi en la misma medida que En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, se convirtió en el libro de cabecera de aspirantes a novelistas y referencia para especialistas en las más diversas ramas de las actividades académicas.

Paradójicamente, aunque Defoe no es la joya de la corona de prácticamente ninguno de los escritores actuales, apenas se le ha concedido el privilegio de adaptaciones musicales a tono con la dimensión de su texto, la mayor parte del tiempo sintetizada y hasta malentendida por las aportaciones que dio al pensamiento global, incluido Matti Raag Paananen.

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