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Siempre se dijo de Asimov que su mayor valía nunca radicó en la calidad de su escritura como en la de su interés por consolidar y divulgar la ciencia ficción como una disciplina literaria, además de concederle un espacio de crecimiento que apenas fue puesto en duda.

Gracias a él, muchos trabajos que se consideraron perdidos durante años tras la publicación original en las revistas pulp volvieron a ver la luz, así como se ganaron un espacio entre las nuevas generaciones de lectores y escritores que estaban a punto de conquistar el new wave de la ciencia ficción y que harían las delicias del siglo XX.

Pese a ello, Asimov sí alcanzó a producir trabajos memorables que lo instalaron entre lo más representativo del género, gracias a Bóvedas de acero, Bajo el Sol desnudo, El fin de la eternidad, así como la serie Fundación. Otro de los títulos que habrían de cambiar para siempre la perspectiva del género y sirvieron de molde para muchísimas ficciones, una vez publicada, fue la inolvidable Yo, robot, que sirvió de parteaguas para firmar una especie de contrato benévolo contra el miedo paranoico hacia la posibilidad de la emergencia de una inteligencia artificial.

Mientras Bradbury le dejó al mundo una reescritura de 1984 mediante su inolvidable y hoy superada Fahrenheit 451, bajo la premisa: “¿QUÉ será del hombre cuando descubra que 95 por ciento de su cultura depende del papel?”, hoy relativamente cuestionable ante el paradigma de Internet, Arthur C Clarke puso en mientes la posibilidad de que en algún momento habría el choque entre dos seres conscientes: el hombre y la inteligencia artificial; del enfrentamiento entre ambos titanes, solo uno saldría victorioso y el resultado debía ser por fuerza, la evolución del hombre hacia el superhombre. Tampoco Stanislaw Lem o los hermanos Strugatsky se limitaron a mantener el medio como mero divertimento.

En Yo, robot, razón porque nunca se consideró a Asimov un autor de grandes vuelos, fue precisamente gracias a que en lugar de llevar el conflicto hacia una estatura que solo podía ser resuelta desde la virtualidad de lo imaginario, se limitó a crear una barrera que servía para extender el miedo ya existente ante la posibilidad, mediante el uso de un ardid que lejos de resolver, amplió el miedo y lo justificó a través de las famosas tres leyes de la robótica: 1. Un robot no puede infligir daño alguno a un ser humano, ni permitir que tal cosa suceda por inactividad. 2. Un robot debe obedecer al hombre, siempre y cuando no entre en conflicto con la primera orden. 3. Un robot siempre deberá preservar su propia existencia, siempre y cuando no entre en conflicto con la primera y segunda órdenes.

Así, lo que contraería un espacio para dirimir las posibilidades de dichas leyes, transformó la literatura de Asimov en una suerte de litigio contra sus propios artificios, de cuyas contradicciones se valió la literatura de género para fundar un tipo de extensión de lo que en la vida jurídica es la cultura de la negociación del poder, mientras en la ciencia ficción se convirtió en el regodeo de un recurso llevado hasta sus últimas consecuencias y justificado por el uso de una lógica detectivesca al estilo de Agatha Christie.

Lo cierto es que el mérito más grande del escritor consistió en darle un espacio a la robótica como una fuente de interés que en otro momento jamás alcanzó a tener, gracias a la limitación del invento con una maldición prometeica encima, problema que resolvió Fred M Wilcox cuando presentó The forbbiden planet.

A partir de entonces, los robots se volverían parte integral de la cultura, ya fuera con una u otra actitud.

En su momento, el dúo compuesto por Alan Parsons Project se vería ensimismado por el libro, de tal forma que de su encanto los compositores se acercaron al autor para plantearle la posibilidad de crear un trabajo basado en su libro y hacer de este una extensión de la filosofía planteada en el eje del libro, sin caer en la recapitulación de lo que en él se desarrolla.

I, robot, del dueto, lograría ascender por donde su álbum debut no logró escalar, e incluso serviría como referencia musical para músicos de corte pop, así como numerosos creadores más bien orientados a los sonidos populares. No solo eso, se convertirían en una de las primeras referencias obligadas cuando daft punk alcanzó a establecerse como una grupo de vanguardia, toda precaución llevada desde el momento en que los franceses apostaron a no solo interpretar música, sino proyectar una idea visual afín, cuya semejanza no era otra excepto la de un robot.

Correo: [email protected]
Twitter: @deepfocusmagaz

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