A mi esposa en el día de su cumpleaños

Llegas a mí como la esperanza del amanecer, como la flor mecida por un suave viento que se derrama en tu hermosura de ojos de estrella. Eres el rocío de la mañana que entrelaza sus manos con las mías en una caricia dulce y hermosa.

Te amé desde el primer momento que vi tus ojos negros en mi mirada. Me mirabas y me sentía dichoso en la claridad limpia de tus pupilas: reflejo de un alma pura que se unía con la mía.

Eres la luz que aparta las sombras de mi camino, el faro firme que lleva a buen puerto a mi espíritu; siempre inquieto sin tu presencia, oscurecido en las nieblas de la desdicha por tu ausencia.

Alumbras mi mundo, lo vuelves un reloj sin horas en el que arrebujarme entre tus aladas pestañas: laberintos por los que transito bifurcándome en los miles de jardines que te nombran.

Y es tu nombre mi Universo entero, el que quise y el que tengo gracias a ti. Eres tan hermosa como una estela que asombra por la fineza de su continente, la dulzura de su semblante y la harmonía de sus movimientos.

Me siento afortunado de tenerte. Hacemos y deshacemos juntos el ovillo de nuestras existencias. Somos un solo corazón, una sola respiración, una sola raíz del árbol de la vida.

Viniste a mí desde el helado aliento de un sueño, de entre las ramas de sauces nevados que te ocultaban. Supe transitar por los peligros que te velaban y hallarte en el claro del bosque en una noche de Luna llena que destilaba sus haces plateados entorno a nuestra dicha. Me hablabas de tus esperanzas y yo formaba parte de ellas. Me sentía feliz.

Pronto comprendí la fuerza de nuestro lazo, lo férreo de nuestra unión, la fortaleza de los nudos que nos anudan. No necesitamos palabras para comprendernos, una mirada es suficiente para hallarnos.

Nos basta estar uno al lado del otro para ser dichosos y lo somos porque nos abarcamos en la inmensidad. Nos encontramos en el eco de los silencios, en la reverberación de las resonancias que nos acompañan.

Tú para mí, yo para ti. Siempre juntos, siempre haciendo y deshaciendo, encontrándonos en los ojos y en las manos, en la raíz de nuestro amor. Te amo y lo sabes. Me amas y lo sé. Dios te bendiga mi amor.

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