—No puedes cruzar sin cubrebocas —dice una mujer que sostiene un radio y se coloca frente a mí para taparme el paso.
—Traemos café.
—Ofrécele a los muchachos de allá —señala a un grupo sentado en la banqueta, de rostro cansado y con un overol amarillo.
Esta percoladora solo tiene 42 tazas, equivale a dos paquetes y medio de vasos desechables. Es tan poco, pienso.
Han pasado más de 10 días, ya no hay tantas personas ofreciendo comida y bebida en las calles; no están las charolas con alimentos variados que te permitían elegir el menú, no hay café cuando el día comienza a enfriar. Hemos dejado de ver a las jóvenes que se ponen un casco, sostienen una pala y piden que les tomen video “como el de Belinda, güey”. Tampoco hemos visto a millenials esperando su turno para remover escombros.
El tiempo ha traído silencio.
El mismo silencio que está adherido a las paredes de la ciudad, a los alambres retorcidos y al concreto.
—¿Quieres un café?
No responde, solo me mira, o mira a través de mí, se descubre medio rostro y asiente.
Le extiendo el vaso.
—¿Una galleta?
—No tengo hambre.
Unos dicen que huele a muerte, en realidad huele a dolor. Quienes esperan los cuerpos de sus familiares se mantienen en silencio —siempre el silencio— se cubren con mantas y miran cómo llueve. La misma mirada que parece ver a través de ti. Percibí por primera vez esta mirada el día del temblor, cuando las personas avanzaban sobre avenida Insurgentes, no iban a usar las banquetas —“un edificio se colapsó 50 minutos después”, “los edificios se están cayendo”, “cuidado con las fugas de gas”, “están asaltando”, “no hay transporte, tienes que caminar cinco horas o quizá más”—, las personas avanzaban con el celular en la mano, existía silencio en la multitud, el más lapidante, el que da paso a la angustia y los ojos perdidos secos.
Cuarenta y dos tazas de café, quisiera tener más, pero ya solo somos dos y venimos caminando. Le extendemos el vaso a personas del Ejército, de la Marina, de las televisoras, familiares, voluntarios, personal de limpia, brigadistas, transeúntes, policías de Tránsito, familiares de personas en los hospitales, el jardinero del parque… desde el primer día entendimos que los oficios más sencillos, estaban puntuales en su cita de barrer la calle.
Lo más difícil está por llegar: el cansancio, la tristeza, la reconstrucción. Tendremos que volver a confiar en lo básico:
Historias de edificios con cimientos para dos pisos que terminaron con seis por pura corrupción, son los más comunes.
¿Qué pasa si rento un edificio con los muros de carga dañados y resanados?
Hace un mes, mi casero, por el boom inmobiliario, quería subir arbitrariamente la renta porque él consideraba que la sopa de Vips en un año subió 200 por ciento. “Muy bien, firmaré el contrato, pero solo si me das un indicador”. Él quiso que el indicador fuera el promedio de 20 propiedades similares en la zona y tener un precio por metro cuadrado. ¿Va a ajustar el precio hacia abajo ahora que la gente tiene miedo y se está yendo? No, porque la economía solo ocurre en su cabeza.
Pero en lo íntimo, sí es posible confiar.
Yo confío en las personas:
En Mariana y Toño, quienes desde el psicoanálisis y la arquitectura han estado pensando cómo se debe recomenzar, ellos dos con un ánimo que se contagia pese a que en su casa deben pensar cómo volver a sentirse seguros. Ellos que nos guiaron a la comunidad de Morelos en donde seguiremos ayudando.
En Giovani, quien, por una nostalgia hacia país que lo adoptó un tiempo, no solo hizo un donativo para apoyar en la pequeña tarea del café y los chocolates, sino que se organizó con sus amigos (Los de LV94), gente que no conozco, que nunca he visto y que quizá jamás han estado en México, para reunir más fondos que en este momento estoy resguardando. Vamos a ver para adelante, vamos a apoyar un proyecto tangible.
En Pepe, quien, tras cruzar la ciudad para buscar un supermercado donde comprar los ingredientes de las tortas que dimos la primera noche, regresó con un puñado de chocolates que fueron nuestra bandera durante las caminatas.
En Rafa, que decidió comprar todos los vasos desechables de un supermercado muy lejano y los trajo para repartir el café. Él que le ha contado a su hija de tres años lo que vio el primer día y hoy preparan sus juguetes para niños que los necesitan.
En Jorge, quien manchó su camisa blanca de mostaza por estar haciendo las tortas a la luz de las velas. Al otro día —pese a su temor a los temblores desde el 85 (cuando su escuela, el Colegio México, se colapsó minutos antes de que llegara), regresó con Lili para caminar bajo la lluvia.
En Mariana Orantes, la cocinera de la madrugada. Mis hermanos, cuñada y sobrinos que trajeron acopios enormes, herramientas que hoy están en Morelos, medicinas que estarán en un dispensario, comida que se ha repartido de a poco, agua y mucha ropa. Todos ellos vinieron una tarde de lluvia cuando la gente estaba desbordada en la ciudad y quisieron apoyar desde las pequeñas trincheras personales.
En Chata, Mariana, Ale, Ricardo, Martha, Jorge, Lore, Rafa, Reyna y los del equipo Gamos hicieron donaciones en metálico, les daremos detalles puntuales de cada centavo.
En todos los de Pasteko que nos apoyaron trayendo víveres de sus clientes. En los madrugadores de Miroslava y Uriel que fueron a llevar desayuno de pastes en la mañana.
Confío en quienes han hecho sus acopios propios, que se preparan desde lejos; porque no todos ayudamos con casco y pala —como Belinda, güey—, sino que nos hemos puesto a hacer pequeñas tareas. Solo desde abajo podemos construir algo.
Todo se movió, espero que nos dé fuerza para colocarnos desde otro lado.
—¿Quieres un chocolate?
Sonríe el hombre de overol amarillo.
—Sí, y ofréceles a ellos —apunta a las tiendas de campaña que permanecen en silencio—, les va a servir.
Nos dirigimos hacia allá, Xavi sopesa cuánto café nos queda, quisiéramos tener el doble, pero hoy más que nunca entendemos que Roma no se hizo en un día.

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Estudió la maestría en subjetividad y violencia. Es editora independiente y se ocupa de la gestión de proyectos culturales en la revista binacional Literal Latin American Voices. Estudió en la escuela dinámica de escritores que dirigió Mario Bellatín. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Foecah. Realizó una residencia artística en Colombia donde escribió un libro de cuentos basados en el I-Ching, editado por el Cecultah. Ganadora del concurso de cuento Ricardo Garibay.