Roque Licona, alcalde

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CARLOS SEVILLA

El lunes 2 de septiembre de 2002 se produjo un hecho singular en el ayuntamiento de Pachuca. El entonces presidente municipal, panista, José Antonio Tellería, solicitó una licencia de 30 días para ausentarse del cargo.

Lo sustituyó temporalmente el doctor Roque Delfino Licona Meníndez, con la aprobación unánime del cabildo.

El asambleísta panista Francisco García fue quien lo propuso.

Sorprendió que no fuera designada Rosa María Martín Barba, quien era la suplente en la fórmula que llevó al triunfo a Tellería en las elecciones de 1999.

Diputada local, declinó ocupar el interinato, con el visto bueno de los regidores.

Licona Meníndez, era –es– parte importante de dos destacados galenos que dejaron su huella; Pilar Licona Olvera y Ernesto Licona Ayala, abuelo y padre, respectivamente.

En el edificio central de la Universidad Autónoma de Hidalgo (UAEH) hay una sala que lleva el nombre de Pilar Licona.

Por un tiempo, Roque Licona trabajó en el IMSS en Hidalgo, en donde concitó siempre simpatías, no solo por su calidad profesional, sino por su disposición de ayuda a sus compañeros.

Su padre, Ernesto Licona, fue, a su vez, muy respetado en el mismo entorno: Seguro Social. Incluso, en alguna ocasión, en forma poco común en el instituto, por una casi votación general, llegó a ser director de la clínica uno.

Tras el relevo en el ayuntamiento, inopinadamente se presentó José Antonio Tellería.

Sonriente, de buen humor, vestido de traje en tono azul marino, confió que “le gustaría regresar y culminar su proyecto” en la alcaldía.

Más delgado, con ocho kilos menos de peso, había sido recientemente sometido a una craneotomía. Se conocía que enfrentaba un grave padecimiento, que, años adelante, le cortó la vida.

Y declaró:
“Si los médicos me dicen que no puedo regresar a mis funciones, tendré que ser muy respetuoso de lo que recomiendan, porque con esto no se juega.”

Se retiró con sinceras expresiones de que su salud se mejorara.

Se escuchó decir, voz de un regidor: “Pronto nos veremos, ingeniero”.

A su vez, Roque Licona cumplió con la encomienda. En el breve lapso nunca asumió actitudes de suficiencia.

Al terminar, se reintegró a sus actividades como médico y de lo ocurrido no formuló declaraciones; serio, institucional, simplemente guardó el recuerdo para sus íntimas reminiscencias.

Roque Licona

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