La voz de Guillermo Rossell era grave, con sus 89 kilos de peso y un metro 83 centímetros de altura, imponía. Caminaba a grandes zancadas. En últimos días de marzo de 1987, a horas de terminar su gestión como gobernador de Hidalgo, no tuvo reparo en responder a cuestionamientos de todo tipo.

Pero antes, declaró:
“No dejo a Adolfo Lugo Verduzco ningún compromiso, ni a ninguna persona, física o moral, recomendada. Obviamente, ni mis parientes.”
Y agregó, mirando así muy de frente a sus interlocutores:
“No descarto continuar en el servicio público.”
Más adelante, al inquirirle sobre su situación financiera, sin más, contestó:

“Yo provengo de pañales de seda, de una de las familias que en su tiempo fue muy adinerada. Yo heredé de ella no solo su ejemplo sino una serie de bienes que están declarados ante las autoridades, y que me han permitido dedicarme a la política sin apremios económicos.”
Y como en confianza, reveló, espiando reacciones de los entrevistadores, reacciones que no se manifestaron:
“Al terminar el sexenio de don Adolfo López Mateos hubo una circunstancia singular: don Adolfo me aseguró que en el régimen del presidente Gustavo Díaz Ordaz yo tendría una cartera. Conté los días y me quedé esperando dos meses el telefonazo. Y no llegó. Los presidentes Díaz Ordaz y Echeverría me hicieron un gran favor, un grandísimo servicio al no llamarme a colaborar con ellos.”
Con Rossell se inició de hecho lo que hoy se conoce como bulevar Nuevo Hidalgo. Se llegó a decir que sería de dos niveles, pero el costo era altísimo.

No ocultó que por años había mantenido relación estrecha con José López Portillo, quien llegaría a la presidencia de la República.
“Lo invité para que fuera mi asesor y el segundo año en que fui subsecretario de patrimonio fue mi director de juntas federales. Es mi amigo.”

Buen orador, como lo demostró en su campaña por la gubernatura, tenía especial sentido del humor con sus colaboradores cercanos, como el aventarlos, así, literal, a la alberca de su casa o, inopinadamente, bajar a alguno del jeep que conducía, al hacer la supervisión de una obra.

Alguna vez, un reportero en El Mezquital confió que lo habían contactado algunos alcaldes muy preocupados porque no recibían participaciones de la administración estatal. No revelaban sus nombres por temor a represalias.

El tema se le trató al profesor José Guadarrama, entonces cercano al mandatario.
Un día después, Guadarrama dijo que el gobernador quería platicar al respecto.
Amable, invitando una taza de café, tras una corta disertación de cómo se venía trabajando, preguntó por el nombre del reportero y, asimismo, la identidad de los presidentes municipales.
Se anticipó y dijo:
“No los vamos a reprender, al contrario, queremos resolverles su problema. Si sabemos quiénes son aceleraremos el proceso de pago.”
Como suele comentarse, con la pena, se le respondió que no era posible, pero que seguramente en sus archivos sabrían en que municipios había rezagos.

Ya no insistió, y sin ánimo de trato cordial, espetó.
“Gracias; así lo haremos.”
Semanas posteriores la situación se regularizó con los munícipes, aunque oficialmente no se retomó el caso con el gobernador.
La última vez que se le vio fue como exgobernador invitado a un informe. Caminaba con lentitud, asentía a quienes le saludaban. Muy alejado de aquel varón fuerte, en plenitud, que para nada compartía la autoridad.

Seguro de sí mismo, como al escuchar la interpelación: “Si pudiera decirlo, si fuera otra vez mandatario, ¿con qué equipo iniciaría, con el de hace seis años o con el que termina?”.

Sonrió; no se desbordó en juicios, no anatematizo a nadie.
“La realidad que uno siente todos los días, le enseñan nuevas circunstancias que hay que aprender. Es por eso que tuvimos que hacer ciertos enroques, ciertos ascensos y ciertas depuraciones administrativas. Necesarias en su momento. Estoy profundamente orgulloso del equipo que forman –en presente– mis colaboradores.”

El instante emotivo fue su referencia a un expresidente:
“Conviví con Adolfo López Mateos. A Adolfo el joven (el que sorprendió, el que llegó desde la Secretaría de Trabajo a la presidencia de la República. Insospechada decisión de Adolfo, el grande: Ruiz Cortines). El carismático, al que solo un aneurisma pudo cortarle la sed permanente de vivir. Don Adolfo el del ayer eterno.”
Y los ojos. Verde claros de Guillermo Rossell se humedecieron. Esa vez lo atrapó la emoción.

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