Pachuca.- A los 65 años, fuerte, de conversación amena y memoria de privilegio, Rubén Contreras García anticipa si buscaría la presidencia municipal de Mineral de la Reforma, “sí, como ocurrió en el pasado, tengo el apoyo de quienes más que vecinos son mis amigos”.

Y adelanta, quien ya fue alcalde:

“Sería con el cobijo de Morena, convencido de que se buscan mejores opciones para el país. Creo en los proyectos de Andrés Manuel López Obrador.”

Confiesa que su decisión no es reciente.

“Fue antes del primero de julio. Me visitaban conocidos, tanto de la cabecera, Pachuquilla, como de las localidades. Me animaron, pero creí prudente esperar hasta ahora. Estoy tranquilo conmigo mismo y tengo, desde luego, el apoyo de mi familia, empezando por mi esposa Carmelita Gómez Rosas y mis hijos.”

Propietario del restaurante La Nacional, es ampliamente identificado; figura familiar.

“Cada día sumo amistades, tanto por el negocio en sí y porque siempre he respetado a la gente, como se me respeta a mí.”

La Nacional la fundó su padre, Rubén Contreras González y su compañera de vida, Socorro García Ibarra.

“De eso hace 58 años, en 1960. En 1970 me hice cargo.”

Rubén Contreras

Sonríe cuando relata:

“En el principio nos cobijamos en el también restaurante Mary Cristi, que era de mi abuelo Zeferino González Ortiz, hasta que fue vendido.”

A la pregunta de cuántos años de priista, responde:
“Desde los 18 años y fui alcalde de 1991 a 1994; era gobernador Adolfo Lugo Verduzco, a quien traté en muchas ocasiones; siguió Jesús Murillo Karam. Con él terminé mi gestión.”

Explica que antes fungió como juez conciliador durante el mandato de la doctora Bertha Riveroll. Ella, y años adelante Lupita Baños, han sido las dos presidentas de la Reforma.

Rubén Contreras, se le inquiere en tono amigable: ¿Por qué se postuló para alcalde?
Mira muy de frente a su interlocutor, ocupando un pequeño recinto, muy alejado del bullicio del gran salón rectangular donde los parroquianos departen.

Hay una mesa, Contreras García en la cabecera. Tres o cuatro metros, hacia el fondo, su esposa, Carmelita, se entretiene ante un televisor. Acompaña Carlos Alberto Rodríguez Arriaga, quien coadyuva en la entrevista formulando igualmente preguntas; interesantes, oportunas todas.

Cuenta el expresidente municipal.

“Decidí participar por lo que fue entonces una decisión mayoritaria de ciudadanos. Venían y me animaban con un repetido ‘estamos contigo, Rubén’. Y cada vez eran más. Llegó entonces el delegado municipal del PRI, señor de apellido Cravioto. Entendí que algo sabía de mi aspiración. Me invitó a unas pláticas en el comité. Asistí, acompañado de mi tío, Ignacio Islas Ibarra.

“El señor Cravioto me preguntó: ‘¿Cómo ves el municipio?’ Le hicimos algunos comentarios, pero de lo electoral no se trató nada.

“Hubo otras reuniones, cada 15 días. Hicimos amistad con Cravioto, que incluso estuvo tres ocasiones en el restaurante. Y empezaban a llegar simpatizantes; primero 10, 15, y como pasaba las semanas ya de hecho no cabían. Mi mamá y Carmelita los atendían. Les invitaban un cafecito y tamalitos; eso fue en 1989.”

Establece un paréntesis, tal vez para poner en orden sus ideas. Y reina el silencio que con la televisión, en bajo volumen, poco se rompe.

Y reanuda:

“En serio, no se me despertó el gusanito por participar, sino que la misma gente fue siendo más solidaria, hasta que les cuestioné: ‘¿Me apoyan?’ y me respondieron, exclamación unánime: ‘¡Sí, sí…sí!’ y yo les dije… ¡Pues vámonos!

“Y se dieron los pasos en el partido. Se inscribieron tres aspirantes más: Tomás Baños, Guadalupe Hidalgo y Lorenzo Juárez, de Azoyatla.

“Se procedió a una votación. Me dio gusto porque me favoreció mayoritariamente.

Contamos boletas que ya se habían acabado y yo expuse: ‘Lo que se votó, se votó’.

Estuvieron de acuerdo.

“Las votaciones fueron en noviembre de 1990: también compitió Cortez Valente; por el PRD. Mi suplente era Guadalupe Hidalgo y en calidad de munícipe Tomasito Baños.”

El voto le favoreció; no hubo dudas. Y así se convirtió en alcalde del municipio en el que nació.

Cuenta que integró con toda libertad su equipo de colaboradores.

“No se negoció nada; fue decisión propia.”

Reconoce: “Los tres años se fueron tan rápido como un sueño. Me faltó tiempo”.

Va a más:

“Fue la única ocasión en que el ayuntamiento trabajó de las nueve de la mañana hasta 11 o 12 de la noche.”

No omite comentar que había un sindicato. Lo suprimió.

“Eran 25. Hubo una reunión y les pregunté quiénes estaban conmigo. 20 no titubearon: con usted; a dos se les reubicó y tres más fueron liquidados de acuerdo con la ley. Era una presidencia chica, de pocos recursos; no se justificaba.”

Cuando asumió funciones recibió una pipa, agujerada; una pick up en pedazos; un Caprice, todo un cascarón y una camioneta que nunca la dieron de baja.

“Cuando concluimos se inventariaron un guayín Renault, un tractor, dos camionetas de dos toneladas, tres pick up, un Dart: todos en condiciones.”

Y de cuánto ganaba, lo dice con naturalidad:

“Alrededor de 3 mil pesos al mes, al igual que otros funcionarios como el secretario municipal, el tesorero y el titular de obras públicas.

“Trabajamos bien. Fue primera ocasión en que hubo DIF municipal; el estatal lo encabezaba la señora Alejandra Mora, esposa del gobernador Lugo Verduzco. Y después Lupita Ortega de Murillo.”

Se da un respiro, y pide: “Déjeme que les cuente de acciones que emprendimos, entre otras, la ampliación de la sede de la presidencia municipal. Instalaciones del DIF y del primer comité municipal, bardeamos el campo de futbol, colocando algunas tribunas, así como incorporamos por lo menos cinco canchas de usos múltiples y un toril en el Amaque”.

Y dice como para sí:

“Lo tengo presente; todo. Se instaló rebombeo de agua en la Reforma, instalando tanques de almacenamiento y, algo importante: se creó el primer relleno sanitario, adquiriéndose el terreno. Pavimentación en la localidad de Francisco Villa, además de fosas sépticas. Obra semejante en calles del PRI Chacón y en El Venado.

“Se fomentó la lectura ubicándose una biblioteca en La Calera. En La Higa, construcción de auditorio, como en Palma Gorda, donde dejamos 60 por ciento de avance. Apoyamos escuelas en La Calera, La Higa, Pachuquilla y Azoyatla, en que también ampliamos avenida principal y se bardeó el panteón.

“Añado que se remozó el alumbrado público en casi todas las 70 localidades.”

Y, don Rubén, ¿cuál era su presupuesto?
“Caray, juzgando a la distancia parece insuficiente: 800 mil pesos. Recibí la alcaldía con 80 personas y salimos con 120. Fue primera vez en que se empezó a recolectar la basura.

“Fíjese, recuperamos el PRI Chacón, porque antes todos iban a pagar a Pachuca. El gobernador Lugo Verduzco me llegó a preguntar que cómo le hacíamos y le respondí: señor, tocando puertas y con los amigos.”

Lo interrumpen para una consulta sobre un menú; da indicaciones, precisas, y retoma:

“Tuve un compañero, Raúl Medina, se encargaba de regularizar todos los trámites a empresas, terrenos y todo aquello que caía en la potestad del ayuntamiento. Traía los recursos a catastro. Con él sigo conviviendo; ayudó mucho.

Rubén Contreras

“Un ejemplo: había un pendiente con Coca Cola, que nos cubrió 800 mil pesos.”

Su administración culminó el 15 de enero de 1994. Tranquilo, se reintegró a su negocio.

“Así como entré, salí. Y ya no volví a ocupar ningún cargo… posiblemente por haber hecho un buen trabajo, ya el PRI no me tomó en cuenta.

“En alguna ocasión renuncié al partido, o lo intenté. El mandatario era Miguel Osorio. Vino Prisciliano Gutiérrez y me interrogó la causa. Y así le respondí: ‘¿Cómo quieres que te lo diga, dándote la coba o derecha la flecha?’ Le referí que estaba inconforme del sistema en que trabajaba el Revolucionario Institucional. No cedió, inquiriendo: ‘¿Te vas a ir a otro partido?’ Por lo pronto no, repuse.

“Prisciliano meditó, y agregó: ‘Tengo tu renuncia, ¿me permites romperla?’

“Contesté: pues rómpela. Seguí en el PRI, entre comillas.

“Desde antes que ganara López Obrador, platiqué con varias personas del municipio. Me pidieron que buscara ser nuevamente presidente municipal, como había ocurrido lustros atrás. Y ellos me sugirieron, muy abiertos, que lo intentara por Morena.

“Les referí que sí, pero que esperaba una plática con el profesor.”
¿El profesor, don Rubén?
“Ya sabe, en la política hay discreciones. Y todo indica que vamos a finiquitar favorablemente.”

Han transcurrido como dos horas y un piquito más, pero alcanza para cuestionarle:
¿Tiene enemigos?
“Como tales, ninguno”, reviró
¿Nunca lo han amenazado?
“Jamás”, aseveró.

¿Rencoroso?
“Fíjese que no; duermo en paz. Me gusta el café con leche, acompañado de pan de dulce. Y si quiere saber a qué equipo le voy en futbol, no lo dude: al Pachuca.”

“¿Algo más?”, interroga el otrora edil con voz de contagiosa camaradería.

“Nada más, don Rubén; nada más.”

Rubén Contreras

“Sería con el cobijo de Morena, convencido de que se buscan mejores opciones para el país. Creo en los proyectos de Andrés Manuel López Obrador”

En alguna ocasión renuncié al partido, o lo intenté. El mandatario era Miguel Osorio. Vino Prisciliano Gutiérrez y me interrogó la causa. Y así le respondí: ‘¿Cómo quieres que te lo diga, dándote la coba o derecha la flecha?’ Le referí que estaba inconforme del sistema en que trabajaba el Revolucionario Institucional. No cedió, inquiriendo: ‘¿Te vas a ir a otro partido?’ Por lo pronto no, repuse”

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