El derecho a la educación de la mujer fue una conquista ganada a través de una lucha constante y una férrea persistencia. Fue a finales del siglo XIX cuando un puñado de mujeres ingresó a los centros de enseñanza superior abriendo brecha para futuras generaciones. En un inicio se estudiaba la carrera magisterial como una profesión “propia de su sexo”, que constituyó un estereotipo y, a la vez, una limitante; posteriormente, a principios del siglo XX, las mujeres lograron ampliar el abanico de posibilidades de estudio y se titularon como enfermeras, médicas, odontólogas, abogadas, notarias, ingenieras y telegrafistas. Estas primeras mujeres profesionistas derribaron las estructuras ideológicas, sociales y culturales que les impedían acceder a una educación superior y ofrecieron nuevas alternativas para el desarrollo en políticas educativas y el mejoramiento en su calidad de vida.

Se entendía que la mujer, dada su naturaleza de educadora de sus hijos, bien podía –por extensión–, ejercer como profesora de instrucción primaria. El ideal materno se prolongaba a la educación, en el que el ser buena madre implicaba ser también buena maestra. Es así que las maestras reproducían en la sociedad los valores de sumisión y abnegación que las mujeres debían tener en lo privado, como un modelo de virtud que inspirara a sus hijas y, de igual forma, a sus discípulas.

El ideal femenino aceptado por la sociedad de ese entonces fue reproducido en la ciudad de Pachuca, en donde el Instituto Literario y Escuela de Artes y Oficios del Estado de Hidalgo (ILEAO), inaugurado el 3 de marzo de 1869 –apenas un mes después de haber sido creado el estado de Hidalgo–, permitió el ingreso de mujeres para obtener el título de profesoras de instrucción primaria.

La primera mujer en obtener el título de profesora de instrucción primaria en el estado de Hidalgo, en junio de 1878, fue la señorita Rufina Asiain, a quien se le distinguió con “los más hermosos calificativos (… de) ilustrada señorita”. A ella le siguieron: Dolores Chávez, María Sánchez, Merced Arias, Amalia Herrera, Ángela Muñoz, Josefa Sánchez, Reginalda Ursúa, Concepción Benavides, Irene Ordóñez, Tomasa Rivera, Amalia Revilla, Elena Ochoa, Plácida Islas, Columba Rivera, Luz Muñoz, Emilia Isunza, Carmen Rivera, Esther Paredes y Adelaida Aguilar, entre otras muchas. Todas ellas fueron aprobadas por unanimidad por los jurados de examen, que eran nombrados directamente por el gobernador del estado.

Los certificados fueron firmados por Rafael B de la Colina, quien antes de 1882 fungía como secretario de Gobernación, y de enero de ese año a abril de 1887 se convirtió en director del instituto.

En suma, a finales del siglo XIX estas mujeres, como Rufina Asiain, enfrentaron un mundo profesional manejado por hombres, en donde la mujer no tenía cabida si no era como un atenuante para lograr su sustento y, según se decía, evitar la prostitución. A todas ellas se les debe un reconocimiento por construir el camino que después recorrerían muchas mujeres profesionistas y científicas.

Fuente: Periódico Oficial del Gobierno del Estado de Hidalgo. Pachuca. “Profesora”. Tomo 10, Número 20. Sábado 29 de junio de 1878. p 4.

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