“Se escucha el rugido de un jaguar en la jungla…” Así empieza K un relato que arruga entre sus manos. A qué iniciar la narración con una naturaleza salvaje que da miedo y estremece, acongoja la imaginación con motivos que atormentan.
Las palabras “noche”, “rugido” “jaguar” y “jungla” están unidas como un juego verbal que pugna por entrar en su mente. Vuelve, entonces, pero con algún cambio mínimo, a la historia: “Está al acecho, afilándose las uñas en un tronco hueco, pero todavía duro, pese al desgaste del tiempo. Los ojos verdes fulgen como brasas en dos órbitas de fuego, escrutan en la oscuridad lo que el olfato precisa como una presa fácil.
“El hombre no presiente el peligro, sigue cojeando y dejando un rastro de sangre visible para cualquier depredador. Le duele la pierna y la arrastra; se sienta en cualquier lugar sin la mínima precaución, estira la pierna herida, desespera.
“Hace tiempo que se ha perdido, que el grupo lo ha dejado atrás, lo ha abandonado. Respira fatigosamente, las manos le sudan. Siente frío en su cuerpo ardiente; busca desesperadamente un refugio donde estar a salvo de las alimañas que lo acechan. Le esperan las fieras para echársele encima y comérselo. Es su destino si no encuentra un refugio pronto. Apresura el paso, aunque no sabe a dónde va. Espera que la suerte le acompañe.
“Escucha con claridad el rugido del jaguar en la noche oscura de la jungla. Se atemoriza, toma su fusil entre las manos y lo alza para apuntar a las sombras mortuorias de la jungla. Los gruñidos de la bestia se hacen cada vez más audibles. El hombre es su presa; será sencillo, está desvalido en aquel entorno hostil que lo amenaza.
“Escucha pasos humanos; con las pocas fuerzas que le quedan grita. No reconoce su voz, pero sí la que le llama por su nombre. El rugido del jaguar lo estremece por su cercanía, se oye casi al lado de la voz humana que lo busca. ¿Quién de los dos llegará antes?, se pregunta; de esa respuesta depende su vida.
“Reza como hacía tiempo no lo hacía, con una fe procedente de la desesperación. Levanta el rifle de nuevo y confía. Está dispuesto a disparar. Mujer y bestia llegan al unísono. El jaguar lo mira con ojos verdes asesinos, la mujer con amor. El hombre se queda inmóvil, sin decidir a quién amar…”
K escucha cinco campanadas en el reloj del comedor. No sabe cómo continuar su historia. Se la lee a M, quien considera que el rugido del jaguar debe ser el meollo de la trama. Vuelve en su mente insomne al rugido, a todo lo que representa. Escribe una y otra vez sobre ello sin quedar satisfecho. Desayuna con la cabeza puesta en el jaguar y en la mujer que se confunden en las sombras de su mente…

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.