Despierto por la inmovilidad del tren y, con pesadez, leo el nombre de la estación. Al extender el mapa de bolsillo me doy cuenta que mi destino quedó 10 estaciones atrás.
00:25 horas. Al buscar el horario de los trenes encuentro un plano con el proyecto de remodelación de la estación, en letras muy pequeñas el horario de servicio: “5hrs to 00:30hrs”. Meto la mano en mi bolso y hago un recuento de mis pertenencias: el mapa, la tarjeta del hotel, cigarros, una cajita con tres fósforos y 10 libras.
Me adentro unas cuadras al barrio para buscar un taxi que me lleve a punto conocido. Recargados en las paredes de un billar unos árabes de ojos amarillentos me miran curiosos. Decido volver a la estación antes de extraviarme. Me desplomo decepcionada sobre unos andamios donde un hombre de traje y sombrilla fuma mirándose la punta de los zapatos. Enciendo un cigarrillo, miro la punta de mis zapatos, después la punta de los suyos. Una horas.
Las opciones son: uno, nos sentamos a esperar con riesgo a morir de frío. Dos, caminamos por las vías para llegar a otra estación donde sale una hora más temprano el tren.
¿Es posible que él cayera dormido como yo? ¿Casualidad? Pienso en las tres opciones.
–Caminamos –respondo.
1:20 horas. Deambulamos al lado de las vías del tren. Él mueve el paraguas como si se tratara de un sable samurai.
–Nos protegeré si alguien quiere hacernos daño.
La noche inspira a iniciar con pláticas confesionales. Se llama Eiam. Habla de su vida en el campo, de su llegada a la ciudad, de su trabajo. Me pregunta:
–¿Estás de vacaciones?
–Sí.
¿Qué más da?, puedo ser cualquiera. Ambos podemos mentir. Él puede ser un loco, traficante de órganos, psicópata sexual, un prófugo de la justicia. Detengo el paso.
–¿Qué sucede?
–Me duelen los pies –le muestro el tacón de mis botas.
2:31 horas. Su arma sería el paraguas, ¿cuál sería la mía? En un documental vi que el dolor de sacar los ojos puede dejar inconsciente a cualquiera. Puedo apagar mi cigarro en su ojo y correr.
–… lo que más anhelo es volver al campo, tener suficiente dinero para comprar una granja…–Pretende parecer un romántico en busca de la felicidad–… ¿dónde te gustaría pasar el resto de tu vida?
Me sorprende la pregunta.
–No sé. Tal vez viajando.
–¿No te da miedo que nadie te conozca?
–De cualquier modo nadie te conoce realmente.
2:57 horas. Habla de los fantasmas que al alba se levantan con la niebla después de haber recorrido los prados por la noche. Describe su pueblo, en una colina está la silueta de un gigante como testimonio de valentía. Su madre lectora de libros clásicos. En las tabernas los hombres del pueblo se refugian. Suspira para reforzar la intensidad de sus recuerdos.
3:15 horas. El camino se reduce, entramos en un túnel hecho de árboles viejos. La luz de las luminarias se estrella en los rieles dejando un reflejo metálico. Arrastro los pies para no tropezar.
–¡Mira! –Jala mi brazo para que gire a la derecha.
–Hay locos que hacen el amor en lugares como estos.
¿Tengo que correr? Brincar esa barda minúscula para adentrarme al cementerio no sería buena idea.
Unos golpecillos insistentes retumban en mi sien. Llegamos al final del túnel de árboles. Del lado izquierdo las vías, del derecho se extiende el cementerio de criptas pequeñas.
–¿Quieres entrar?
No quiero.
–Sí —respondo por instinto.
Saltamos la barda. El tacón de mis botas se clava en la tierra. Eiam no está. Vuelvo el rostro en todas direcciones. Lo escucho tras de mí.
–¿Qué pasa? —me dice.
***
¿Ayer? Pretendía seguir mi rutina de los jueves: almorzar en el sitio árabe, pasar a la galería, consultar la cartelera cultural, tomar dos cervezas en el Madrid Pub.
En la galería una copista instaló su bastidor frente a una pintura; su obra estaba avanzada, a pesar de que era sorprendente el parecido de la réplica entendí que el secreto de Lady Jane Grey, es su mirada a través de la venda en sus ojos. Salí tres horas más tarde de lo acostumbrado.
El pub estaba cerrado por fumigación. Me senté a fumar en una banca, un anciano delirante me confesó su fantasía de hacer el amor en un cementerio. Salí con tiempo justo para tomar el último tren. La vi en el fondo del vagón, lo que me impactó fue el gran parecido que tiene con la protagonista del cuadro.
Me he preguntado constantemente: ¿cómo mira quien sabe que está a punto de morir? No me refiero a la mirada del desahuciado que ve viejos fantasmas rondando su cuarto, no hablo de esos ojos opacos de los enfermos. ¿Cómo mira una persona que está condenada a una muerte súbita, antinatural? Quedé fascinado por la siesta de la desconocida, no crea usted que acostumbro seguir a mujeres en el tren o la calle, no soy un acechador. Tenía que hablarle.
La seguí de lejos. Después de unas cuadras volvió sobre sus pasos, me adelanté a la estación, me senté sobre unos andamios donde pudiera verme. Ella hizo lo que esperaba, se dejó caer a mi lado y pude ver en sus ojos la mirada que tanto busqué.
Absurdo, lo sé.
Ansié acompañarla, asirla, contarle mi vida y conocer la suya. Nos detuvimos un rato en el cementerio a descansar y fumar, recordé al ebrio del pub. Ella corrió con dificultad a las vías. Me miró, con esa mirada que puede traspasar el paño de una pintura, empuñó el cigarrillo como si fuera un arma, intenté calmarla. Resbaló y con uno de los durmientes se golpeó la cabeza.
Les pregunto nuevamente: ¿qué gano mintiendo? Mi vida es intachable, deberían ver los hechos de una manera más objetiva. Pude haberme ido y olvidarme del asunto. Creo que esta postura es absurda, entiendan, eso que pregunta no lo puedo explicar, únicamente ocurrió y cuando volví en mí, tenía sus ojos en mi mano. No me puede encarcelar por cometer un acto inexplicable, le repito, analice mi reputación, llame de una vez a mi abogado y por favor apague esa grabadora que me enloquece el ruido que hace, similar al sonido estático de un televisor cuando termina la programación.

Comentarios