El ruido es una protuberancia, un absceso que se incrusta en el tímpano para triturarlo. Es un cáncer que hace de los nervios marionetas saltarinas al son de los ecos discordes de altisonancias monstruosas.
Nace de la alevosía, transcurre en la cacofonía, se expresa en los salvajes ecos de la falta de respeto y se asume como la onomatopeya necesaria de la comunicación de la razón manifiesta del ser absurdo.
En eso estaba el pensamiento de K, amante del silencio absoluto, cuando alguien tamborileó en clave morse la ventana de su estudio. ¿Quién sería?, se preguntó enfurruñado por el pequeño despertar de un ruido comecome.
M no podía ser. Ella tenía llaves y nunca las olvidaba. Además, era extremadamente silenciosa y respetuosa con los silencios, que también amaba y que nunca hubiera osado destruir con notas discordes.
El ruido procedente de la ventana se intensificó. Ahora no sonaba como si dedos tímidos la estuvieran acariciando, sino como golpes estrepitosos producidos por guijarros echados a manos llenas contra el cristal.
Abrió la puerta y se asomó a la calle. Alcanzó a ver unos niños corriendo a gran velocidad en sus bicicletas de distintos colores y tamaños. Distinguió entre ellos la silueta inconfundible del hijo de nueve años de sus vecinos. No les reclamaría, ¿para qué se iba a molestar en esa minucia?, ¡había cosas más importantes en las que pensar!
Volvió a su pensamiento anterior al incidente, muy relacionado, por otra parte, con él. La distracción era una de las consecuencias del ruido, naturalmente había otras. La distracción, además, era una negación del pensar, pues suponía una pérdida de la ilación necesaria para sostener un diálogo razonado con uno mismo y el tema de estudio.
Pero lo que más le preocupaba era el estado nervioso, que calificaba como desaforado, en que le dejaba cualquier ruido que durara más de cinco segundos. En el sentido que lo expresaba, su razón quedaba convertida en espuma cuajada de una nota grave interminable que agudizaba la negatividad de su yo.
Luego, le costaba en demasía hallar la paz requerida para volver a trabajar allí donde lo había dejado. Pasaba las horas dando vueltas en la habitación o se iba a dar un largo paseo con la mente en blanco y sin ninguna idea que le ayudara a seguir desarrollando lo que había dejado inconcluso.
Entonces, imaginaba los espacios siderales y su falta de sonido. Anhelaba estar allí en compañía de M sin palabras y tan vestidos de astronautas que los gestos resultaran mecánicos, autómatas.
En eso estaba cuando su oído captó el chirriar de la puerta de la calle abriéndose, cerrándose; los pasos conocidos que se acercaban sigilosamente y el sonido del beso en su mejilla. Eran sonidos de paz y tranquilidad que ocultaban el ruido, que lo negaban, que lo sumergían en el mar profundo de una armonía espiritual.
K se apropió de ese tipo de silencio y lo amo profundamente, no con palabras ni gestos sino con una sensación placentera que se mostró inmediatamente en su rostro, que apareció dulce y hermoso ante los ojos de M.

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.