Por segunda vez en una cumbre del G-7 Trump trajo a colación la necesidad de reincorporar a Rusia al viejo esquema del G-8.

Días antes del G-7, el presidente galo Macron aceptó un quid pro quo, según The Globalist, con Trump: reinserción de Rusia al G-8 a cambio de la dilución de las sanciones a Irán, cuyo canciller Javad Zarif se presentó en forma espectacular en Biarritz, al margen del G-7.

Después del histórico discurso de Macron, un día después del G-7, donde proclamó el “fin de la hegemonía de Occidente” y reclamó la reconciliación de Europa con Rusia, el retorno de Moscú al G-8 no entusiasma al Kremlin.

La reconversión dramática de Macron, anterior funcionario de los banqueros globalistas Rothschild, y su resurrección “humanista” y cultural/civilizatoria, entiende la dinámica geoestratégica del ascenso de Rusia/China/India.

Macron, asustado por la revuelta rural de los Chalecos Amarillos, captó que el fallido neoliberalismo trastoca el orden político local/regional/global.

El zar Vlady Putin, quien se ha consagrado como un estupendo geoestratega, va más lejos que Trump y Macron y propuso en el quinto Foro Económico Oriental de Vladivostok un G-10 con China e India, y quizá hasta un G-11 con Turquía.

El discurso de Macron llega con un atraso de 12 años al parteaguas de la disertación de Putin que marcó la nueva era global en la Conferencia de Seguridad en Múnich de 2007, que no asimiló el entonces presidente galo Sarkozy.

Ahora en Vladivostok, Putin recalcó en forma muy elegante que “el liderazgo de Occidente toca a su fin”, dándole “crédito” a su homólogo francés.

Putin, dueño de la situación, comentó que no puede “imaginar que una organización internacional sea eficaz sin la participación de India y China”.

Putin adujo que el formato del G-7 no se encuentra a la altura para resolver los temas globales. Le asiste la razón cuando se mide el producto interno bruto (PIB) por su poder adquisitivo: China ya desplazó a Estados Unidos (EU) del primer lugar e India –que se acaba de lucir como el cuarto país en alcanzar la Luna, después de EU, Rusia y China– ya lo hizo con Japón en el tercer lugar.

Según el influyente portal Sputnik, Putin “abogó por incluir a Turquía en un formato más amplio similar al G-7”: ahora “Turquía tras adquirir los sistemas rusos S-400 está bien protegida desde el cielo, por tanto su trabajo… en el semejante formato podría ser solicitado y apropiado, tomando en consideración su papel en los asuntos internacionales y en la región”.

A la pregunta de si Rusia participaría en la cumbre del G-7 el año entrante en Miami –en lo que ha insistido mucho Trump–, Putin comentó que los líderes del G-7 deberían antes viajar a Rusia, donde la cumbre del entonces G-8 debió celebrarse en 2014, antes de la expulsión de Moscú por el contencioso de Crimea.

No dudo que EU, Francia, Italia y Japón –cuatro del G-7– acudan a Moscú. Estuve a punto de escribir a Canossa: la humillación en 1077 del emperador excomulgado Enrique IV ante el papa Gregorio VII.

Quedarían pendientes las confirmaciones muy negociables de Gran Bretaña y Canadá, y la postura dubitativa de Alemania.

Queda claro que el zar Vlady Putin acepta un G-8, pero en Moscú y bajo sus condiciones: quizá invitando como “observadores”, en un inicio, a China, India y Turquía, lo cual en su conjunto lo entronizarían como el supremo jugador geoestratégico del siglo XXI con sus múltiples vectores euroasiáticos que forman parte del esquema geoestratégico del ideólogo ruso Alexander Dugin y su “cuarta teoría política”.

El G-7 ya feneció y el G-8 es resucitado bajo los auspicios de Rusia, que busca llevarlo a un G-10 o quizá un G-11 –con Turquía, si no existen demasiadas reticencias “europeas”– que significaría el asentamiento de un nuevo orden eminentemente multipolar.

Es curioso que las cuatro superpotencias que han alcanzado la Luna sean quienes definan el nuevo orden global del siglo XXI.

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