La toma de decisiones en la función pública es sin duda un proceso complejo, por lo que vale la pena hacer un análisis sobre las implicaciones que tiene la asertividad de un gobierno para los miles de ciudadanos que representa. Las decisiones del Estado no pueden ser un asunto menor, por lo que el uso del ciclo de la inteligencia debe estar involucrado en todo momento y el funcionario que aspire a ser un verdadero estadista necesita contar con información estratégica, con un excelente cuerpo de analistas y los mejores operadores que aterricen las decisiones. Eso no se logra con militantes partidistas adoctrinados, sino con profesionales en el ámbito de lo público; aunque la verdad sea incómoda para el gobernante en turno, es mucho mejor que vivir en la mentira y el aplauso fácil.

Cada mandatario marca su propio estilo de gobernar y su manera de tomar las decisiones de Estado. En los últimos tres sexenios hemos sido testigos de que la vida pública en México se decidió en la alcoba (con actrices pagadas) o acompañado de un gabinete convertido en el paladin de las complacencias, cuyo séquito de los aplaudidores fueron responsables de adornar la información y exaltar las decisiones del mandatario. En esa ensoñación desfilaron los últimos mandatarios, unos más que otros, insistieron reportar cifras maquilladas de todo tipo. Pero al final del día y, a pesar de los malabares, a los mexicanos nos explotó la crisis de seguridad, incremento de la pobreza, aumento del precio de productos básicos (gasolina incluída) y los peores indicadores de violación a los derechos humanos.

Actualmente las conferencias matutinas del presidente de la República Andrés Manuel López Obrador son, hasta este momento, la estrategia por la que ha optado el mandatario para orientar las decisiones públicas que le parecen más relevantes para el país. En “las mañaneras” envía instrucciones a su gabinete (en muchos casos los rectifica), toma posicionamiento y enuncia la agenda de medios. A pesar de esa excelente estrategia de campaña permanente (quizá no para él, pero sí para su proyecto político de grupo), también se puede visualizar que no siempre existe sincronía entre lo que declara el presidente y lo que su gabinete hace o le dice; basta recordar las rectificaciones que ha realizado a varios subsecretarios y secretarios de Estado, lo que nos lleva a preguntarnos cómo toma decisiones y a quiénes escucha el presidente. Esa respuesta es clave para imaginar cuál será la ruta en las decisiones clave del sexenio y será objeto de un estudio a profundidad de esta columna para conocer las redes de informantes que configuran las decisiones del presidente.

Sin duda, el perfil de AMLO no es como el de sus antecesores, que abrevaban de su gabinete o de su consorte para tomar las decisiones públicas. Con más de 12 años de campaña en todos los municipios de México, el presidente cuenta con el pulso de los principales problemas que aquejan al país, de hecho, el éxito de su campaña se dio por saber escuchar y capitalizar el hartazgo de la sociedad. En ese plano de diagnóstico seguramente oirá a los menos, porque sabe de primera mano lo que ocurre en el país.

Pero, ahora es tiempo de tomar decisiones públicas y operativizar estrategias, por lo que el mandatario deberá fortalecer su papel de estadista a partir de la coordinación de su gabinete, operadores políticos y cuerpos de asesores para no dejar duda de que en la cuarta transformación (4T) también hay orden, disciplina, método y técnica para gobernar.

A varios mandatarios latinoamericanos emanados de revueltas populares les costó mucho trabajo el aprendizaje en el arte de gobernar, porque no es lo mismo ser militante en activo que sabe del mitin y la protesta, para transitar al diseño y ejecución de políticas públicas. Con las reservas que amerita el contexto referido, muchos de los espacios públicos en México están siendo ocupados por militantes partidistas afínes al gobierno y no por técnicos que efectivamente sepan lo que significa ser hombre y mujer de Estado.

Apenas está comenzando a gobernar nuestro presidente por el que libremente votamos y vale la pena la advertencia para que no llene los espacios públicos con militantes, porque no solo se requiere de personal con convicciones ideológicas, sino también de profesionales para la ejecución de la función pública. Si eso no ocurre, nos asaltarán las respuestas fáciles que atribuirán el fracaso de la 4T al sabotaje, cuando en realidad se trata de exceso de aplaudidores que solo mal ensayan el arte supremo de gobernar.

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