Sacrificio

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Juan Antonio Taguenca Belmonte

“Encontrar al Demiurgo era cuestión de afanarse en la búsqueda y tener un poco de suerte en el encuentro. Era, al fin y al cabo como todo, un esforzarse continuo, tal vez inútil, en pos de un ideal incierto que lo constituyera en el devenir de la vida, o sea, un surgir de permanencias deshilachadas, nada más que eso.
“Subsistía, pues, en ese afán de existencia procedente de un espíritu externo al suyo al que quería fusionarse. Pretendía formar con él una simbiosis perfecta y universal que fuera pura y unificadora. Una aspiración la suya, por cierto, inexacta en su finalidad, pues no sabía cómo formular su propia entidad vital y ni mucho menos conocía como proceder para unirse al supremo hacedor del Universo.
“En eso estaba cuando tuvo una idea que le pareció genial, al menos eso creyó en el segundo exacto en que surgió en su mente. Se trataba de hacer un agujero profundo en su corazón y llenarlo con la luz del sol. Debía hacerlo con una daga de obsidiana procedente de antiguos ritos y conforme a palabras ancestrales olvidadas y no dichas desde hacía miles de años.
“Sabía dónde encontrar el instrumento de su martirio purificador. Pero conocer el lugar exacto donde hallarlo no le facilitaba hacerse dueño de él, pues era una de las piezas de más valor del museo X, y por tanto estaba bien vigilada y custodiada. Imposible tener acceso a ella sin que fuera sorprendido.
“Esperaba que el Supremo Hacedor lo ayudara a salvar todos los obstáculos que se interpusieran en su camino. Tenía la esperanza de que acabaría por cumplir la misión sagrada que se proponía llevar a cabo. Se fue preparando para ello. Juntó todos los objetos que necesitaba y planeo minuciosamente todas las acciones que debería ejecutar.
“En una semana tenía todo lo que requería el rito. Eso lo llevó a un frenesí agotador en el que su voluntad sufrió desmayos que supo sortear con fuerzas procedentes de una naturaleza que estaba seguro no era la suya
“Lo más difícil fue encontrar el libro sagrado que contenía la oración exacta que debía decir en el momento preciso en que su corazón abierto fuera atravesado por el sol. Sabía que junto a la daga de obsidiana, que yacía muerta en el museo, había un ejemplar. Pero era demasiado peligroso hacerse de tan voluminoso volumen sin ser visto y luego irse tranquilamente sin que lo molestaran los agentes de seguridad.
“La prueba contundente de que el Gran Demiurgo estaba de su lado la tuvo el día en que en una librería de viejo, para sorpresa suya, encontró el libro que buscaba y que creía imposible hallar y comprar, por el excesivo valor que le daba. Lo halló y lo compró muy barato, tirado de precio. Parecía que el librero quería deshacerse de él en aquella tarde lluviosa del 6 de mayo de 1942.
“Leyó en voz baja el pasaje del libro que contenían las palabras sagradas que debía decir, en el momento exacto de su sacrificio, una y otra vez; con un ansia creciente que le crecía en la garganta y formaba raíces profundas que anidaban en sus venas.
“Las sencillas palabras penetrarían en su corazón al mismo tiempo que la daga de obsidiana lo abría en canal con el primer rayo de sol. Entraría éste por el inmenso agujero y lo llenaría con un nuevo espíritu, distinto al suyo, que lo haría renacer.
“Volvió a leer, esta vez en voz alta. Dijo: ‘Luz del Universo que apartas las sombras oscuras de la noche. Ser Universal hacedor de la luz ilumina el corazón que te ofrezco en sacrificio’. Era todo, no había que decir más que esas breves palabras y consumar lo deseado de la misma forma que describía el libro. Ahora solo quedaba hacerse del instrumento de su martirio y llevar a cabo su plan.
“La daga de obsidiana ya estaba en sus manos. Después de todo no había sido tan complicado allegarse de ella. Dibujó en el suelo, de la gran sala vacía de la vieja fábrica, los símbolos que lo acompañarían en su tránsito hacia el Ser Supremo. Por una pequeña ventana abierta, situada a mucha altura, entró el primer rayo de Sol. Eran exactamente las 6 horas con 52 minutos y 23 segundos del 5 de junio de 1942.
K despertó angustiado y con fiebre. Su sueño lo había puesto en un estado febril. Se levantó y se fue al cuarto de baño para refrescarse. Vio en el espejo su cara de espanto y se asustó, casi gritó su angustia. M dormía tranquila al otro lado de la puerta cerrada. Miró la claraboya que tenía por encima de la cabeza. En esos momentos el primer rayo de sol de la mañana se colaba a través de la apertura en el techo. El reloj de la sala que no veía marcaba exactamente las 6 horas con 52 minutos y 23 segundos. Era el 5 de junio de…

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.