Tan, tan, tan el monótono sonido, tan, tan, tan el cacofónico tañer, tan, tan, tan esos golpes del badajo contra el metal tenían un majestuoso vibrar, sonido interminable muy de mañana casi al amanecer. La abuela sabia, conocía el campaneo, los esplendorosos toques los sentía de inmortales desde el 15de septiembre de 1910, que los distinguió después de las 11 de la noche, en la inauguración del Reloj monumento para conmemorar el primer centenario de la Independencia, “se echaron a vuelo las campanas de los templos estrenándose una en la parroquia de la Asunción de grandes dimensiones y majestuoso vibrar que lleva por nombre Campana del Centenario”.
La ancianilla recordaba a la perfección, casi 50 años después, el sonido que marcó las vecindades y casucos cercanos a la Asunción de María, lo tenía tan grabado como el mismo programa del centenario, que insistente remachaba como si lo estuviera leyendo, esas repeticiones formaron un suculento acervo aprendido por los pelones. Del recuerdo de la nueva campana siempre pasaba a recrear el pleno centro en la plaza Constitución, a unas varas de la vecindad, redundaba señalando el monumento al llamado padre de la patria, “ahí, hubo el 12 de septiembre de 1910 una manifestación ante la estatua de Hidalgo”, en esa antigua plaza de mercaderes o plaza Mayor, fue ofrecida por la Colonia Francesa, Italiana y Suiza la colocación de una bella corona de bronce en el monumento.
Ella no era mocha, ni mochila, pero sí vibraba con los repiques desde el santuario de María de la Asunción, cualquiera que la escuchara se daba cuenta que se sabía “el teje y maneje de la esa religión”, de memoria recitaba los tiempos y días, el año y la semana en los que había de ofrecer rogativas oraciones que “guardaban un orden, los domingos por toda la corte del cielo, los lunes por la Divina Providencia; Jesús mordió a José”, así decía, “los martes por San Cayetano y las almas que había de rescatar del purgatorio, los miércoles por la Preciosa Sangre y por San Antonio de Padua, los jueves por el Santísimo Sacramento y la Inmaculada Concepción, los viernes por los Dolores de María Santísima destacando su pureza, y rematando los sábados por los ángeles, arcángeles, querubines y serafines así como por los que esperan ser llamados a la ambicionada vida eterna”, también explicaba que “asegún los tiempos en diciembre por la Guadalupe y por el constante trajinar del burro de don José pidiendo posada, el día de difuntos por las benditas ánimas destacando por todos los muertos de enfermedad de la mina, en Semana Santa por la Pasión del Señor”.
Orgullosa, como güajolota con coconos, prendada de sus tunantes pelones que deambulaban desde muy pequeños por el atrio del templo, con la frente en alto expresaba sin limitación alguna “mis jumentitos no merodean ese respetable santuario como “sacristán que vende cera, sin tener cerería, ¿de dónde la sacaría?”, ni mucho menos como “monaguillo apropiado de documentos, sin ser custodio ni guardería, de dónde los robaría” esos acomedidos con los afanes del servicio religioso, abusadillos con el tompeate de las limosnas, hasta de importantes papeles, libros y actas parroquiales, que ni por benditos tuvieron temor del Altísimo, “desde niños traían ya la tentación” preveía la abuela.
“No, estos míos no, merodean ese atrio por causas más mundanas” apasionados por ir a ofrecer flores en junio sin siquiera saber por qué y a quién, lo hacían por estar ahí en el rebumbio, sin conocer de devoción alguna, tomando su atado de flores en la puerta y a toda carrera como apaches mariguanas, lanzarlos al altar para emprender el retorno. Lo que más importaba a esa partida de chamacos, era deambular por el atrio a paso disimulado, a la caza de los bautizos, se acercaban hasta la pila bautismal a acompañar al cura, a los del sacramento de la primera agua, imitando a Juan el Bautista cuando bautizó a Jesús en las aguas del rio. Atentos a la consumación del acto, gritaban efusiva y hostigosamente “¡bolo, padrino, bolo padrino!” hasta que sintiéndose por un momento el mecías, el padrino, metía las manos a un “morral de menudo y morralla”, las monedas ya en su puño lanzaba al aire donde aquellos tunantes se arrojaban de barriga al piso del atrio a recoger y acaparar lo más posible de aquellas monedas, ganando más golpes, roturas de pantalón ya tapizado de remiendos de diferentes colores, raspaduras de rodillas, codos, hasta de trompa y cachete, rasguños y una que otra rotura de huesos.

El cascabel al gato estremecido. Hoy el show aúlla como sirena en la plaza Juárez con casi 400 patrullas a bocina abierta y a todo lo que dan “no más” para la foto y lucimiento en los medios chayoteros y revistas del espectáculo, fingimiento para mostrar “musculo” contra la oleada de violencia que desde hace 10 años crece y se multiplica geométricamente. El narcotráfico con ejecutados, chupaductos, crímenes, robos, asaltos, secuestros, la inseguridad está en todos lados como la humedad. Ante el desamparo en el centro de la ciudad, colonias y barrios han colocado mantas donde advierten al delincuente que no lo entregarán a la policía, que lo van a linchar, esto se llama “¡autodefensa!”.

Se han disculpado desde hace una década diciendo que son los malos de estados vecinos que vienen a tirar aquí sus muertos, o que se trata de ajustes de cuentas entre delincuentes que ellos solos se iban a eliminar. Ahora, a los niveles en que crece la delincuencia yh la inseguridad, no falta mucho para que las autoridades avienten el bulto al gobierno federal, manera estratégica para eludir su responsabilidad como mando estatal y municipal. ¿Qué ha pasado con la corrupción y robo en los gobiernos pasados? ¿del dueto Tormenta Pacorro y Chelelo aún no hay nada? “¡Aquí todo sigue igual como cuando estabas tú!”.

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