En los últimos días hemos percibido como un virus se ha vuelto una pandemia mundial en la que no hay cura, el Covid-19, como se conoce por su acrónimo o también llamado coloquialmente coronavirus, asoló China para después expandirse en el mundo entero. Según estudios que se han realizado por universidades de California, Estados Unidos (EU) y que han sido publicados en el New England Journal of Medicine se sabe que este virus es longevo en el aire con una duración de vida de hasta por tres horas, sobre el cobre de hasta cuatro horas, en alguna superficie de cartón hasta por veinticuatro horas y justo cuando se creería que no sería más resistente, sorpresa, se sabe que en el acero inoxidable puede albergarse hasta por dos a tres días sin problema alguno.

El Covid-19 se caracteriza por síntomas leves, como dolor de garganta, tos seca y fiebre. La enfermedad puede ser más grave en algunas personas y provocar neumonía o dificultades respiratorias e incluso ser mortal. Las personas de edad avanzada y con afecciones médicas como asma, diabetes o cardiopatías son más vulnerables y enferman de gravedad, el problema ha sido que tan solo en los 94 países reconocidos por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y que conforman el mundo, los casos de personas contagiadas con el virus van en aumento sin disminuir un ápice las cifras, y sí, estas van en aumento. Por lo tanto los gobiernos mundiales se han visto obligados en tomar medidas drásticas, según la evolución de la pandemia en cada país, existen cuatro fases: Fase uno: confirmación del primer caso importado, se llevan a cabo algunos planes para la contingencia y existen campañas de prevención.

Fase dos: allegados del primer paciente con el virus son contagiados y aislados, por prevención se cancelan eventos masivos.

Fase tres: el virus ya está en la comunidad por lo que las medidas son drásticas incluyendo el toque de queda, restricción de tránsito, entre otras.

Fase cuatro: contagio masivo, en esta fase hay un mayor número de fallecidos, colapsan los sistemas de salud por la demanda y el caos reina sin parangón.

La pandemia ocasionada por el Covid-19 perjudica, asola y destruye, es inmisericorde, se hace presente en nuestro país como en el resto del planeta, pero existe una diferencia en el nuestro y que suma a toda Latinoamérica a diferencia de otros países los del hemisferio americano, excepto a Canadá, EU y el despunte de Brasil, que son naciones en vías de desarrollo, es decir, no existen fondos suficientes para que la población se confine y guarezca en su hogar sin laborar semanas y quizá si se agudiza la pandemia sean meses.

No obstante los llamados a la calma y la imposición de una agenda informativa gubernamental que pasó de promover el sorteo del avión presidencial a la presentación de una serie de medidas en las que todos los sectores y organismos civiles redujeron actividades y aplicaron medidas de suspensión similares a las de la fase dos han sido suficientes para que una mayoría de la población tome conciencia de la magnitud a la que se enfrenta, no solo México, sino, el mundo. Pero en una sociedad como la mexicana en donde cuatro de cada 10 son pobres no puede existir la remota idea de ir a casa y no laborar, esperar que pase la pandemia y retornar después para continuar con la vida diaria, simplemente ¡NO!.

Poder quedarse en casa es un privilegio de clase, la cuarentena que se menciona como medida para hacer frente a la pandemia del coronavirus invita a cuestionar sobre la desigualdad social, poder quedarse en casa mirando Netflix, jugando videojuegos, tomando una cerveza o leyendo un libro, es la realidad privilegiada de pocos. No todos los mexicanos pueden quedarse en casa, el aislamiento puede ser peor que la enfermedad incluso una medida que insulta a una gran cantidad de mexicanos que si no trabajan simplemente no comen.

Nuevamente se polarizan las ideas y los sentimientos en México entre los que pueden comer diariamente sin mucho esfuerzo gracias a los dividendos de sus empresas o los trabajos seguros en los que se encuentran ya sea por estar sindicalizados o bien bajo un contrato permanente y pueden vivir sin penurias por días y quizá meses, teniendo como garantía un sueldo seguro cada quincena que será depositado en una cuenta de débito.

Pero también está la otra población, la de los marginados, analfabetas no por gusto, sino porque no había opción en la casa paterna, que no son propietarios más que de su fuerza de trabajo que día a día les da unos pesos para comer, comerciantes informales que buscan que vender o que servicio ofrecer para ganarse unos cuantos pesos.

Malandrines, embusteros y ladrones, gente decente y trabajadora, de todo un poco, y que tienen en común esa otra escuela a la que llaman la escuela de la vida. Dos ideas, dos mundos, dos perspectivas. ¿Tú lo crees?… Yo también.

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