Basta decir Sade, sin que medie precisión sobre Donatien Alphonse François de Sade, para tener una idea de quién se habla, menos aun de su obra. Santo patrono de los surrealistas, el Marqués de Sade, más allá de toda connotación inmediata que involucre el contenido, es bien considerado como uno de los intelectuales más trascendentales que haya dado el pensamiento francés.

Es bien sabido y está suficientemente documentado que fue un burgués de altos vuelos, que en su momento y más allá de Casanova a través de sus memorias, tuvo una capacidad extraordinaria para representar el universo de la sexualidad como una expresión de lo humano. Es decir, aquello escrito por Sade, fue desde el principio una forma de representación de lo concebido por su mente, sin que ello resultara de la recolección de experiencias reflejadas a manera de anécdota.

La sexualidad de Sade fue una de tal suerte intensa, que se asumió anecdótica de su capacidad para un supuesto retorcimiento de personalidad, que constituyó la razón central para volverlo blanco de la purga intelectual llevada a cabo por los autores de la Revolución francesa, pero en la que no cupo sensatez para deducir que el escritor, de haber incurrido en los extremos que relató, no solo habría sido un sujeto por completo errático e incongruente, sino que haber emprendido siquiera la mitad de los desvaríos de los que se le decía responsable, le habría representado la vida en una época previa a los antibióticos, así como el fallo definitivo de su salud orgánica.

Precisamente la gran proeza de Sade radicó en la capacidad de representación, cuya máxima expresión radicó en los 120 días de Sodoma, a propósito de un espacio bíblico en el que el hombre queda reducido a una condición semianimal, desprovisto de todo freno, de toda sensatez excepto la depredación del hombre por sus semejantes, que lo aproximó hacia el extremo contrario de aquello confiriéndole vida.

Es decir, la sexualidad desbocada, en lugar de ver o tener una recompensa placentera, también podía invocar la muerte, lo tanático. Por si sola una obra magna, ya que el autor reconstruyó mediante la literatura y de paso de ficción, un espacio inexistente en la historia, plagado por un fresco abrumador del que no había registro, pero Sade elaboró como si fuese testigo de él. Por si fuera poco, un entorno en el que predominaba el poder llevado hasta las últimas consecuencias de lo decadente.

Esa literatura y con ese enfoque, uno en el que la realidad humana podía representarse bajo esa mirada, fue lo que fascinó a Pier Paolo Pasolini para la creación de Saló o los 120 días de Sodoma, segunda de una trilogía inconclusa que así como en su momento sirvió para que el cineasta italiano se viera consagrado por El decamerón, Las mil y una noches, así como Los cuentos de Canterbury, en calidad de una representación del goce vital, lo siguiente en su trabajo fue el polo opuesto que comenzó con Il porcile (La pocilga).

Pese a que cuando inició el rodaje de Saló… ya había una suerte de amenaza sobre su cabeza, puesto que el filme así como retomaba elementos de Sade para constituir un eje argumental, el director se tomó la libertad de abundar en detalles que en la práctica procedían del contacto que tuvo el cineasta con los políticos de la época y las prácticas de que fue testigo, gracias a su fama como artista y el favor que consiguió al acceder a esas esferas. No obstante, gracias a la película, perdió la vida en condiciones no solo oscuras, sino por completo inexplicables, su cuerpo abandonado en una playa solitaria.

Hasta hoy, la figura de Pasolini en calidad de promotor del poema cinematográfico, de autor que tras el entusiasmo del neorrealismo italiano, procuró rescatar la frescura de una cámara en mano, así como una profunda espontaneidad, décadas antes del Dogma 95, se creyó perdida para siempre. Pero justo antes de cerrarse el siglo XX, los gemelos Amadeo y Simone, junto con la cantante Kazu Makino, decidieron que una parte de la inspiración, aunque aleatoria de sus trabajos, así como se derivaría de experiencias de primera mano, importantes para ellos, serían producto también de la obra de otros artistas. Entre ellos Sade y Pasolini.

La primera parte de su obra, decidida por un sonido estridente que medió un sonido agudo, iconoclasta, en contraste con una voz dulce y penetrante, además con un marcado acento que lo mismo transitó del italiano, inglés, francés al japonés, Blonde Redhead ascendió del oscuro panorama de la muerte inminente de las compañías discográficas a fines de la década de 1990, hacia el estatus y rango de una banda de culto afuera de todo lo conocido en su tiempo.

Aunque en fechas recientes el nombre ya confirma la consistencia de una obra, en un espasmo de mayor fama, la serie animada “Rick and Morty” se ha encargado de iluminar todavía más el peso de los compositores, quienes sirvieron para rematar, dos veces, con “Elephant Woman”, dos de los capítulos más importantes de una de las series de animación que hoy gozan de notable aceptación entre adultos y jóvenes.

Correo: [email protected]
Twitter: @deepfocusmagaz

Comentarios