Mis pies se acompasan uno a uno hasta que, sin darme cuenta me llevan a un añejo lugar. Lo noto porque el frío e impersonal concreto hidráulico que a mis pasos soportaba, ha desaparecido para dejarme reconocer una serie de baldosas empedradas que además de serme familiares, ahora exhiben los efectos del paso de los años. Aún recuerdo cuando jugaba sobre ellas. Un ramillete de caminos que se enmarcaban por una serie de casas, casitas, casuchas y casonas que se abrazaban para formar una interminable red de pasadizos que, en mi infancia, eran un desafiante y divertido laberinto al que los mayores llamaban simplemente y sin tanta emoción: los callejones.

Las horas, las tardes, las noches eran eternas en ese lugar. Un cúmulo de callejuelas que lo mismo me dejaban trazar sobre su ceño una cicatriz en forma circular para dejarme jugar “Stop”, o bien me permitían sobre la empinada –y a su vez necesaria, a causa de la pendiente del rumbo– rampa de acceso a algún garaje, deslizarme para sentir la emoción de una improvisada resbaladilla.

Sus entrañas eran también la sede de la diversión colectiva. Hijos, primos, amigos, conocidos y, en resumen, todos los chiquillos que por ahí habitábamos, constituíamos una irregular y bizarra palomilla que aprendía a crecer entre juegos de futbol americano, bote pateado, policías y ladrones o, llegado el momento, piropos a las transeúntes.

Las temporadas del año eran uniformes, no sabíamos si hacía calor o frío. El siempre andar corriendo de un lado a otro y de juego en juego, nos templaba y ubicaba en una misma temperatura y en una misma sintonía que volvía imperceptibles los frecuentes vientos del atardecer, así como las lluvias del verano o los fríos que enmarcaban nuestras anuales posadas.

Las abandonadas bardas en donde hoy se ven extraños grafitis multicolores o anuncios de “en venta” o “en renta”, algún día fueron la barrera entre la diversión y un cómplice, que sabía descifrar ese código secreto que solo cabe en un silbido.

Los colonos nos veían a veces con simpatía y otras con malhumor. Los gritos que lo mismo alegraban las aceras o que despertaban a un vecino, eran el indicio de nuestra presencia que, gradualmente, se fue desperdigando hasta quedar olvidada dando paso al surgimiento de nuevos grupos y viejos recuerdos.

Hoy no sé por qué ni cómo llegué hasta aquí, solo sé que, en medio del ruido, el ajetreo, el desconcierto y la tensión de esta vida adulta, quisiera nuevamente escuchar el golpe dado a una lata junto a una voz que me librara de todo, al grito de: ¡Salvación! [email protected]

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