Murió como la mayoría de los fallecidos por coronavirus: en silencio, sin sepelio, ni funeral”, escribió Roberto Fuentes Vivar al compartir la triste noticia de que el legendario restaurante Sanborns San Ángel, en la Ciudad de México, desaparecería. De inmediato su texto se hizo viral. No faltó quien se uniera a esa nostalgia y contara algún momento inolvidable en ese tradicional lugar. A tal grado fue el impacto compartido que la empresa tuvo que difundir un comunicado para advertir que estaba solamente cerrado, pero no para siempre, que regresaría remodelado. Respiro con tranquilidad, 2020 no puede seguir siendo tan cruel e inhumano, hay un rayito de esperanza, que por lo menos un sitio lleno de anécdotas personales, sobreviva a las maldiciones de este año.

Yo recordé que, ya como toda una adolescente de clase media, nunca había ido al Sanborns, sí tenía curiosidad, qué se sentirá desayunar o cenar en ese lugar donde las meseras se visten como la esposa del expresidente Echeverría –diría el escritor José Agustín–. En esa época, 1978, justo en San Ángel tomaba mi autobús para llegar a mi amado Colegio de Ciencias y Humanidades, CCH Sur. Mientras esperaba el transporte, yo espiaba ese restaurante. En aquel tiempo, tuve la opción de tomar clases de francés. Desde el primer día, el profesor nos entusiasmó al pasarnos un documental sobre Francia. Ay, la Torre Eiffel, qué bella. Disfruté cada sesión, aunque odiaba al verbo être, me encantaba decir le passé composé y cantar a todo pulmón: “Maintenant Nicolas et Bart / Vous dormez au fond de nos cœurs…” Y lo recuerdo, porque contra todo pronóstico, tres compañeras y yo terminamos el difícil curso con MB. El profesor valoró nuestro esfuerzo, admiró las ganas que le echábamos y muy generosamente nos invitó a desayunar al Sanborns de San Ángel. Oh, por primera vez entraba yo a ese lugar. No sabíamos que pedir, ni cómo servirnos café en esas pequeñas jarritas plateadas. Charlamos en un ambiente lindo y respetuoso, le juré a mi maestro que algún día iría a París y desde la Torre Eiffel brindaría por él, chocamos nuestras tazas de porcelana azul Sanborns.

Poco a poco, ese lugar fue escenario de días de pinta o reuniones con mis amigas de la universidad. El sitio de referencia para de ahí irnos a otro lado: “Nos vemos en el Sanborns de San Ángel”. En su bar aprovechaba la hora del amigo y todavía en 2019 fui con mis amigas Francisca y Regina. En un viaje relámpago a la Ciudad de México, ahí adquirí de emergencia mi perfume Carolina Herrera que había olvidado. Cuántas medias, libros o discos compré ahí. Entonces evoco esa melancólica balada que aprendí en mis clases de francés y que habla de los lugares de nuestro ayer, grabados por siempre en nuestra memoria, contra todo virus y pandemias: Quand je me tourne vers mes souvenirs. Je revois la maison où j’ai grandi. Il me revient des tas de choses. Je vois des roses dans un jardin. Là où vivaient des arbres maintenant la ville est là Et la maison, les fleurs que j’aimais tant n’existent plus.

Cuando regreso a mis recuerdos, vuelvo a ver la casa donde yo crecí.

Rememoro un montón de cosas, veo rosas en un jardín. Ahí donde los árboles solían vivir, ahora está la ciudad.

Y la casa, las flores que tanto amé, ya no existen más.

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