Santa

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Por Christian Negrete Perales

*Premio Estatal de Cuento Ricardo Garibay 2017

La vio comerse a su propio hijo. Observó cómo la madre tenía los ojos en blanco mientras devoraba la cabeza del recién nacido. Atemorizado cerró los ojos mientras el sonido del diminuto cráneo masticado por los dientes cubiertos de sangre taladraba sus oídos. Intentó arrebatarle el cuerpo inerte pero una sola mirada bastó para que desistiera.
Desde aquel día, le nació un odio hacia Santa, un odio alimentado por las imágenes que no lograba olvidar, no comprendía lo que había visto esa noche, sus ocho años de vida eran insuficientes para entender ese acto que consideró injustificable.
Santa se paseaba lentamente por el departamento como si no hubiera ocurrido nada, sus movimientos silenciosos exasperaban al niño que desde su recámara, pensaba en las mil formas posibles de hacerle pagar por lo que hizo.

Dos días le bastaron para elegir la mejor manera. Esperó paciente a que se durmiera, se acercó sigiloso para tomarla del cuello y la llevó a la azotea del edificio en el que vivía. Simplemente la arrojó al vacío, pensó que seis pisos serían suficientes para terminar con su vida, pero no fue así, en el aire se dio vuelta y cayó parada, giró la cabeza hacia arriba y se fue caminando.
Al día siguiente consiguió una jeringa y buscó durante horas alguna sustancia letal que pudiera inyectarle, lo único que localizó cercano a sus propósitos fue un bote de “clarasol” con una calavera estampada y la palabra “peligro”. Llenó del irritante líquido la jeringa y durante tres días consecutivos la inyectó. Nada. Después, utilizando un embudo le vació media botella en el estómago. Tampoco, solo vomitó durante una semana y comenzó a caminar con un poco de dificultad, pero nada más.

Fue entonces cuando decidió encerrarse con ella en la bodega del edifico, un espacio reducido y vacío que le impediría huir. Tomó el encendedor, provocó la llama y presionó la válvula de la lata de aerosol. Un flamazo constante iluminó el lugar, ella estaba en una esquina con los pelos erizados mirándolo fijamente a los ojos, respiraba agitada, pero no emitía ningún sonido, ninguno. Dirigió la llama directo a la cara, ella trataba de alejarse dando brincos de un lado a otro, pero él la seguía sin dejar de apuntar a su cuerpo; el olor a azufre, a “cuerno quemado” como se le conoce, le hacía pensar que cumpliría con su propósito. Había que castigarla primero para después terminar con su vida, así como ella había acabado con la de su hijito. Cuando el contenido de la lata se terminó, ella se quedó tirada a media bodega envuelta en un humo denso, negro y gris, las orejas encendidas como carbones, sus ojos bien abiertos no denotaban dolor, tampoco odio, tal vez alivio.

No apareció los siguientes días, alguien en el desayuno preguntó por ella. El niño dijo que no la había visto, pero que estaba contento de que no volviera porque se había comido a su propio hijo. Su madre le explicó que las gatas hacen eso cuando alguno de sus gatitos nace muerto o enfermo —es por naturaleza que se los comen, no por maldad— Él respondió que eso no era natural, que mejor sería que estuviera atropellada en alguna calle cercana.
Pero el atropellado fue el niño. Un golpe seco lo hizo volar unos metros mientras su ropa y zapatos salían despedidos de su cuerpo contraído como mecanismo de defensa. “Algo” se atravesó por el bulevar y la conductora de una camioneta negra giró bruscamente el volante llevándose al niño que esperaba cruzar la calle.

Ahora no puede mover sus extremidades, tampoco puede hablar, tiene la columna rota en tres partes; lo alimentan mediante un tubito, solo puede respirar y mover los ojos; es a través de sus pupilas quietas que todos los días observa cómo Santa entra a su recámara, sus padres piensan que es una buena compañía ahora que se encuentra recuperada; la gata se sube en las piernas del niño con perturbadora gracia y lo mira durante horas mientras pasa sus garras por su cuerpo lanzándole a la cara, siempre sutilmente, la dotación de pelo que entra por su nariz y por su boca que poco a poco forma en sus pulmones y en su estómago pequeños pastizales blancos y grises que duelen, que pican, que queman por dentro.
Cada día es un día menos para él, la felicidad es toda de ella, que parece que lo cuida por las noches como cuidaría a su propio hijo.

 

Director del mal: Jorge A. Romero
Colaboradores viciosos: Mayte Romo, Luis Frías, Ilallalí Hernández, Alma Santillán, Enid Carrillo, Erasmo Valdés, Óscar Baños, Rafael Tiburcio, Tania Magallanes, Daniel Fragoso, Julia Castillo, Isabel Fraga, Antonio Madrid, Víctor Valera, Sonia Rueda, y otros que, si bien no están, podrían caer en el vicio algún día.

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