Lorena Piedad*

La historia de este hombre sin nombre fue quebrantada desde los años en que su madre lo abandonó a las afueras del mercado, no se trata de un relato triste, sino de lo que muchos llamarían un milagro.

No pensarían que él, que nunca tuvo nada ni a nadie, que creció entre la basura, hambre, rechazo y maltrato de esta sociedad de apariencias, es la misma que hoy lo venera porque un día decidió que el mundo no era más su lugar, así que despertó, dobló meticulosamente el periódico que lo había cobijado durante la madrugada, caminó hacia el puerto donde los turistas miran con lástima y olvidan a bordo de sus yates; contempló por última vez la perfección del paisaje y se entregó al mar como lo hizo Alfonsina. Nadó hasta saldar sus deudas porque todo se paga en esta vida y en ninguna otra. Cuando sus brazos lo suplicaron se dejó devorar por la paz, pero antes de dormirse para siempre unió sus manos como aquellos, los hombres de fe.

Diez días después, unos pescadores aventureros sacaron de su red el cuerpo de un hombre que murió orando y dijeron “seguramente fue un santo”, ese fue el relato que esparcieron por el pueblo y es así como el hombre sin nombre se transformó de suicida a santo.

Esta es la historia de un suicida que se arroja al mar y encuentra en el fondo un tesoro, el de la eternidad.

*Nací un 28 de octubre entre las convulsiones y el amor de mi madre. Me llamo Lorena, también Piedad por herencia de mi abuela, la mujer que nació en San Andrés Ixtlahuaca, Oaxaca, y fue llamada india por ofensa, lo que inspiró el orgullo de mis raíces. Mi padre me enseñó el amor por la cultura de mi México; mi abuelo a creer en Dios, pero mi hermano en la justicia social. Simulo que escribo y cuando lo pienso detenidamente no me interesa la política ni las banalidades; me interesa la gente, de dónde viene y a dónde va. Hablar es el mayor don con el que fuimos dotados, escribir no tanto.

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