Hace unas semanas se informó que el Premio Nacional de Periodismo 2015 por trayectoria periodística había sido otorgado a Sara Lovera López. La emoción me invade y la nostalgia llega a mi corazón, gratos recuerdos, grandes enseñanzas, así como un orgullo amoroso invade mi alma.
Sara Lovera, la misma que conocí una tarde de 1984 en la sala de redacción del periódico Uno más Uno. Ella tecleaba en su máquina de escribir, fumaba un cigarrillo y nos miró de arriba abajo cuando nos acercamos a invitarla a una mesa redonda sobre mujeres periodistas en la UNAM. Desde ese momento su carisma quedó grabado en mis sueños de ser periodista, era yo una joven universitaria que por primera vez conocía a una reportera de verdad, con personalidad, de carácter fuerte, segura, orgullosa, directa, honesta. Nos hizo muchas preguntas, para qué era el evento, por qué nos interesaba abrir un espacio a las mujeres periodistas, qué sabíamos sobre feminismo. Al salir coincidimos: qué mujer.
Tres años después por mi necedad y mi atrevimiento volví a encontrarla. Esta vez cuando se iba a fundar el suplemento Doble Jornada. Ella discutió fuerte y defendió sus ideas cuando se construía el destino de esa publicación feminista representativa de finales de siglo XX en México. Refutaba segura que una publicación periodística y feminista necesitaba a alguien que supiera periodismo y comprendiera la importancia del feminismo. Mis amigas y yo, recién egresadas de la universidad, la escuchábamos impactadas. Sus argumentos fueron aguerridos y convincentes. Por eso, fue la coordinadora del suplemento durante 10 años.
Ya como jefa de las “doblejornaleras” no hubo reunión con ella donde no aprendiera de su ejemplo, de su estilo, de su compromiso periodístico y feminista. Desde sus gritos y mentadas de madre cuando algo no resultaba hasta cuando yo gané un premio de periodismo y me recibió con besos y abrazos, orgullosa de mí. Descubrió mi estilo y me obligó a palparlo, a sentirlo, a disfrutarlo. Atisbaba mi fragilidad y me llenaba de seguridad. “Datos, Elvira, los datos primero y bien sustentados”, me decía al revisar mis reportajes.
La acompañé a varios eventos y me encantaba verla ganar la noticia. Acercarse a conseguir la información con táctica seductora cuando lo ameritaba y cabrona cuando era necesario. Su forma de preguntar, de ganar la exclusiva, de tomar datos en su libreta, de teclear en su máquina la entrada que hacía destacar su nota, el nuevo tema por investigar.
Todavía me impacta verla, aunque yo ya sea doña doctora. “Elvira, Elvira, quién fue la primera diputada en México, qué pasa en Hidalgo, no me mandaste la información que te pedí, ya te leí y faltó tal dato, ya te leí y vas bien”.
Me obligó a escribir sobre temas que han marcado mi vida y que se han convertido en mi razón de escribir: mujeres, feminismo, denuncia social. La cito en mis trabajos, la pongo de ejemplo, la leo cerquita pese a la lejanía geográfica, nunca dejaré de leerla. Siempre le digo que es mi madre periodística. Así llegó y así sigue en mi vida Sara Lovera, Premio Nacional de Periodismo 2015.

Comentarios

COMPARTIR
Artículo anteriorColombia y México: los acuerdos superiores del dinero
Artículo siguienteCae Pachuca otra vez: ahora en calidad de vida
Profesora investigadora en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Doctora en ciencias políticas y sociales por la UNAM. Especialista en estudios de la mujer por El Colegio de México. Ha publicado una gran variedad de libros y artículos académicos. Es columnista tanto en medios impresos como digitales. Ha recibido diferentes reconocimientos por su trayectoria feminista y periodística.