El miedo a contagiarse de la influenza hizo que la ciudad se movilizara con rapidez, la instrucción que acatamos fue de irnos a casa y no salir. El tráfico era tan lento que pude ver un perro chihuahua con un pañuelo verde que se caminaba hacia una avenida grande. Me orillé y lo llevé conmigo. Ningún cártel con su fotografía apareció en los días subsecuentes. Así fue como nos encontramos y no nos dejamos nunca.

Estaba leyendo La piedra lunar y pensé en llamarle Wilkie, preferí nombrarlo como al personaje que en esa novela resolvió el misterio de la desaparición de un valioso diamante. Lo llamé Sargento Cuff. Sin saberlo esa elección de nombre le dio derecho a que su autoritarismo fuera parte de nuestro día a día, él decía cuándo se le tenía que acariciar y cuando no, la mejor hora para comer, el momento en que se tenía que apagar la computadora y dormir, el tiempo que teníamos que pasar fuera de casa. Todo, él lo decidió todo, incluso el momento de su muerte cuando yo no estaba a su lado y él permanecía en un hospital con buenas probabilidades de respuesta a un tratamiento.

Desde que me encontré a Sargento, los veterinarios decían que era muy viejo, que no viviría mucho, con optimismo solo le daban dos o tres años. Vivió casi 12 años a mi lado, hasta el 7 de enero.

A veces pienso en mí a la distancia, en 2009 todo era caótico, absurdo, buscaba quizá lo mismo que busco ahora, pero con menos claridad, lo único que me dio el pasado fue una serie de historias para contar (muchas de terror, otras repletas de dramas sencillos) y un compañero que vivió muchos de mis errores incluso con terribles consecuencias como dos patas fracturadas.

Una solo cosa tengo clara, Sargento Cuff me entregó mucho más de lo que yo le pude haber dado, el único compañero que no me juzgó durante los múltiples fracasos que cometí en 11 años, el único que estaba ahí, sin importar nada.

No nos damos cuenta todo lo que ponemos en nuestros perros hasta que ellos se van, parece que se llevan aquello que les depositamos, que copian nuestra vida y somatizan nuestras enfermedades. Pero sin duda, son los responsables de que, en algún momento, encontremos la mejor versión de nosotros.

Cada mañana desde hace un año, despertaba y le decía a Sargento “gracias”, porque la vejez lo iba disminuyendo, el frío le molestaba demasiado, cojeaba más de la cuenta, dejó de comer las croquetas de siempre, dormía más de lo normal, se agitaba, necesitaba nuevas escaleras para llegar a lugares que estaban a 20 centímetros del piso, salía al baño con más frecuencia. La muerte estaba instalada en mi casa, en mi cama, cada mañana me di cuenta que se estaba yendo poco a poco y mirar la muerte de un anciano, aunque se trate de un perro chihuahua de 21 años, fue un gran acto de amor compartido.

En el camino encontramos Sargento y yo a la única persona capaz de amarnos con la misma fuerza, ya éramos tres y después llegó su hija, Gertrudis. La familia orbitaba alrededor de él y hoy entrar a casa nos queda muy grande el espacio, nuestra vida y horarios lo siguen esperando, rodeamos la escalera, los cojines, los bancos, las croquetas, la bolsa de medicinas, sus suéteres limpios, los tapetes que quitamos y también los que pusimos, las tardes al sol son más grises e intentamos que con el paso de los días sea más sencillo mirarlo en una pequeña cajita de metal que tiene su nombre.

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