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“¡Se nos agrió el pulque!”

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Desde un carro del tren construido de maderas con inumerables rendijas, en su interior bancas de tablas de gris antiguo descarapeladas y encubiertas de muchas mugres, es el transporte de la mañana que tiene como principio de su escenartio el nucleo de los interminables magueyales en los inmensos llanos de Apan, a ocho o 10 leguas de la antigua villa del mineral de Pachuca. En su recorrido recolecta los pulques de los tinacales, deslizándose sobre los relucientes rieles prietos, con inumerables remaches, fijados a fuerza de punzón y marro, sentados sobre cientos de pequeñas, gruesas y resistentes vigas de madera, formando una extendida escalera, durmientes que desprendían un fuerte olor a chapopote, petróleo y alquitrán.

En el vibrante e incesante movimiento la vieja abuela se recordaba mirando por la ventanilla hacia más de 50 años, finales del siglo XIX, sentía la fría y olorosa atmósfera que respiraba en el ferrocarril, tranportando el apestoso producto del agave, los pulques. Creía la ancianilla estar en la potestad infinita de la creación, admiraba cómo se aglomeraban las blancas nubes sobre su cabeza, en donde se forman las lluvias, decía de la pintoresca y fascinante vista de las haciendas de la miel del agave y de labor como si hubiesen sido plantadas por una inmensa mano, de inacabables surcos de maíz y haba, que como serpientes fabulosas con escamas de argento se deslizaban perdiéndose en medio de las exuberantes plantas del maguey en inalcanzables hileras, algunas con elevados quiotes impregnados de hermosas y olorosas flores comestibles en temporada, de vez en vez aparecían pequeños arbolados amenos, verdes, refugio de parvadas de diferentes chillantes familias, lugar fresco agradable depósito de agua, jagüey, circundado de flores silvestres, con un estanque obscuro verdoso de aguas arrastradas por las lluvias con mucha tierra y piedras.

En el movimiento agudizaba la mirada la viejilla, divisó inmensos llanos perdidos entre la lejanía, el polvo y las nubes del albar con sombras grises elevándose en el horizonte unas tras otras, como en una representación donde van fugánsodose y deslavándose los tintes azules hasta formar un maravilloso paisaje con fondo como telón pintado por artísticas manos; la creación de los nevados volcanes el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. Tal era la vista que refería la anciana delante de sus ojos, a través de la ventana, sobre el tren en movimiento, la contemplaba estática como buscando un no sé qué en toda la imagen, de repente escudriñaba algún punto con minuciosa atención, esos miserables jacales cenizos de piedras y tepetates con cubierta de ramas secas de piru o de pencas de maguey que dejaban escapar hilillos de humo que dan cuenta de vida, al sentirse libres se juntan para formar columnas de grisalla, esas chozas en su interior aparentan refugios antiguos, moradas rústicas de los “trabajadores de la labor”.

En esa secuencia de gráficas desde la ventana, se le venían como apariciones del más allá, sin tener explicación, a la anciana se le revelaban visiones de la ya loca “emperatriz de México y de América. Yo soy María Carlota Amelia, prima de la reina de Inglaterra, virreina de las provincias de Lombardovéneto” le recordaba a su querido Maximiliano “cuando a caballo y a galope con traje de charro y sombrero incrustado con arabescos de plata esterlina recorrías los llanos de Apan entre nubes de gloria y de polvo”, desde las letras de Fernando del Paso. En esos recorridos el emperador pensaba en el trazo del tren.

“¡Es una pequeña pero hermosa construcción la estación!”, situada al lado de las vías FFCC, pensadamente en medio de una región agreste y solitaria levantada al estilo inglés, así lo mentaba la viejilla, con gruesos y altos muros de piedra, techumbres de dos o más aguas, de ingeniosas armaduras, enormes vigas de madera empalmadas artísticamente para formar el encofrado, sujetadas con fuertes placas de fierro de fragua reforzadas con gordos y largos tornillos, cubierta con lámina de zinc, grandes aleros y voladizos, los marcos y dinteles de puertas y ventanas magistralmente fabricados con pesado resistente tabique aparente colorado, de horno, coronados en arcos escarzanos o rebajados, presumiendo hermosa clave de piedra labrada para cerrar la estructura. Lo más grande exhibido, el amplio paradero del tren para las cargas de barriales del embriagador producto, los patios de maniobra, así como los andenes de carga, hasta donde llegaban procedentes de los tinacales los pequeños carros descubiertos; armones mecánicos de movimiento manual jalando dos o más plataformas que circulaban por vías secundarias “espuelas” del mismo tren.

Ya en el apeadero del mineral de Pachuca, la llegada de gentes, cosas, animales, pero sobretodo barriles del embriagador producto pasando a la garita de impuestos. El cascabel al gato redobla. En la pasada “administración” de Pacorro Olvera y Chelelo Sánchez, los objetivos de gobierno fueron de ocurrencias; no se vio un estudio, una planeación o programación, todo ¡al ahí se va! Sí, los caprichos y ocurrencias cuestan, se revelan deshonrosamente en la miseria del estado, nada aportó el Pacorro señalado como joven historiador por las viudas de don Bartolomé, ¡aduladores arrimados ahí!, para sacar más libros carentes de ciencia. La “Ciudad del Conocimiento”, Tuzoburro y todas esas obras de altos costos y contubernios que endeudaron al estado a largo plazo, a causa de la corrupción e impunidad, “¡ahí están, ahí están!”, esperando la actuación del fiscal anticorrupción”.

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