Dulce Abril Galindo Luna

Beneficios de la estimulación cognitiva

Debido a los cambios vertiginosos que la humanidad está experimentando en los últimos años, a menudo los sectores más vulnerables de la población tienden a sentirse excluidos de esos avances por diversas razones. Los avances en tecnología, por ejemplo, han marcado una ideología que pone en duda la capacidad de aprender de los adultos mayores, sector que en un futuro representará la mayor densidad demográfica en el mundo, propiciando que ellos mismos desarrollen prejuicios y temores hacia sus propias habilidades y que pongan en duda su capacidad para aprender.

Para romper con esos prejuicios es necesario, en primer lugar, comprender cuáles son los cambios que se dan en las personas adultas mayores de manera normal a nivel cerebral; en segundo lugar, es importante poder aclarar en qué consiste el aprendizaje y si ese sector de la población puede continuar aprendiendo y, finalmente, si existe un modo de prevenir el envejecimiento de nuestro cerebro, ya que pareciera que muchos aún relacionamos ese proceso con cuestiones negativas.

El envejecimiento es un proceso natural que atañe a todos los seres vivos y que se caracteriza por cambios y disminución progresiva a nivel funcional y estructural. Ese proceso es aplicable a todos los sistemas y órganos que componen a los seres vivos, por lo que el cerebro y sus capacidades también lo atraviesan. De manera normal, a partir de los 30 años, aproximadamente, el cerebro entra a una etapa de estabilidad, y alrededor de los 50 inicia un ligero descenso en sus funciones, resultando en un enlentecimiento de la atención, el cálculo matemático y los hábitos de sueño principalmente. Las neuronas de nuestro cerebro no mueren, pero su sinapsis va disminuyendo, lo que retrasa el paso de información entre dichas células. A pesar de ese enlentecimiento, las capacidades intelectuales son preservadas en la vejez gracias a nuestra reserva cognitiva, que está formada tanto por nuestra carga genética como por nuestros estilos de vida; pero no solo por esos factores. La reserva cognitiva está conformada también por la actividad social e intelectual que hemos desarrollado a lo largo de toda nuestra vida, la educación que recibimos, la profesión a la que nos dedicamos, es decir, por las habilidades mentales que hemos entrenado. De esa manera, todos estamos equipados con ciertas capacidades intelectuales y lo que debemos de realizar con ellas es ejercitarlas y/o fortalecerlas. Las personas adultas mayores pueden continuar aprendiendo, únicamente debemos aclarar que ese proceso puede ser un poco más lento, requerirá de mayor dedicación y esfuerzo, pero la capacidad de aprender no se pierde con la edad.

Si bien, no puede prevenirse el envejecimiento del cerebro, ya que como lo hemos establecido es un proceso natural y normal por el que atravesamos todos, sí podemos mantenerlo en constante estimulación. Quizás usted haya escuchado, visto o leído que existen ciertos ejercicios o pasatiempos que podemos realizar en nuestro día a día y que resultan actividades excelentes para mantener y potenciar nuestra actividad mental como diversos juegos de mesa, juegos de palabras, de cálculo, etcétera. Sin embargo, a pesar de que esos estimulan nuestra actividad intelectual, lo ideal es ejercitar nuestro cerebro con actividades que requieran procesos superiores del pensamiento como el lenguaje, funciones ejecutivas que permitan planificar y resolver conflictos y actividades que fomenten la convivencia social. Dentro de las acciones ideales que podemos llevar a cabo se encuentran el hacerse cargo de las finanzas o economía del hogar, aprender a usar la computadora y el Internet, viajar dentro del país o al extranjero si es posible y aprender otro idioma. Al ejecutar esas actividades, además de las funciones superiores del pensamiento que intervienen, el componente social que las caracteriza y la motivación con las que se realizan, hacen que sean las mejores actividades para el ejercicio cerebral y hacer más lento el proceso de envejecimiento cerebral, o bien, influyen en cierta medida el retraso de su declive.

Si bien es cierto que el aprendizaje de asociaciones y habilidades nuevas es más lento en la vejez, con un programa apropiado de enseñanza que incluya los estilos de aprendizaje de las personas adultas mayores y que tome en cuenta un diagnóstico previo situacional para establecer metas y objetivos reales de aprendizaje y evitar así que las personas se sientan frustradas o que no perciban avance alguno. El aprender algo nuevo puede convertirse en una tarea ilusionante y llena de significado para el sujeto. El gusto por realizar esas actividades representa ya una ventaja para su aprendizaje en la medida en que el sujeto busca una satisfacción personal al ejecutarla y además, el permitir que un individuo pueda ser independiente y sentirse aún funcional dentro de la sociedad, tendrá repercusiones incluso en su percepción de calidad de vida. No debemos enfocarnos en la idea erróneo de que un adulto mayor no pueda llevar a cabo ciertas tareas, por el contrario, debemos motivarle a buscar una actividad adecuada con el fin de mantener y prolongar su funcionalidad física, mental y social.

A pesar de que podemos mejorar nuestros estilos de vida y de que podemos estar en constante estimulación cognitiva, esa medida de ningún modo puede prevenir el envejecimiento de nuestro cerebro. La estimulación preserva las capacidades cognitivas que se poseen, y pueden enlentecer el proceso de su deterioro, pero nada evita el envejecimiento normal por el que todos atravesamos al llegar a cierta edad. No debemos olvidar que además de los factores ambientales, existen los genéticos que pueden predisponernos de adquirir algún tipo de padecimiento. De igual manera, ninguno de nosotros está exento de sufrir accidentes, los que nos hace a todos propensos de desarrollar enfermedades a causa de ellos. Por lo que, si llegados a cierta edad, se tiene la duda sobre alguna alteración que no esté dentro de los parámetros de un envejecimiento normal, se debe acudir con un médico especialista, que puede ser el médico familiar en primer instancia, o bien, un gerontólogo. Solo un profesional de la salud podrá realizar una valoración integral y obtener un diagnóstico adecuado.

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