En diciembre de 2001 la consigna de gran parte de la población de Argentina era ¡que se vayan todos!, refiriéndose a la clase política y funcionarios públicos de ese país, que fueron incapaces de asegurar empleo y mejorar las condiciones de vida de los argentinos durante muchos años.
El hartazgo social que colapsó a ese país se fue tejiendo poco a poco por los desatinos de sus dirigentes, medidas crudamente neoliberales y grandes denuncias de corrupción, lo que se tradujo en una falta de legitimidad y representatividad. La protesta social escaló hasta llegar a la renuncia del presidente Fernando de la Rúa, quien abandonó la Casa Rosada, dejando tras su paso una estela de saqueos, manifestaciones y huelgas. Ese país recordará por muchas generaciones que la protesta organizada, con “piquetes” y cacerolazos incluidos, puede incidir en cambios sustanciales y de disciplinamiento de a sus clases
dirigentes.
Recientemente, en México parecía que estaban las condiciones para que la sociedad pudiera encabezar una protesta de grandes alcances, llegando a su cúspide en enero de 2017 con el llamado gasolinazo. Nada sucedió y las clases dirigentes se mantuvieron cohesionadas y seguras de que su estadía en el poder había librado un difícil capítulo, pero también se dieron cuenta que debían de estar alerta frente a cualquier descontento que cuestione sus privilegios.
En esas fechas el miedo como estrategia de Estado se activó y la sociedad mexicana, aterrorizada, permitió encapsular el hartazgo y generar pasividad frente a las medidas cada vez más agresivas en contra del empleo, el salario y los precios de la canasta básica. Este es un círculo vicioso que parece no tener fin porque el mexicano tristemente fue hecho para aguantar en cualquier ecosistema, incluyendo uno altamente depredador; esperemos equivocarnos y la sociedad mexicana con su voto en las próximas elecciones discipline a sus dirigentes.
Las elecciones del año pasado en el Estado de México fue el laboratorio para ensayar las estrategias que se emplearán en la batalla de batallas en la elección presidencial de 2018, donde la familia política hegemónica debe asegurar el triunfo electoral, aún en las peores condiciones de desastre nacional, corrupción, atentados a los derechos ciudadanos, violencias y desapariciones forzadas. Es casi previsible que a nivel nacional siga insistiendo en la misma fórmula para buscar mantener el poder.

Educación, votos, piquetes y cacerolazos

El pueblo mexicano es una sociedad compleja, por un lado desborda su solidaridad en tiempos de desastres naturales, como los sismos de septiembre de 2017, pero por otro, se mantiene indiferente al poder político en turno, que moldea sus miedos y se aprovecha de su falta de cultura política para erguirse como la clase hegemónica que parece intocable, eterna y creé que la política es patrimonio de unas cuantas familias. Eso continuará así hasta que los “piqueteros” y “cacerolazos” alcancen a los políticos, tal como sucedió en Argentina y que le costó muchos años de atraso a ese país.
Sin lugar a dudas la educación científico-crítica es una de las mejores herramientas de largo plazo que tenemos los ciudadanos comunes, los hijos de campesinos, obreros, maestros y sectores populares para permear en la escala social y mejorar las condiciones de vida. En esa perspectiva, la universidad pública cumple un papel fundamental para permitir no solo a los hijos de las clases políticas tradicionales los beneficios de la riqueza nacional. Por ello, defender la autonomía no es un capricho u ocurrencia de las universidades públicas, es un asunto de justicia social, de búsqueda de contrapesos al poder en turno, que en toda sociedad que se dice democrática son necesarios.
Ejerzamos nuestro voto sin miedo, con la conciencia de que lo que se juega es el futuro de nuestros hijos y que no puede estar en manos de unos cuantos las decisiones de la vida pública nacional. ¡Abramos brecha, desalambremos y quitemos el cerco del poder
establecido!

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