Arte y cultura no son sinónimos. El concepto de cultura es más amplio, ya que incluye en sí mismo el arte y otras costumbres, bienes, prácticas y hábitos que compartimos, tales como el lenguaje y la gastronomía, entre otros tantos.

La reciente desaparición del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en favor de la creación de la Secretaría de Cultura indica un sentido claro que, al menos en Hidalgo, podemos ver hoy en día: no existe ya una jerarquización en donde el arte está por encima de otras manifestaciones culturales.

Los estudios culturales y la sociología del arte a finales del siglo XX ya señalaban este hábito occidental de diferenciar y dar más importancia a la llamada alta cultura o fine arts que a la cultura popular, la primera vinculada al buen gusto y la segunda al mal gusto. Y es que hasta en temas de cultura somos racistas, los aficionados a la música sinfónica critican a los músicos pop y estos a su vez, critican a los reguetoneros.

Dar igual importancia, apoyo y visibilidad a todas las manifestaciones de la cultura es un buen objetivo, pero al mismo tiempo es una misión titánica. En esta enorme variedad, la Secretaría de Cultura local se desvive por organizar ferias gastronómicas y de cerveza artesanal, festivales de cine, conciertos de gala como homenaje a José José, montajes de réplicas de la Capilla Sixtina, festivales de folclor y torneos de videojuegos, entre otros.

En mi opinión, existe un riesgo en esta amplia diversificación que parece un monstruo de 100 cabezas, no se debe dar prioridad a la cantidad sobre la calidad. Todas las expresiones culturales son importantes, pero ni más ni menos importantes que las artes, debe haber equidad.

Más allá de las delicias gastronómicas de Hidalgo, los productores y aficionados a las artes la pasamos mal. Para poder ver arte actual debemos seguir viajando a la Ciudad de México, ya que los pocos espacios que administra la Secretaría de Cultura o están cerrados (como la galería del foro Efrén Rebolledo) o se empeñan en mostrar réplicas o imitaciones de arte europeo de otra época, si acaso llegan a presentar arte modernista de calidad relacionado con el realismo mágico de Remedios Varo y Leonora Carrington. No se debe confundir el arte con el espectáculo ni se debe medir el éxito con el número del público asistente.

La Secretaría de Cultura es nostálgica y conservadora, no apuesta por la innovación. Prefiere los refritos, la zona de confort. ¿Quién puede negar la belleza de la Capilla Sixtina y de las pinturas de Botticelli? ¿Por qué arriesgar a probar la aceptación del público hidalguense frente obras de artistas mexicanos de renombre internacional como Rafael Lozano-Hemmer, Abraham Cruzvillegas, Gustavo Artigas o Gabriel de la Mora? Hoy el Cuartel del Arte en Pachuca tiene colgadas reproducciones fotográficas de pintores renacentistas, ofrece lo ya conocido, pero a través de réplicas. Un espectáculo casi teatral substituye a los originales bajo el trillado argumento del aura de la obra de arte, elaborado por Walter Benjamin hace casi 100 años.

Existe una brecha entre el público que disfruta del arte moderno y contemporáneo y el número de artistas que se forman regularmente en Hidalgo. ¿Cómo hacer propuestas artísticas innovadoras para una sociedad que desconoce los nuevos lenguajes del arte y que tiene los ojos puestos en el arte del pasado?

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