Un acertijo pedagógico del budismo zen plantea “si un árbol cae en un bosque y nadie está cerca para oírlo, ¿hace ruido?”; el relativamente peinado Albert Einstein preguntó con icónica lengua a un compañero si creía que la Luna no existe si nadie la está mirando; y en versión nacional, el enigma sazonado “si un taquero despacha tres de suadero y dos de enchilada, pero no hay clientes, ¿les echa salsa?”
La resolución a estos arcanos y sofisma esmeralda o carmesí (de acuerdo a gustos) es recíproca: sí.
Y es afirmativa porque lo acaba de imaginar, y al imaginar el ruido del árbol, la Luna o el aderezo mestizo coronando trozos bien cocidos, humeantes y condimentados de res acompañados de cebollitas y limón, existen, intangibles pero existen (sic) en su mente.
Este ejemplo, de aparente sencillez, es comprobatorio del poder de la imaginación y/o de la mente, la mejor que le acomode, y complementario al axioma “si es posible imaginarlo, es posible crearlo”, aunque lo trasciende al punto de “si es imaginable, ya está creado”. O desglosado: tras la lectura del párrafo inicial acaba de crear su bosque, su Luna y su cena, y no es de nadie más que suyo.
Al tema que nos concierne, este poder o capacidad de imaginar es prolongable a los periodos establecidos (que no intrínsecos) en el desarrollo de la existencia humana, o lo que es lo mismo, pensar como niños nos transforma y mantiene en la infancia, imaginar como jóvenes nos conserva en la juventud, tener pensamientos adultos nos convierte en personas maduras y reflexionar como senilidad nos trasmuta en ancianos, con efecto inmediato pero reversible, de ahí su belleza y peligrosidad.
Sin importar lo que informe la credencial para votar, no hay una correlación directa entre la edad y los estadios mencionados, es por completo mental, imaginativo, de actitud. Aquí está el bello secreto de la juventud, de la niñez, de la adultez, etcétera: el pensar con convicción que nos mantenemos en el periodo de nuestra elección y únicamente basta con mencionarlo (o pensarlo).
También aquí está lo peligroso. Si nos decimos o mencionamos a segundos o terceros que “ya no estoy para eso”, “ya pasaron mis mejores años”, “ya no soy el mismo que antes”, etcétera, tiene toda la razón, sin importar que lo exprese a la edad jurídica de 17, 24, 31, 45, 66, demás, en ese momento se convierte, a la velocidad del pensamiento, en un anciano.
Por el contrario, tenga los años que tenga, si conserva una mentalidad juvenil, infantil o madura (de nuevo, de acuerdo a gustos), como por arte de pensamiento es joven, infante o maduro (es posible transitar entre estos estadios), sin que ninguna persona o Instituto Nacional Electoral de cualquier país pueda hacer nada al respecto.
Es posible ostentar esta capacidad el tiempo que opte: un instante, unos años, una vida o una eternidad; este último lapso no es más que la prolongación temporal del ahora hasta donde alcance su deseo, puesto que si cuenta con la capacidad de crear árboles, lunas y juventudes, también tiene el poder de que perduren desde el ahora hasta lo imperecedero, lo ilimitado, lo inagotable, lo infinito…
Y este es el secreto de la eterna juventud: imaginarla, porque al imaginarla la crea.
Solo piénselo.

Maratón Anual
de Lectura 2017, semana nueve

  • Leonardo Muñoz
    En pausa
    Total: seis
  • Karla Esmeralda Lomelí Chávez
  • (reanuda, ¡yei!): Teacher / Sylvia Ashton Warner. Hablemos de cómo hablamos / María del Pilar Montes de Oca. The narrow shore / Louis Battye. Con la palabra en la boca. “Y una compilación de poemas”
    Total: cinco
  • Leslie Edith Varela Saavedra
    Los muertos andan en bici / Christel Guczka. Las crónicas de Wildwood / Colin Meloy (leyendo). Hombres son mujeres / Haruki Murakami (leyendo) Total: 10
    Iridián Luqueño
  • Ciudad de huesos / Cassandra Clare Total: cuatro
    Víctor “Eternamente Joven” Valencia Orgullo y prejuicio / Jane Austen
    Total: cinco

[email protected]

 

No votes yet.
Please wait...

Comentarios