*AMLO, enfilado al triunfo electoral
*Anaya tropieza; a Meade no le alcanza

Estéril resultaría analizar o plantear quién ganó el segundo debate presidencial: cada quién habla de acuerdo a sus razones y corazones, y ya emitieron su veredicto inapelable: triunfó su favorito. Empero, bajo la frialdad de las horas transcurridas y los ánimos más serenos, bien podríamos atisbar un escenario que a todos nos importa y que sería un indicativo –al menos en las encuestadoras confiables–, de cómo vendría la votación el primero de julio: las tendencias en las encuestas, a tan solo 38 días de la elección.
¿Y qué nos dice hoy ese escenario? Pues casi nada: que tras el debate del domingo pasado –el más importante de los tres, y líneas adelante diremos el motivo–, así como el desenvolvimiento de los candidatos, las encuestas que aparecerán en estos días seguramente no revelarán nuevas tendencias ni mucho menos ningún vuelco dramático. Será parámetro la próxima encuesta del diario Reforma que, por sus propios números en los últimos seis años, ha resultado ser la más confiable en comicios.
Es decir, las posiciones se mantendrían:
López Obrador, a la cabeza y con unos 20 puntos de ventaja promedio sobre Ricardo Anaya, y 30 sobre Pepe Meade.
Anaya, en segundo lugar, flotando entre 20 y 24 puntos de intención del voto.
Meade, en tercero, tal vez ganando algunos puntos (entre dos y cuatro, no más) y acercándose a Anaya.
¿Y el Bronco? De machetero. Nada más.
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¿Por qué decimos que no habrá sorpresas mayores en las encuestas futuras? Por lo registrado durante el segundo debate.
Echemos un vistazo al accionar de los candidatos:
AMLO. Llegó mejor preparado, sin duda, en comparación al primer debate. Ahora sí respondió, dando algunos ganchos al hígado. No se vio agobiado en esta ocasión. Su respuesta mordaz a Anaya –allí quedará la anécdota del “déjame cuidar mi cartera” que pinta a Anaya como un ladrón, según el tabasqueño–, tomó con la guardia baja al frentista, que tal vez esperaba a un López Obrador no tan engallado. Decir que AMLO ganó el debate sería desmesurado, pero asegurar que lo perdió resultaría errado. Fue un candidato puntero defendiendo su ventaja, dando picotazos, respondiendo al verse atacado, como lo haría cualquier político. No puso la otra mejilla y arremetió con el puño cerrado. Si ganó puntos, acaso serían no más de dos o tres, suficientes para consolidarse y seguramente alcanzando ya “picos” de 50 puntos en intención del voto. No se desplomó, como esperaban en Los Pinos o en camino a Santa Teresa. Solamente esperamos que de ganar, su gabinete sí entienda mucho mejor los problemas fronterizos, de migrantes y de globalización, porque no todo es ser honrado. El conflicto es mucho más complejo.
Anaya. De bravucón a bulleado, el #Canallita y la etiqueta de Ricky Riquín Canallín que le colgó AMLO, rápidamente lo ubicó en redes sociales como el tramposo de la película. Desde horas antes, la revista Proceso había exhibido a Anaya y a su esposa bajo una acusación grave: lavado de dinero por 28 millones de pesos mediante cuentas bancarias de Carolina Martínez Franco, quien le tiene pánico a aparecer en público y que, para desgracia familiar, hoy se ve ya involucrada en un presunto delito financiero. Sumado a ello, la misma noche del domingo, Anaya fue desmentido y evidenciado por Reforma y por SinEmbargoMX: mientras el primero demostró que el queretano mintió cuando dio cifras sobre la inversión extranjera en la Ciudad de México durante el gobierno de AMLO, el segundo probó que al mostrar una portada de Proceso durante el debate en Tijuana, Anaya mutiló un cintillo que no le favorecía. Si bien no fue una catástrofe para Anaya, su desempeño sí lo atascó en una intención del voto que difícilmente se moverá hacia arriba.
Meade. Era más que lógico que el candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI) se desenvolviera con mayor aplomo en temas fronterizos, ya que algo, aunque sea básico, habrá aprendido como canciller tras su descabellado nombramiento. Sin embargo, no fue el triunfador del debate. ¿Por qué? Por la contundente razón de que el gobierno errático de Peña Nieto lo hunde día tras día, le pesa como yunque y eso parece no querer entenderlo Meade. León Krauze lo acorraló y postró con un tema penoso: la invitación a México del gobierno peñista, vía Luis Videgaray (a quien Meade le debe la candidatura presidencial) a Donald Trump como candidato. Esa es una batalla perdida, pero Meade se aferra a defender lo indefendible. “No se equivocó el gobierno al invitar a Trump”, esgrimió Meade, dándose un balazo en el pie. Desde el inicio del debate quedó muy mal parado, y luego, cuando quiso reaccionar, se le agotó el tiempo. Lo poquito que podría ganar no le alcanzará, por supuesto, para acercarse siquiera a AMLO. Acaso podrá arañar a Anaya. La cuestión es muy sencilla: al candidato de Peña, Videgaray, Salinas y el grupo en el poder, ya no le alcanza el tiempo para ganar la elección. A lo máximo, aspiraría a un segundo lugar. No dio para más.

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“Después del debate de anoche (domingo), creo que se ha agotado la conversación de las campañas. No veo qué nuevo tema o qué nueva acusación podría cambiar la reflexión pública. En un sentido, quizá las campañas terminaron anoche”, escribió en su cuenta de Twitter el expresidente del IFE, Luis Carlos Ugalde.
En esa apreciación, Ugalde tiene razón: difícilmente algo cambiará la tendencia para que AMLO, con una diferencia abismal sobre Anaya y Meade, no pueda ganar la presidencial el primero de julio.
Y habría que agregar: el segundo debate es el más importante de los tres porque tras un tropiezo en el primero –como ocurrió con AMLO–, hay tiempo y posibilidades de reponerse, como el tabasqueño lo demostró el domingo pasado. Empero, para los aires del tercer debate (12 de junio), la intención del voto ya está más que decidida a solamente 18 días de la elección, y difícilmente podría haber cambios significativos. Para esas alturas, ya está muy definido el voto mayoritario.
Así que, quien aprovechó, felicidades.
Y quien no aprovechó, pues ahí será para la otra.

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