Desde Seis problemas para don Isidro Parodi (1942), una de las más emblemáticas y mitológicas criaturas de la literatura ha sido, no el señor Parodi, sino H. Bustos Domecq, rostro literario de la prosa a cuatro manos de Borges y Bioy Casares.

Ubicada como una hazaña memorable del siglo XX, en la que Borges hizo un homenaje abierto a la narrativa de Chesterton, mientras Bioy Casares dio rienda suelta a sus fantasías de la alienación y la identidad en contra de todo; la primera entrega de la tetralogía de Bustos Domecq es un título ambicioso e inolvidable.

Parodi es visitado por oficiales de la policía quienes le presentan evidencias de casos cuya resolución parece imposible, hasta que en manos del convicto, con muy poca información ni participación en la pesquisa, desentraña los recovecos de todos los casos.

La semejanza entre Hannibal Lecter e Isidro Parodi no es casual, pero nunca se ha hecho explícito ni Harris ha admitido que las entrevistas de Clarice Sterling y William Graham sean en realidad un reflejo de Bustos Domecq, pero sirve para reflejar cómo se construyen dos metáforas poderosas y elocuentes.

A través de Isidro Parodi se postula una hipótesis con la que se pone a prueba una pregunta de peso: pese al claustro, la reclusión, ¿se puede atrapar la libertad de una persona? Y la respuesta de Borges/Bioy Casares es una sola: no. Cuando se trata de un ser humano que no fue definido por el encierro, su mente se encuentra tan libre adentro como afuera, salvo por la vigilancia del aparato de la prisión; mientras el cerco de los muros de prisión ha servido para detener a un hombre considerado peligroso, la sociedad se encuentra a sí misma incapaz de crear respuestas en plena “libertad”, que recurre a una criatura tan dueña de su mente como ingenio, donde radica toda su autonomía.

Asimismo, cuando se habla de Hannibal Lecter, la metáfora es otra; un hombre con esas características solo puede ambicionar el poder. Solo puede tratarse de alguien quien al estar afuera del perímetro determinado por los márgenes establecidos, precisamente por eso, está rompiendo las normas y merece la reclusión.

En el seudónimo Bustos Domecq se encuentra el temor hacia el totalitarismo durante las principales tendencias de choque, formadas durante la segunda Guerra Mundial y los primeros años de posguerra, hacia donde iría la guerra cruda gracias al asilo político de los nazis radicados en Argentina.

En parte se trata de la metáfora de Funes, el memorioso, cuya capacidad para recordar está más allá de sí mismo, de tal suerte que postrado en la cama donde pasa el resto de sus días, la virtud deja de serlo, acorralado por los recuerdos. En dirección opuesta, Isidro Parodi puede seguir explorando el mundo exterior, gracias a que algunas de las características más importantes, ha aprendido a establecerlas con muy pocos elementos de la realidad.

Entre otras cosas, Isidro Parodi es el baluarte de una realidad tan poderosa que es el primero en postular que sin importar la densidad de las paredes, será siempre en sentido contrario de la libertad que de verdad tenga consigo el sujeto.

Pero ese sería uno de tres estados límite: reclusión, fuga y libertad. El concepto, en el sentido estricto de la música, cuando nos referimos a la fuga en general de lo que habla, cuando es el carácter de una composición, es la capacidad creadora de su autor para generar contrapunto. Es decir que mientras una voz, generalmente sola por la enunciación de un contenido, se opone a otras que a su vez generan el efecto de choque, no obstante orgánico y armónico.

En voz de los expertos, más que una forma musical, hay quienes la describen como una especie de efecto atmosférico, instrumentado para crear una textura musical; pero su nombre se atribuiría porque la sensación de que algo se desliza y no es posible asirlo, es el efecto secundario de una manifestación que ocurre cuando se reúnen multitud de efectos, como en el clásico de Bach.

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