K tenía un sentido del humor muy particular, diferente a lo que muchos considerarían como realmente gracioso. Por ejemplo, no explicaba chistes sino pequeñas historias que le habían ocurrido o de las que había oído hablar o leído. No era, pues, un humorista sino más bien un contador de sucesos a los que atribuía un carácter fantástico.
Por otra parte, no todos los días se sentía lo suficientemente alegre y con ingenio para contarle a M alguna anécdota que considerara lo suficientemente divertida como para lograr una sonrisa de ella.
Apreciaba aquellas sonrisas que conseguía de su mujer como un regalo valioso digno de guardar en su memoria y que, por tanto, dada su naturaleza olvidadiza, podía considerarse como un bien escaso y extremadamente caro.
Aquella mañana se sintió inspirado y además hacía poco había vuelto de un viaje lleno de las anécdotas mágicas que le gustaba contar por la mañana con un buen café con leche y dos panes tostados: uno untado con mermelada y el otro con miel.
Encontró a M en la mesa junto al desayuno que había preparado con esmero, como siempre hacía. Apreciaba aquellos detalles de su esposa y para él, que era hombre de costumbres cotidianas muy arraigadas, eran el verdadero sabor de la vida.
“Querida”, le preguntó, “¿estás de humor para una de mis historias? Ella sabía a lo que se arriesgaba si decía que sí: el tiempo y la paciencia que gastaría; además de la cara interesada, emocionada y alegre que tendría que poner para no herir el amor propio de su marido.
Ese día estaba preparada y con tiempo. Le dijo que sí sin pensarlo mucho, entre dos tragos de jugo de naranja recién exprimida. Apagó la radio y se hizo un silencio espeso, el que dejaban atrás las luciérnagas de la noche. “¡Espero que valga la pena dejar de oír mi programa favorito!”, le dijo.
Empezó a contar una historia relacionada con el vuelo que lo había devuelto a casa sano y salvo, pero con muchas dudas con respecto a la capacidad de raciocinio de los seres humanos, que por lo que había experimentado creía se había perdido.
Empezó: “Estaba en el hotel, ya era tarde, mi batería del teléfono casi agotada, sin posibilidad de recargarla. Llamé a recepción para que me despertaran temprano. No lo hicieron. Mi instinto me sirvió de alarma. Llegué al aeropuerto con el tiempo justo. Pese a mi sueño de maletas pesadas y discusiones eternas, la maleta pasó sin problema. El viaje iniciaba bien.
“La cosa empezó a torcerse en el control de equipajes. Puse mi tablet en la banda y cuando me estaba sacando el voluminoso abrigo… Zas, que se cae al suelo. Preocupado, miro y la veo allí. La pobrecita está panza arriba. Pienso: ¡A qué mente obtusa y sin nada de sesera se le ocurre dejar un hueco en medio de la cinta! Mientras recojo la tablet se cae el abrigo y demás pertenencias. De rodillas, en el suelo, veo avanzar a la gente. Distingo sus zapatos y los olores de sus “pedibus”. ¡Qué pena, penita, pena!
“Al pasar por la puerta de control, ésta me riñe con un pitido que me hace sospechoso de inmediato. Me toco y no me encuentro. Una mujer policía me dice que me sitúe en una plataforma en la que están incrustadas las sombras de los pies del primer pasajero que pasó con un reloj. Pienso que ahí mismo me van a fagocitar por llevar cualquier moneda, reloj o teléfono. Llega un policía varón y me rastrea el cuerpo con guantes de plástico recién lavados que relucen a la luz del fluorescente.
“Paso por fin a la sala, el paraíso. Me meto en el avión. Creo que se acabaron los contratiempos, pues no. A la hora de la comida me dan de comer.”
“¡Vaya insignificancia!”, dijo M.
“De eso se trata…, de las insignificancias de la vida. Estaba en la comida… Ahí pasó otra cosa curiosa. Al abrir el plástico que contenía los plásticos de cubiertos y azúcar, éste estaba abierto. Consecuencia: se me desparrama todo su contenido en el pantalón y en la camisa de franela que estaba estrenando. A los pocos minutos aterrizamos, yo sacudiéndome, dulce como nunca.
“Paso por la aduna raudo y veloz, por la recogida de equipajes como un rayo. Salgo, estás ahí. Me preguntas: ¿por qué tardaste tanto? Aún sigo respirando agitadamente de la carrera que di para llegar cuanto antes a tus brazos.”
M recogió los platos y cubiertos sin decir ni una palabra. Sonreía.

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