Estar en la principal plaza pública de Hidalgo, y esta, repleta de personas cobijando a su presidente electo, no puede pasar desapercibido para la mente y el corazón.

Hace poco más de un cuarto de siglo, como alcalde, me tocó involucrarme en la difusión de lo que hoy vemos como la gran desgracia nacional. El exterminio de la propiedad social de la Tierra y ser testigo de cómo destrozaban la Constitución Política de los mexicanos para tener manga ancha sobre los recursos nacionales y construir negocios inmorales con las minas, con los bancos, con las playas y zonas turísticas, con los recursos públicos, con los votos de los ciudadanos, con la salud y la educación, con la mano de obra… En fin, hace 30 años, vi nacer y quizás, consciente o inconscientemente, apoyar al esquema neoliberal de prácticamente acabo con México.

Pero… la vida da segundas oportunidades, pues una generación más tarde, con mucha conciencia, y desde una muy modesta trinchera, apoyamos lo que sé es la otra cara de la moneda. Un proyecto de nación diametralmente opuesto a aquél que el primero de julio los mexicanos viejos y jóvenes rechazaron pacíficamente.

Sustituir a una camada de tecnócratas capacitados en el extranjero solo para llevarle la contra a la sociedad por otro grupo de políticos sociales, que sin tantos diplomas, solo presentan como recomendación su paso por responsabilidades institucionales en las que abrevaron la realidad de México, es alentador. Nunca será lo mismo el tener de guía a alguien fraguado en la lucha social y política a padecer a tecnócratas de copetillo y charol, cuyo corazón solo está lleno de voracidad financiera. Nunca será lo mismo, el que nos guíe un hombre, para algunos viejo, y para otros, experimentado, que tiene pleno dominio sobre sus pasiones terrenales.

Al ver tanta esperanza en una plaza pública llena, y todos escuchando los compromisos de un hombre que lo vemos igual que nosotros, solo imagine al niño soltando la mano hipócrita de un padrastro golpeador y corriendo a asirse al brazo y corazón del papá bueno y humano… Bueno, hasta agradecí a Dios ser ingeniero en desarrollo rural, pues por eso entiendo que hay mucho camino por delante para llevar justicia a los que se han aferrado a no dejar a sus tierras, comunidades, ni a sus difuntos y se amachan en su lucha por extraer de la tierra lo que se comen los de las ciudades. O sea, aquellos que si abandonamos difuntos y todo por la falsa idea del progreso.

Esos son los sentimientos encontrados en el corazón de alguien que desea con toda el alma que ¡ya le empiece a ir bien a México!

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