Un cliché del presidente es que separará el poder político del económico; ya no influirán los supermillonarios en las decisiones gubernamentales, predica. Será este un gobierno de los pobres y para los pobres. Incluso en sus mañaneras decretó el fin del neoliberalismo; amanece una nueva época. Pero esto es retórica pura, para consumo de ingenuos y desinformados. Es ley de la historia, ley científica que opera con férrea necesidad, que la clase dueña del poder económico, tarde o temprano tendrá también el político. El gobierno de la 4T, cual gran demiurgo niega la acción de esa ley (igual podría derogar la ley de la gravedad). Históricamente con las clases sociales apareció el Estado, para proteger a los poseedores de la riqueza. Y en el devenir, cuando una clase y su economía han decaído, pierden su influencia política, y aquella cuyo modo de producción florece, termina encumbrándose políticamente.

Durante el feudalismo, los terratenientes monopolizaban el principal medio de producción, la tierra, cimiento del poderío de reyes y emperadores. Pero, agotado al fin, aquel sistema cedió paso al capitalismo; la burguesía tomó el poder económico, y a la postre, el control del Estado. La decadente aristocracia se vio en la bochornosa necesidad de contemporizar con la advenediza burguesía. Carlos V, coronado emperador en 1519, para ganar el voto de los grandes electores debió pedir prestado a los banqueros Fugger (Jacob Fugger fue el comerciante más rico de Europa). En la Italia renacentista los dueños del comercio y los bancos gobernaban: en Florencia, de los banqueros de la familia Médici surgieron cuatro papas, dos reinas y otros dignatarios.

En México igual, los terratenientes controlaban la política, desde la colonia, y después de la independencia: Iturbide y Santa Anna son ejemplos. Durante el porfiriato agrandaron sus latifundios, y su poder. Pero aquello decayó y una nueva clase rica, la del dinero, fue ascendiendo, primero débilmente desde el siglo XIX; con el tiempo su riqueza creció y terminó tomando el poder. La familia de Francisco I Madero poseía capital bancario, en el carbón y la vitivinicultura. Durante las décadas posteriores a la revolución, el gran capital, sobre todo transnacional, no logró inmediata hegemonía. Pero desde 1982 asumió el control directo del gobierno, e impuso la privatización, la desregulación, un régimen salarial de hambre y la subordinación total a Estados Unidos. En una palabra, el neoliberalismo.

Utilizando al Estado como palanca de poder, los corporativos catalizan la acumulación reduciendo impuestos (López Obrador ha acatado ese mandato); orientan el gasto público a su favor, se asignan subvenciones. Diseñan instituciones ventajosas; controlan mediante leyes ad hoc la fuerza de trabajo; disponen de jueces y fuerzas armadas. Pero hoy, habida cuenta del requiescat in pace que le han rezado al neoliberalismo, vale la pregunta: sus personeros, ¿se resignaron a perder esos privilegios? No. Ese deceso es solo imaginario. El dominio empresarial sigue, y pujante: el modelo que vos matáis goza de cabal salud.

Igual ocurre en todo el mundo neoliberal, con gobiernos de prósperos empresarios como los Bush, sostenidos por las petroleras tejanas; Donald Trump, que desde su trono de oro nos prohíbe en el T-MEC firmar tratado de libre comercio con China. Tras los Clinton está el poderoso Lobby judío de Wall Street. En Argentina, recién gobernó el heredero del Grupo Macri, uno de los tres más grandes consorcios. Emannuel macron, era ejecutivo y asociado de Banca Rotschild. En México, ciertamente, el presidente no es un connotado empresario, pero ellos sí deciden en su gobierno.

Alfonso Romo, coordinador de la oficina de la presidencia, ha poseído empresas como: Seguros Comercial América y Seminis, vendida a Monsanto en mil 400 millones de dólares; cigarrera La Moderna, vendida en mil 700 millones de dólares a la British American Tobacco. Dirige Vector, la mayor casa de bolsa, con presencia en tres continentes; preside Plenus y Savia, empresa de biotecnología, y es sabida su ascendencia sobre el secretario de Agricultura, Víctor Villalobos. El de Turismo, Miguel Torruco, es prominente empresario hotelero y turístico; Esteban Moctezuma Barragán era ejecutivo de Ricardo Salinas Pliego, dueño de la fortuna más próspera en la 4T. Luis Miguel Barbosa no es pobre: adquirió la casa que fuera de Miguel de la Madrid, en Coyoacán, y cuyo valor real, según varias versiones es de 120 millones de pesos. Y hay muchos más.

Contrariamente a lo que el presidente dice, a lo que creen sus acólitos e incluso algunos de sus críticos, él no es socialista. Los pobres son solo retórica y cantera de votos. Ciertamente, persigue a empresas y rompe contratos importantes como el aeropuerto de Texcoco, la cervecera de Mexicali y las generadoras de energías limpias; atropella derechos de propiedad, mina la necesaria confianza y crea un ambiente adverso a la inversión y el crecimiento. Sin embargo, en contraste, cultiva el “crony-capitalism” (capitalismo de compadres), vulnerando la competencia y las leyes para proteger a una élite. “Este tipo de economía se basa en amistades, en relaciones entre personas que ostentan y quieren permanecer en el poder, o con la hegemonía en el mercado. En este tipo de capitalismo, el talento emprendedor queda de lado para dar paso a la corrupción como moneda de cambio […] Según “The Crony-Capitalism Index”, México ocupa el sexto lugar como país con la economía más clientelista del mundo, por arriba de cualquier otro país latinoamericano y africano” (Forbes, 9 de junio de 2020). En 2014, ocupaba el séptimo sitio (The Economist). Sigue reinando la opacidad: el gobierno otorga el 72 por ciento de los contratos por adjudicación directa, como ocurrió con el Tren Maya. En este terreno fértil florece lo que en economía se conoce como “rent-seeking” (búsqueda de rentas), situación en que personas o empresas buscan solo apropiarse de ingreso manipulando el entorno político y económico a través de influencias, pero sin realizar verdadera actividad productiva que genere riqueza.

En resumen, la tesis clásica expuesta al inicio sigue siendo válida: los multimillonarios tienen el poder político, y hoy desmesuradamente. Acotarlo precisa que el pueblo acceda al poder del Estado, lo que le exige adquirir, también, fuerza económica. En esa tesitura, formar empresas al servicio del pueblo es darle capacidad de influir en la vida nacional. Mejorar su situación económica es crear condiciones para ello. El empobrecimiento extremo quebranta no solo el cuerpo sino la voluntad, y un pueblo condenado a vivir de “apoyos” gubernamentales, se debilita y pierde dignidad y capacidad de reclamo.

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