Mucha de la belleza y diversidad de la vida contemporánea en la tierra se debe, sin duda alguna, al sexo. Pero no solamente en el sentido en que usted piensa querido lector, sino también en el sentido más primario y científico del término.
Remontémonos a los organismos primitivos. Un organismo totalmente asexuado –que se reproduce por mitosis– será genéticamente idéntico a su –único– progenitor, excepto por algunas mutaciones ocasionales.
Por ello, el desarrollo de cualquier nueva adaptación requiere, en su caso, de una larga serie de generaciones que den con las mutaciones apropiadas para adecuarse al medio. Por ejemplo, un organismo asexuado determinado requiere de la interacción de gran cantidad de enzimas para poder metabolizar cierta molécula y éstas tienen que producirse a través de la transcripción de su información genética en cientos de nucleótidos1, los cuales deben ser producto de una mutación. Esto hace que la probabilidad que tiene dicho organismo asexuado de generar las mutaciones correctas, que le permitan adaptarse de forma ventajosa y en poco tiempo, sea bajísima y, en cierto modo, fortuita.
El sexo resuelve ese problema de la manera más elegante. El material genético de los progenitores se combina de tal forma que hace surgir genes nuevos y únicos. De esa manera las mutaciones que adquiere un miembro determinado de la población logran combinarse con otras de forma sencilla y pueden ser distribuidas al resto de manera más o menos rápida. Así, la probabilidad de producir una secuencia útil de mutaciones se incrementa.
Las ventajas de la reproducción sexual son tantas y tan importantes que hasta las formas más simples, como las bacterias y los protozoarios, que en general se reproducen de forma asexual, tienen sus “encontronazos” sexuales de vez en cuando.
Aunque dos sexos parecen ser suficientes para generar el material genético necesario, algunos organismos han desarrollado más de dos. Tal es el caso de los paramecios2, que han desarrollado entre cinco y 10 sexos que se combinan a través de códigos, tabúes y prohibiciones muy específicas, para lograr las mutaciones correctas.
Ese proceso de redistribución genética es tan importante en la naturaleza, que muchos organismos cuentan con numerosos intentos para lograr combinaciones exitosas. Las ranas, por mencionar una especie, ponen millones de huevos en cada celo y solo algunos se reproducen. Y no nos vayamos más allá, en el caso de la especie humana, los hombres producen aproximadamente tres por 103 espermatozoides en cada eyaculación y solo uno logra dar en el blanco.
Como podemos ver, tal parece que, para la naturaleza en la variedad está el gusto, y no hay nada mejor que el sexo para lograrlo, ¿piensa usted lo mismo querido lector?

1. Cada una de las unidades básicas que constituyen la cadena del ADN.
2. Protozoarios complejos, de los más evolucionados, comunes en las aguas estancadas.

Erotismo posmoderno

En esta sexta entrega de la colección de ¿Por qué nos gusta tanto el sexo? nos centramos en la época de la revolución sexual, periodo que propició muchas de las libertades que ahora vivimos en nuestra vida sexual e, incluso, en nuestros derechos. El que hoy se acepten los matrimonios homosexuales en más países, que la liberación femenina haya avanzado tanto, que la unión libre sea una práctica común y que casi nadie cuestione a las parejas interraciales tiene que ver con las luchas que se dieron en esa etapa. Ese libro busca ser un testimonio de esos cambios que recordamos con nostalgia, pero también con agradecimiento. A través de las páginas de este Erotismo posmoderno podrá ser testigo de cada uno de los momentos clave que influyeron para que nuestra sexualidad pudiera vivirse de manera más plena y sin tantos prejuicios.

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