Después del primero de julio pasado, determinado un triunfo que bien llevó el adjetivo de aplastante de Morena, encabezado por Andrés Manuel López Obrador, se entró en un periodo de admitir errores de otros partidos participantes en los comicios, sobre todo en el PRI con José Antonio Meade, y el abanderado del PAN, Ricardo Anaya.

En esos dos se procedió incluso a relevar cuadros directivos y aludir a una recomposición para recobrar espacios, y entre eso, vital, la confianza ciudadana.

AMLO adelantó tiempos al nominar a quienes serían los principales de su administración, así como entrar en anticipados cambios en dos reformas, ciertamente polémicas: educativa y energética.

Además, se discutió la ubicación del Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México, dejando la respuesta final en una consulta popular, sin soslayar la importancia, por lo técnico, de agrupaciones de expertos.

Y así, Texcoco y Santa Lucía se instalaron en una singular recta final, pese a que el primero parece ser el adecuado.

El tabasqueño, en una velocidad de señalamientos, entró al proceso de recepción, sin ceder, con la misma importancia, en ahorros millonarios, tanto en salarios, no únicamente de funcionarios, sino en otros niveles, como los poderes Legislativo y Judicial, en el entendido de que nadie podría ganar más que el presidente de la República, sujeto igualmente a limitaciones como no incorporar al Estado Mayor Presidencial en tareas que eran habituales para salvaguardar su integridad física, e incluso, utilizar aviones de líneas comerciales, desprendiéndose de la aeronave que todavía hoy utiliza el presidente Enrique Peña Nieto.

No se dejaron en el tapete iniciativas como reubicar en la geografía de la República a secretarías y, en paralelo, nominar coordinadores estatales, enlaces entre poderes federales, estatales y municipales.

Hoy, López Obrador ha asumido una conducta de reconciliación, tras días intensos de campaña en que él y sus oponentes se desenvolvieron, sobre todo en debates, en abiertas confrontaciones, en el marco de sarcasmos.

Aboga por el diálogo en el sentido de unir y dejar en el pasado las riñas verbales.
Parece no olvidar que otros de sus compromisos insoslayables están radicales enfrentamientos a dos males que agobian al país: corrupción e inseguridad.

En Hidalgo, con esas perspectivas, todavía a finales de agosto y el arranque del patrio septiembre se advertía con tranquilidad el nuevo amanecer político.

En el Congreso estatal, hasta entonces con sentida presencia priista, se acometieron cambios en instituciones locales como la procuraduría y Derechos Humanos, para aludir a los más publicitados.

Y también, en la potestad de su atribución, se modificó la Ley Orgánica para que, en adelante, la junta de gobierno, de superior influencia, cambiara de titular cada año y no, como hasta entonces, se le adjudicara al partido de mayoría, en ese caso, el PRI.

Se asentó, ante la luz de una insoslayable realidad, que la 64 Legislatura tendría 17 diputados morenistas, y que los restantes, hasta un total de 30, de otros partidos.

Y se fijó que estados, con sus coordinadores parlamentarios, fijarían esa distribución de la responsabilidad en los próximos tres años.

Y así, en reunión un tanto acelerada, para el actual periodo, los aludidos coordinadores, en votación, determinaron que le tocaría al PRI el inmediato periodo anual, al PAN y, finalmente, en el último, a Morena.

Humberto Veras Godoy, quien encabeza la mesa directiva camaral, no suscribió el documento.

De esa forma, María Luisa Pérez Perusquía, quien encabezó la junta en la anterior Legislatura, repetiría en este primer año.

Eso terminó la aparente calma y llevó a que los legisladores rompieran, algunos, buenos modales, y en tribuna defendieran pros y contras.

Se advirtió una solidaridad de conceptos, sobre todo entre PRI y PAN, y pese a los llamados de Veras Godoy, para llegar a un acuerdo, no hubo eco.

La primera sesión constitutiva del nuevo Congreso no terminó. Veras Godoy, pese a instancias a privilegiar la calma, no encontró eco.

Determinó entonces un receso para dos días después.

Y la sesión fue fallida, porque no cedieron las pretensiones partidistas. Y, fulminante, otro receso.

Y, de acuerdo con expresión popular, la tercera es la vencida; se infería que para el martes 11, ánimos atemperados, habría cordura y respuestas de entendimiento.

Fue la peor, incluso con presencia policiaca en la sede de la Cámara y resolutivo: receso y a esperar.

La esperanza era para la cuarta suponiendo que con más serenidad se pactaran acuerdos para disipar la borrasca y permitir que se restablecieran labores de los legisladores, porque tiempos cercanos, hay muchos pendientes en su agenda.

Pero no ocurrió así.

Reunión más rápida, y suma a Morena de diputados de Nueva Alianza, PRD y PT, lo que permitió que Humberto Veras anunciara que la junta de gobierno, con incuestionable mayoría la presidiría él.

Al tiempo, anunció que el jueves, un día después, se iniciarían las tareas legislativas.

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