“Puja más fuerte, chamaca”, insistía la partera a Florinda el 24 de diciembre de 1970 mientras traía a la vida terrenal a su cuarta hija en una casa de El Cardonal, Xalostoc, Estado de México; esa noche, como muchas otras, no habría cena especial, abrazos, palabras efímeras de amor, paz y armonía; en cambio, habría felicidad mezclada con preocupación por un miembro más de la familia, un ser que le parecía lo más bello entre sus brazos, pero que significaba dinero, el mismo que su esposo gastaba en ese instante en mezcal por algún baldío de la colonia.

Para Florinda, la Navidad casi nunca había significado nada, salvo por el nacimiento de una de sus hijas y una que otra Nochebuena con cenas familiares. La vida en San Andrés Ixtlahuaca, Oaxaca, le impidió desarrollar su espíritu navideño; su padre, un leñador, le enseñó que lo primordial era ganar dinero para comer, no las festividades de cristianos arrepentidos de sus malos actos durante el año. A los 13 años, con sus alas fortalecidas, migró a la Ciudad de México, una señora de esas que preparan esplendorosas cenas en la época decembrina se la llevó “como su muchacha”, fue ahí donde recibió su primer obsequio de Navidad, sus patrones le regalaron ropa, usada para ellos, nueva para Florinda.

–Abuela, ¿para ti qué significa la Navidad? Raúl interrumpió sus memorias.
–Nada, porque Jesucristo dijo que debemos recordar su muerte, no su nacimiento.
–¿No te emociona?
–Antes, cuando tu mamá estaba como tú, pero nunca me ha parecido la gran cosa. –sentenció Florinda reforzando su devoción a los testigos de Jehová–.

Antes de las dudas de su nieto, jamás se había preguntado los motivos de su indiferencia del mes de la virgen de Guadalupe, de las posadas, de las redenciones, y todas esas cosas que para ella únicamente eran “pretextos para embriagarse”, consecuencia de todas esas nochebuenas en las que su esposo no llegó a dormir, o aquellas en las que en el único abrazo que le daba era para levantarlo de las calles inconsciente por tanto alcohol.

No siempre fue malo, lo comprobó en cada una de las cenas en las que estuvo rodeada de su único hijo, sus tres hijas, su esposo sobrio y sus nueve nietos, pero lo supo hasta estos años, a los 72, después de un largo recorrido donde a cada instante ve morir a aquellos con los que fue joven un día.

–¿Por qué nunca pones árbol, abuela?
–¿Sabías que la Biblia nunca revela qué día nació Jesucristo?
–¿Me dejas poner un arbolito en tu casa para que llegue aquí Santa? –Preguntó Raúl ignorando sus oraciones–.
–Nada de eso.
–La Navidad es para ser feliz, abuela.
–Soy feliz siempre, no solo en Navidad, pero sí te voy a poner tu árbol.

Florinda era dura, pero jamás se negaba a las peticiones de sus nietos, de ninguno, no se negaba a los deseos inocentes de Raúl que tenía nueve años, ni a los préstamos monetarios que sus nietos mayores le pedían cada mes, cuando la visitaban. Todos eran buenos muchachos, además, un día la llevaron a conocer las grutas de Tolantongo.

–¿Así será el paraíso? –Cuestionó a Gisela, la mayor de sus nietas–.
–Sí, abue, así es donde tú estarás en la eternidad.

Florinda sonrió y sintió paz como en ninguna Navidad, ganar un lugar en el reino de los elegidos era su mayor sueño. El tiempo es más enemigo que amigo y conforme sus nietos crecieron, y sus hijos se divorciaron, se extinguieron las cenas navideñas, las de Año Nuevo, los domingos familiares y de vez en cuando las fiestas por su cumpleaños. A veces todo venía a su mente como una película, que ella sabía, estaba a punto de terminar, no sentía culpabilidad por su falta de espíritu navideño, no era amargura, antes era la pobreza y ahora la vejez.

Diciembre significaba dolor de huesos ocasionados por el frío e infinitas repeticiones de palabras elocuentes y casi esperanzadoras en los anuncios de su televisor viejo; el reloj marcaba las 11 de la noche cuando su esposo le dio un abrazo para decirle: “¡Feliz Navidad, Flori! Vamos a descansar”.

Descansar, eso era lo que últimamente deseaba con ansia, pero sintió un impulso de los que nunca se permitía y recibió el abrazo con emoción, era el día 24, y entonces lo entendió.

–Raúl, ¿te acuerdas qué me preguntaste que significa la Navidad para mí?
–Sí, abue.
–La Navidad significa el amor que ustedes me han dado.
Sonrió y colgó el teléfono, apagó la luz para arrodillarse al pie de su cama, como cada noche, para elevar sus oraciones.
–Jehová, sabes que no pido para mí, cuida a mi familia. Feliz Navidad. Amén.

*Licenciada en ciencias de la comunicación por la UAEH, fonotecaria de Radio UAEH Pachuca y buscadora de historias para “En el camino andamos”. Fan del cine mexicano de denuncia social y la fotografía en blanco y negro. Siempre imagino lo imposible, y lo que me da miedo es que la realidad me engañe

Director del mal: Jorge A. Romero
Colaboradores viciosos: Mayte Romo, Luis Frías, Ilallalí Hernández, Alma Santillán, Enid Carrillo, Erasmo Valdés, Óscar Baños, Rafael Tiburcio, Tania Magallanes, Daniel Fragoso, Julia Castillo, Isabel Fraga, Antonio Madrid, Víctor Valera, Sonia Rueda, y otros que, si bien no están, podrían caer en el vicio algún día.

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