EDGAR VERTTY RODRÍGUEZ
Pachuca

La sociedad actual globalizada y capitalista promueve a través de la publicidad el consumo hedonista e individualista de bienes materiales para lograr la “felicidad”, lo cual repercute en las formas de relación interpersonal. Escuchamos mensajes en los medios de comunicación dirigidos al público masculino, como: “por los hombres que no entienden a las mujeres”, o “por los hombres que se mandan solos”, lo cual promueve el rol tradicional de “ser varón”. También escuchamos mensajes dirigidos a las mujeres como: “soy totalmente Palacio”, o “tan suave como el amor de mamá”, que transmiten ideas estereotipadas sobre ser madre y definen la identidad a partir de un ideal.
Y… ¿qué tiene que ver todo esto con la sexualidad de las personas? La publicidad que vemos en los medios de comunicación está atravesada por significados culturales que se han asignado a “ser varón” y “ser mujer”, mismos que refuerzan las desigualdades existentes entre los sexos y asimismo definen a las personas construidas por distintas instituciones en las que nos desarrollamos: familia, escuela, Iglesia y Estado.
Podemos observar cómo el género es una construcción cultural que atribuye significados a lo femenino y lo masculino, y cómo esos ideales se encuentran inmersos en el mundo que nos rodea. Si bien estas ideas cambian de acuerdo con el momento histórico y social, aún encontramos mensajes que refuerzan los roles y estereotipos de género. La influencia del género en los medios y en las instituciones ejerce un efecto en la sexualidad de las personas, pues al promover el consumismo como sinónimo de felicidad no solo lo realizamos con objetos, sino también con personas.
Es posible, gracias a la tecnología, buscar personas en distintas redes sociales, elegir a alguien para chatear, amistad, noviazgo o sexo, según los intereses de cada quien, y se hace con base en las imágenes que vemos. Los perfiles en las redes sociales se vuelven “un menú de consumo” en el cual elegimos cuerpos: “me gusta”, “no me gusta”, “acepto solicitud de amistad” o bien “bloqueamos la amistad”. ¿Esto será un acercamiento o más bien un aislamiento del contacto emocional y humano?
Desde los mensajes que ancestralmente se han transmitido a los hombres para definirse como tales, encontramos que la sexualidad ocupa un papel predominante en su vida, pues es a través de ésta que se reafirma la virilidad, “ser lo suficientemente hombre”. El ejercicio de la sexualidad masculina se aprende en la adolescencia y regularmente a partir de la pornografía, donde se exhibe el uso de las mujeres (u hombres) como objetos sexuales así como una centralización en el coito y la eyaculación masculina como únicas formas de ejercer la sexualidad. Lo anterior genera una idea errónea desvinculada del erotismo, la sensualidad y la emotividad que se han entendido usualmente como propias de la feminidad. Un mandato cultural para ser hombre es “no ser una mujer”, por tanto, alejarse de características consideradas femeninas: sentimientos, ternura, sensibilidad o la entrega amorosa.
La virilidad se expresa mediante el número de parejas sexuales que tiene un hombre, pues son motivo de orgullo y experiencia para supuestamente “dar placer” a las mujeres que, en la idea tradicional, se conciben como sujetos pasivos que para ser “buenas y puras” deben reservar su sexualidad y vivirla en monogamia o de lo contrario serán consideradas “malas e impuras”. Esta dicotomía de cómo se concibe lo femenino ocasiona que la mayoría de los varones piensen que deben elegir a una madre para sus hijos que tenga una imagen virginal y al mismo tiempo vivir “los privilegios masculinos” otorgados por el sistema patriarcal donde asumen que su “naturaleza” es ser infieles. De ahí que existan en el refranero popular mexicano frases como: “ella es mi catedral y las demás mis capillitas”, “mi único vicio son las mujeres”, “la cosecha de mujeres nunca se acaba”, entre otras.
A los hombres se nos hizo creer que debemos poseer el conocimiento y la razón sobre muchas áreas incluyendo la sexual, por tanto a la hora de relacionarnos con las mujeres esperamos que ellas no tengan “demasiada experiencia”, porque significaría que “se han entregado a otros hombres” y en el imaginario sexista perderían valor. Esa barrera cultural ayuda a comprender por qué no funciona el uso del condón en la prevención de embarazos no planeados e ITS, pues una mujer que propone al varón colocarse un condón sería juzgada por él con comentarios de tipo: “¿con cuántos hombres te has acostado?”.
La construcción de masculinidad también se basa en el mito del “superhéroe” o invulnerabilidad, por lo cual los hombres creemos que no hay riesgo de contagiarnos de ITS si eyaculamos fuera o si solo hay sexo oral, además que pensamos que “con condón no se siente igual”. Como podemos ver hay diferencias culturales que nos colocan en desigualdad y esa libertad que nos lleva a tener “encuentros casuales”, en realidad es un aprendizaje que nos hace sujetos de un “deber ser” y si somos prisioneros de esas ideas ¿en dónde queda la libertad? Este modelo hegemónico de ejercicio sexual masculino se reproduce no solo entre mujeres y hombres, sino en grupos de la diversidad sexual, como la comunidad LGBT. Los encuentros casuales finalmente pueden generar experiencias de vacío existencial en la persona, pues se vive una sexualidad escindida. Habría que preguntarnos en este punto si realmente los hombres hemos aprendido sobre sexualidad o estamos tan desinformados que vamos por la vida cumpliendo solo el papel que la cultura nos asignó.

 

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