El sexo antes de Cristobal Colón

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Sexualidad en las culturas precolombinas

ERÉNDIRA ESTRADA
Pachuca

Abordar el tema de la sexualidad dentro de los pueblos precolombinos es hablar de una vinculación del cuerpo humano, el erotismo y la fertilidad con relación al Universo y sus deidades, las cuales tienen como característica principal sus rituales; de esa forma puede decirse que esas culturas prehispánicas veían a la sexualidad desde su propia cosmogonía.
En ese sentido, los dioses del amor o la sexualidad en la cultura maya eran Alom y Qaholom, la mujer y el hombre; mientras que para los quechuas la pareja principal eran Pachamama e Illapa. Dentro de la cultura Inca destacaban Inti y Mamaquilla; el imperio azteca no se quedaba atrás y sus deidades eran Tonacatecutl y Tonacacihuatl. También la diosa Xochiquétzal y el dios Xochipilli están presentes en el panteón de Mesoamérica como deidades que presiden las relaciones sexuales y la pasión amorosa.
Las relaciones prehispánicas no eran propiamente monógamas, también se permitía la poligamia, y la practicaban básicamente las personas de mayor rango social, es decir, la clase noble.
Según María Isabel Morgan, autora del libro Sexualidad y sociedad en los aztecas, “la concepción de la poligamia prehispánica establecía que el señor, su mujer principal y sus mujeres secundarias formaban una sola familia, a la cual se le proporcionaba apoyo y protección, y en donde las mujeres secundarias y sus hijos no eran objeto de estigmatización social”.
Ese pueblo guerrero solo permitía dos maneras de relaciones sexuales, las que estaban dentro del matrimonio y, otras, muy particulares, entre guerreros y sacerdotisas, estas últimas dedicadas a la prostitución ritual. Ellas estaban protegidas por la diosa Xochiquétzal y se presentaban adornadas y maquilladas para ofrecer a su pareja sexual algunos alucinógenos y afrodisiacos que ayudaban a estimular el apetito sexual. Ese tipo de encuentros sexuales eran comunes antes de que los guerreros fueran de batalla. El adulterio, sin embargo, era severamente castigado, a excepción de los rangos sociales más altos.
Cada aspecto de la vida sexual estaba asociado a un dios diferente, como ya lo mencionamos anteriormente. Así, Xochipilli era el dios de las flores, del amor, y de las relaciones sexuales ilícitas; al igual que Xochiquétzal, quien, además de ser diosa del amor, la fertilidad y los embarazos, era protectora de la prostitución (que era lícita). Por su parte, Tlazoltéotl era la diosa del placer, la voluptuosidad y los pecados carnales, ella protegía a las parturientas, a las parteras, a los hechiceros relacionados con el mundo amoroso y a los hombres de intensa actividad sexual.
Cito otro párrafo del libro Sexualidad y sociedad en los aztecas que señala que “entre las deidades más importantes de la sexualidad eran Tlazolteotl, Xochiquétzal y Xochipilli; sin embargo, como un estrecho lazo ligaba las relaciones sexuales con la reproducción de todo el mundo de la naturaleza, igualmente estrechos eran los nexos entre esas deidades y las que representaban fenómenos naturales que de alguna manera influían en la reproducción”.
Trasladándonos de México a Perú, específicamente al imperio Inca, historiadores citan que entre las prácticas más normales entre ellos era la convivencia prematrimonial; si entre la pareja existía un entendimiento, entonces procedían a celebrar el ritual del matrimonio, pero en caso contrario se separaban sin que hubiera mayor compromiso.
Aunque básicamente para el pueblo del Perú precolombino el matrimonio más que un acto religioso, era un asunto de Estado, su interés radicaba en que la nueva pareja, una vez que obtenía su parcela “obsequiada” por el Estado, comenzara a trabajar y con ello a tributar, tomando en cuenta que el incremento de personas era necesario para consolidar aún más un imperio que estaba en franca expansión.
El Archivo de Indias, en Sevilla, conserva aún crónicas de la época
que hacen referencia a las impresiones que
causaban a los conquistadores ciertas prácticas sexuales de los incas juzgándolas de perversas, como por ejemplo la enseñanza de la masturbación, el previo entrenamiento de mujeres antes del matrimonio, la homosexualidad y ciertas posiciones del coito, así como el sexo oral, como parte del juego amoroso.
Con lo que respecta a la virginidad, ésta no fue apreciada, según lo indica el cronista español Bernabé Cobo, quien cita que “la virginidad era vista como una tara para la mujer, pues el inca consideraba que solamente quedaban vírgenes ‘las que no habían sabido hacerse amar por nadie’”.
Para muchos de los pueblos precolombinos el sexo no era algo condenable ni punible, fue hasta la llegada de los españoles cuando se consideró a esas prácticas prehispánicas como inmorales y deshonestas.
Como dato relevante, en algunos pueblos las mujeres jóvenes aptas para el matrimonio eran aleccionadas por sus madres, madrinas o chamanas para utilizar anticonceptivos que evitaran o interrumpieran embarazos, empleando así una variedad de hierbas que, hasta nuestros días, existen en la herboristería indígena.
Ejemplos de la libertad sexual son muchos, otro caso se daba en los Andes patagónicos entre los miembros del pueblo Mapuche, quienes tenían como costumbre que las jóvenes que empezaran a menstruar eran partícipes en un ritual de iniciación femenino, llamado Ulcha, nombre de la diosa Mujer Joven, quien es una de las cuatro deidades mapuches, con el fin de ser instruidas dentro de la vida sexual.

Los dioses
del amor
o la sexualidad en la cultura maya eran Alom y Qaholom; mientras que para los quechuas la pareja principal eran Pachamama e Illapa

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