Del sexto Festival Universitario del Hongo, organizado por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH) y que concluyó el domingo 19 de noviembre con la Muestra Gastronómica de Hongos Silvestres en la localidad Los Reyes, en el municipio de Acaxochitlán, Hidalgo, se rescató un estudio minucioso sobre hongos de la doctora Raquel Ofelia Barceló Quintal, profesora investigadora del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades (ICSHu), el cual quedó inscrito en la publicación universitaria que comentaremos en esta entrega.

Hongos comestibles

Los pobladores del México Prehispánico consumían hongos comestibles en su dieta cotidiana y los no comestibles en sus rituales. Testimonio de ello son una buena cantidad de figurillas de piedra y barro, pinturas y frescos, en casi todas las culturas mesoamericanas; además, están presentes en los códices precolombinos como el borbónico, de los mexicas y los de los inicios de la época Colonial, como el Vindobonensis o Códice Yuta Tnoho, originario de la mixteca alta de Oaxaca; y el Madrid o Códice Tro-Cortesiano, de los mayas; y en los del siglo XVI como el Magliabechiano y el Florentino.

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En el caso de la cultura maya, los llamados “hongos de piedra”, la mayoría de ellos de 25 a 35 centímetros de altura, fueron encontrados en Chiapas, Guatemala y El Salvador.

Estas representaciones de piedra datan desde 1000 aC hasta 90 dC, pero su simbolismo ha sido muy discutido y hasta hoy no pueden explicarse con precisión; algunos arqueólogos consideran que fueron objetos sagrados o mágicos para su uso ritual en las ceremonias religiosas; otros estiman que representan imágenes de otro tipo de hongos, como, por ejemplo, de algunos comestibles de estípite y píleo gruesos.

Los hongos que aparecen en los códices son identificados como amanita muscaria, que no es comestible; en el Códice Borbónico se considera un símbolo relacionado con Tláloc, dios del agua y de la lluvia, quien propicia el desarrollo de los hongos. En el Vindobonensis se relacionan con determinadas festividades religiosas. Y por último, en el Códice Madrid también están vinculados con fines para rituales.

En determinadas épocas de lluvia, los hongos se representan con el trueno, esta interpretación está reforzada con la leyenda que persiste actualmente entre los mayas de Guatemala y Chiapas, que el trueno representa los poderes alucinógenos. La amanita muscaria se da desde América central hasta Zacatecas, se reconoce porque tiene la volva y el píleo amarillo, a diferencia de la europea y norteamericana que en píleo es rojo.

En el Códice Magliabechiano puede observarse un grupo de tres hongos; se encuentra a un indígena ingiriendo hongos alucinógenos y detrás de él al dios que lo inspira por medio de estos. El Códice Florentino, de fray Bernardino de Sahagún, muestra a un hombre en forma de pájaro demoniaco sobre un grupo de hongos alucinógenos, lo que concuerda con el efecto de los mismos, cuando la persona que los ingirió se siente con la facultad de volar. Lo que confirma su uso ritual. Su ingestión era considerada como un mecanismo para tener contacto y hasta una comunicación íntima con sus dioses, pues efectivamente, con frecuencia se pasa por una etapa mística bajo el efecto de estos hongos.

La temporada de los hongos son los meses de junio a octubre, ya sean para uso ritual o comestibles. Estos últimos también se consumieron en el periodo Prehispánico hasta la actualidad. Los hongos dependen de la época de lluvias, periodo que desarrollan sus cuerpos fructíferos que son los comestibles.

Los aztecas llamaban a los hongos nanacatl, que significa carne

La comida prehispánica fue extensa en plantas de uso integral, como el maíz y el maguey; el consumo de las frutas fue muy variada, entre ellas estaba el jitomate, chayote, chilacayote, garambullo, mamey, aguacate, anona, chirimoya, papaya, guanábana, chicozapote, chachunga, zapotes, guayaba, pitaya, tuna, xoconostle, entre otros; entre las hojas estaban en su dieta las verdolagas, los quelites, el papaloquelite, el quintonil, la chaya y el choyo.

En la dieta no faltaban las semillas como el cacao, el amaranto, la chía, los cacahuates, el girasol y el piñón; entre las vainas: el ejote, el guaje, el mezquite, el guamúchil, el hueynacaxtle, el cuauhpinole y el jinicuil. En la tradición de comer flores estaban la calabaza, el garanbullo, el colorín, los gualumbos, el cocuite y los alaches. Las raíces que consumían eran camotes, la jícama, el chinchayote, la yuca y el guacamote. Los insectos que aprovechaban eran el ahuautle, los chahuis, los chapulines, el chonicuil, la cuetla, los cupiches, los gusanos de maguey, los titinocos, los jumiles, las hormigas, los huevecillos de estas, es decir, los escamoles, entre otros; y entre las algas estaba la espirulina.

En cuanto a carne, los hombres prehispánicos comían mamíferos como el pecari, tepescuintles, itzcuintlis, venado, armadillos y liebres; aves (guajolote, pato, chachalaca y el chichicuilote); reptiles (batracios y culebras); también consumían minerales cuando usaban la sal, cal y tequesquite; y como condimentos: chiles, epazote, vainilla, achiote, cebolla xonacatl y chipilín. Entre sus bebidas contaban con el puque, el pozol, charagua, el chorote y no faltaban las golosinas como las palomitas, el pinole, la melcocha de tuna y las alegrías. Con la llegada de los españoles los grupos étnicos conservaron sus hábitos culinarios y con los siglos ampliaron su dieta poco a poco con los nuevos productos traídos desde España, con la aclaración que muchos de estos eran de origen árabe.

La publicación puede consultarse en las bibliotecas de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo y en la librería Carácter de Ciudad del Conocimiento. Esperamos sus comentarios en la dirección electrónica: [email protected]

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