No basta ver el intermedio de la final de un partido de futbol americano para juzgar a una mujer que presenta un espectáculo musical. Compositora y cantante, Shakira, nunca ha sido solamente un cuerpo exhibido, cosificado e hipersexualizado. En algunas letras de sus canciones ha apostado por nosotras y puede advertirnos los peligros de dejar de querernos a nosotras mismas. Su voz ha sido su mejor arma, sus inspiraciones las alianzas con la gente a las que nos gustan sus letras, que nos identificamos, que bailamos con ella, brindamos por otros, nos reconciliamos con nuestros espejos y apostamos por reinventarnos a diario.
Debió ser en 1996, una alumna me invitó a un concierto de esa joven colombiana. Tierna y dulce, apasionada y virtuosa, prefirió repetirnos el repertorio de las canciones de su disco exitoso del momento, porque los primeros no habían tenido la misma suerte, reconoció con sorprendente honestidad. Así, en “Pies descalzos” entonó con toda la ironía que se burla de mandatos y prejuicios: “Cumplir con las tareas, asistir al colegio, ¿Qué diría la familia si eres un fracasado?, y ponte siempre zapatos, no hagas ruido en la mesa, las mujeres se casan siempre antes de 30 sino vestirán santos, aunque así no lo quieran, y en la fiesta de quince es mejor no olvidar, una fina champaña y bailar bien el vals.”

Me gustó la provocación y empecé a seguirla. Por supuesto, no rompía con todo, pero sí delataba cuestionamientos y rebeldías: “Pobre de Dios que no sale en revistas no es modelo ni artista, mientras tanto este mundo gira sin poderlo detener, y aquí abajo unos cuantos nos manejan como fichas de ajedrez, no soy la clase de idiota que se deja convencer, pero digo la verdad y hasta un ciego lo puede ver.” A veces podía morir de amor, pero también tenía dignidad y amor a sí misma: “Más sé que estaré bien, los gatos como yo caen de pie, no quiero jugar mi suerte por ti, no puedo con ‘v’ pequeña vivir, pronto estaré de ti muy lejos, ahí te dejo Madrid, tus rutinas de piel, y tus ganas de huir, yo no quiero cobardes que me hagan sufrir.”
Comprendió una palabra clave en las relaciones desiguales y violentas, la fuerza de una palabra que todo hombre debe respetar: “No, no intentes disculparte, no juegues a insistir, las excusas ya existían antes de ti, no me mires como antes, no hables en plural, la retórica es tu arma más letal.” Gracias a ella, aprendí a aullar, no me avergüenza que alguien me llame loba, si es la loba a la que le canta Shakira: “No pienso quedarme a tu lado mirando la tele y oyendo disculpas, la vida me ha dado un hambre voraz y tú apenas me das caramelos, me voy con mis piernas y mi juventud por ahí, aunque te maten los celos”. Shakira, la misma que se identifica con el cautiverio de las locas. Shakira que también juró, y le creí, que las caderas no mienten. Shakira, la misma que en una canción aceptó la crítica cuando le dicen en un coro: “Me gustabas cuando estabas más gordita y con la cara redondita”. Shakira, que ese domingo 2 de febrero entregó el alma en el escenario, mostró segura un cuerpo que ama sin vulgaridades ni culpas. Shakira, mi coro de sororidad: “Siempre supe que es mejor, cuando hay que hablar de dos, empezar por una misma”.

Comentarios