El dicho que dice “no hay malos estudiantes sino malos maestros”, no es del todo cierto, también hay malos estudiantes. Pero es un círculo vicioso, el estudiantado es malo porque viene viciado con prácticas deshonestas, se ha vuelto instrumento y víctima de una sociedad que ahora tiene torcidos sus valores éticos y morales y los estudiantes solo los replican. Frente a esto, la labor del docente se complica ya que además de transmitir las herramientas del conocimiento, también debe de buscar los mecanismos para revertir los malos hábitos de una sociedad que se deshumaniza de manera vertiginosa y encuentra en los educandos su materia dispuesta.
En muchas universidades, sobre todo privadas, la evaluación del docente también es hecha por el estudiantado. Tema muy controversial ya que el futuro académico y laboral de un docente pende de un hilo con los juicios de los pupilos que en esas condiciones carecen de los elementos suficientes para determinar la calidad académica de un docente, lo que obliga a los profesores a adaptarse o alinearse a los caprichos de alumnos que muchas veces y sin escrúpulo alguno, en actos de revanchismo mienten y manipulan sin el menor ápice de ética o moral. Poniendo en riesgo no solo su educación, sino el trabajo de los docentes y por supuesto la calidad y el rigor académico que deben de recibir.
Comprometiendo así también la credibilidad de los estándares de calidad académica de su propia universidad que responde como cualquier empresa: “El cliente es el que paga y por lo tanto es el que manda”. Y en este caso es el estudiante el que paga. Tal cual como un Walmart que vende educación y donde los docentes son los jefes de piso y el estudiantado el cliente comprador. Pero el tema es más complejo aún. Aquí se quiere hacer responsables a los docentes de una “mala” educación cuando hay muchos factores a tomar en cuenta que van en detrimento de la preparación de la juventud.
Las condiciones laborales de un docente son para llorar en este país a nivel universitario y sin mencionar los niveles básicos. Como obreros en una fábrica o en el mismo Walmart una gran mayoría tiene reloj checador con el que les aplican las más grotescas penalizaciones desde descontarles clases por un minuto de retardo hasta restringirles impartición de materias como “castigo”.
Un salario paupérrimo en la mayoría de los casos, hasta 50 pesos la hora de clase, no importa si el nivel académico del docente es de doctorado; contratos por debajo de los tiempos establecidos por la ley para la obtención de plaza; firmas de papeles que excluyen a las instituciones educativas de toda relación laboral al término del contrato; renuncias por adelantado y posfechadas que protegen a las empresas educativas de cualquier demanda laboral; discriminación por género (mayoritariamente ganan más los profesores que las profesoras según datos del Inegi). En estas condiciones ¿cómo se les exige desempeño y profesionalización? ¿Con qué autoridad moral? A los docentes lamentablemente no se les paga por lo que saben sino por el tiempo que están en un aula, no se les paga el tiempo que invierten en preparar una clase, mucho menos horas extras, actividades extra académicas, entre otras cosas.
Todo esto repercute en la calidad educativa que recibe el estudiantado, pero la responsabilidad no solamente recae en el profesor, también se debe a una educación deficiente en su casa en lo que a la familia corresponde y que se refleja en escuelas y universidades. Hogares en los que, por ejemplo, mayoritariamente el uso del libro solo es para quien va a la escuela y no una práctica o hábito cotidiano de todo el entorno familiar.
Y si acaso se leen periódicos, estos suelen ser los pasquines de deportes o los diarios amarillistas en los que la nota roja es la noticia central. El resto de información lo reciben de la televisión.
Con la mala educación, consecuencia de un sistema educativo paupérrimo, viene también la incapacidad en el uso adecuado de las nuevas tecnologías donde el acceso a la web en vez de servir como una valiosa herramienta se vuelve un peligroso medio de control. Encima, se le ha hecho creer al estudiantado que es el “centro” del universo, que el mundo académico gira entorno a ellos otorgándoles un poder desde el cual ejercen las prácticas aprendidas del capitalismo: la mentira, la deshonestidad, la manipulación, el egoísmo, etcétera, que van en detrimento no solo de su formación sino de la sociedad entera.
La construcción de una educación al servicio del pueblo está en jaque, la hidra del capitalismo está llevándose entre alguna de sus fauces a cientos de miles de estudiantes que sí siguen aportando a una educación crítica hombro con hombro junto a los trabajadores, académicos e investigadores en las universidades para darle paso a una generación que se edifica desde el ejercicio de un poder fáctico sin tener sustento alguno y tristemente al servicio del capitalismo.

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