De victimario
nadie lo juzgó.
Víctima fue
y la ley pesó tanto
como ancla en mar turbio

Matar es uno de los verbos más sonados en el mundo mediático, incluso más que amar. En el séptimo arte es tan útil que genera considerables ganancias en el género que lo pongan. Aunque la ficción es una oportunidad para crear mundos ideales que no den cabida a la crudeza de lo real, hay una amplia mayoría de guionistas o productores empeñados en que los asesinatos también ocurran allá. Tal vez porque en términos comerciales representar ejecuciones garantiza que la taquilla no se quede sola o, en otros entramados, porque la validez del libre albedrío tiene en el cine la jugosa oferta de matar sin que tengas que ir a prisión o que los cargos a la consciencia sean más destructivos que la acción propia.
Pero matar en una película de Quentin Tarantino o Robert Rodríguez marca enormes distancias con matar en Hostal de Eli Roth, o en la “dura” manera de matar de John McTiernan, o a través de la sofisticación de Stanley Kubrick y su Resplandor; ellos toman el concepto de la esquina que les acomoda y la estiran al mismo tiempo para hacer que explote en una infinidad de posibilidades y razones.
¿Para qué matar? ¿Cómo matar? ¿Cuándo matar? ¿Con qué? ¿Con quién? ¿A quién?
Matar a un hombre (2014) titula al proyecto chileno de cine independiente de Alejandro Fernández Almendras, quien hace un esfuerzo importante por compartir con el público el torbellino interno de un hombre que decide matar a otro, los pasos del proceso con el antes, durante y después, y la mutación de su mente.
Fernández Almendras no toma el verbo matar para sacarlo de un cajón oculto, desenvolverlo de un pedazo de terciopelo rojo y lanzarlo sin más contra alguien. Quiere contemplarlo antes con su actor principal y quiere que el espectador también lo examine y piense en las decisiones que tomaría con una palabra semejante que le ronda incansable por su cabeza.
En el experimento, el cineasta le añade con muchas pausas varias gotitas de factores incitadores para ver si la decisión de aplicar el verbo se prolonga, se adelanta o acaba con tus estribos.
Matar suele corretear al valor ciego de la justicia y con generalidad lo alcanza para asegurarse que la balanza no esté igual por los dos lados.
La cinta chilena, que por cierto está basada en un hecho real, hace juego de esta persecución cuando los árbitros certificados de la justicia necesitan que los conflictos lleguen a más para intervenir. Antes no. Entonces uno debe pensar en saltarse el paso y tomar medidas por cuenta propia.
Innegablemente hay que matar a un hombre, es el título de la película, tiene que haber un asesinato, una víctima y un victimario. Sin embargo, la historia no queda atrapada en el spoiler de su nombre. Se esmera en explorar el perfil de quien fue motivado al crimen, en su casa, su familia y sus vecinos; en sus silencios y sus enfermedades, en el trabajo, su modus operandi y la relación con una vida común que encaja con la media nacional.
Así veremos que Matar a un hombre es subirse a un tren de vapor que avanza y retrocede, se detiene por largos periodos sobre un puente elevado, se queda sin carbón, aumenta su velocidad por la pendiente, se tambalea y regresa a la misma estación donde lo abordaste, quizá, para no volver a marchar.

@lejandroGALINDO
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