A nuevas generaciones de comunicadores en el estado, el nombre de Antonio Santos Mendoza poco o nada les dice. A lo mejor el sobrenombre con el que se le identificaba: el Pony, pudiera traer breve comentario, quizá después de alguna plática ocasional con diaristas de veteranía más ilustre, pero son los menos.
Debe considerarse que, periodista especializado en deportes, vivió épocas en que eran pocos los órganos de difusión diaria en Pachuca; hoy casi llegan a la decena y, en consonancia, son más quienes se dedican profesionalmente a tareas informativas.
Pero desde 1950, hasta que 1980 ya languidecían los medios, Santos Mendoza era referente.
En su personalidad sobresalían contagiosa alegría, carácter, en primera impresión, desenfadado, pero irreprochablemente cumplido en diversas tareas que desempeñaba en El Sol de Hidalgo, desde su arribo, meses después de su fundación, en 1949.
Después sería el primer dirigente sindical de ese matutino.
Desde entonces marcó su estilo, sobre todo en disciplinas complicadas como basquetbol y boxeo, e, indudable, sapiente en asuntos de tauromaquia y charrería.
Perito, diseccionaba manganas, piales y suertes de tan bella disciplina, muy mexicana.
Falleció en la tarde, casi al anochecer del 9 de agosto en 1989. Cerró los ojos, después de una especie de cansancio profundo que osciló entre instantes de lucidez, como fulgurantes relámpagos, y dormitar de alientos irregulares.
Estaba internado en el hospital del IMSS. Apenas había expresado, cordial, festivo:
“Pronto nos veremos en casa; tengo nuevos discos”.
Era conocedor de diversos géneros musicales, sobre todo de corte romántico.
Al igual, era parte festiva en una reunión de amigos y compañeros, y no pocos compadres, que le profesaban indeclinable afecto.
Muy cerca de él estuvo el doctor Diego Uribe. Había sólida amistad y encantos compartidos por el beisbol.
Fue larga la estancia del Pony en la Bella Airosa.
Además de tecleos acompasados en máquina de escribir Remington, conocía de tipografía, en aquellos días en que se utilizaba plomo como insustituible materia prima.
Tenía la habilidad de emparejar líneas aún calientes, salidas apenas de los ruidosos linotipos. Hacerlo reclamaba aptitudes.
Los años han marcado su huella, pero con Santos Mendoza solo queda la marca de lo bueno, lo permitido, para afirmar que fue caballeroso acompañante de muchas jornadas, en que no regateó sabiduría en consejos y espíritu de lucha para seguir hacia adelante.

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