Durante varias décadas, el principio de la autodeterminación de las naciones constituyó un pilar fundamental de la diplomacia y la política exterior mexicanas, con la Doctrina Estrada como guía rectora desde 1930 hasta el advenimiento del mundo unipolar y la globalización, cuando se impuso la antigua doctrina Monroe, formulada desde el siglo XIX, que dictaba: “América para los americanos”, entendida América como todo el continente, sobre todo Latinoamérica, y por americanos, los estadunidenses. Desde esa óptica, México fue visto como traspatio de los Estados Unidos (EU). Durante buen tiempo nuestra política exterior tuvo momentos gloriosos de dignidad frente a la arrogancia de las potencias; por ejemplo, cuando a partir de 1939, al triunfo del franquismo en España, el gobierno del general Lázaro Cárdenas dio asilo a los emigrados de la República, cuyo número superaría finalmente los 20 mil; o cuando en 1962 EU logró la expulsión de Cuba de la OEA, y solo un país, en solitario, votó en contra: México. Tiempos aquellos de orgullosa dignidad en nuestra política exterior.
Hoy las cosas han cambiado, para mal, pues aunque la retórica oficial insiste en que somos una nación independiente, nuestra situación en los hechos es la de una colonia. La economía y la política son dictadas desde Washington, y nuestros gobiernos, más marcadamente desde Miguel de la Madrid, todos ellos, sin distingo de partido, han subordinado su política a los intereses de las transnacionales, particularmente de EU, y al gobierno de ese país. Nos forzaron a desmantelar o privatizar las paraestatales, liberalizar las finanzas y entregar los bancos al capital extranjero; nos impusieron la privatización de los ferrocarriles y los ingenios azucareros, la firma de tratados de libre comercio cada día más depredadores, como el TLCAN y hoy el TPP. Por esa vía se cancela progresivamente la soberanía nacional, impidiendo al país aplicar sus propias leyes, sometiéndolo a los fallos de páneles de controversias y a la legislación extranjera. En un país cada día más endeudado, como el nuestro, la soberanía y el futuro también se hipotecan. En cuanto a comercio exterior, el vecino del norte compra más de 80 por ciento de nuestras exportaciones, convirtiéndose así en un monopsonio, con todo el poder que ello implica. Desde Washington, y dañando seriamente nuestra imagen y respetabilidad ante el mundo, se ha impedido a México cumplir compromisos legales como la licitación del tren ligero a Querétaro, ganada por una empresa china. Igualmente, fue cancelado el proyecto Dragon Mart, de inversión china, en la Riviera Maya, porque afectaba los intereses de empresas como Walmart. En fin, las grandes cadenas hoteleras que controlan ese sector económico son principalmente norteamericanas.
La pérdida de soberanía nacional es una tendencia que se ahonda, al paso que se consolida el modelo neoliberal orientado a las exportaciones. Producimos mucha riqueza: por producto interno bruto somos el país número 14; el duodécimo productor mundial de alimentos, primero en producción de plata, entre otros, pero en buena medida para beneficio de las trasnacionales. Se dice que somos el cuarto exportador de coches, una ficción, pues en realidad las ensambladoras extranjeras vienen a utilizar la baratísima mano de obra que se les ofrece, mal pagada y privada de derechos laborales. Vienen también las trasnacionales porque la laxa legislación ambiental mexicana les permite obtener grandes ganancias contaminando el medio ambiente y devastando los recursos naturales. Las principales mineras son canadienses; las empresas de plaguicidas son extranjeras, así como las refresqueras y las de maquinaria agrícola. El capital bancario pertenece en más de 83 por ciento a bancos extranjeros, que se apropian de las utilidades y las repatrian. Las crecientes importaciones de maíz, arroz, leche, sorgo, frijol hacen cada día más ficticia la seguridad alimentaria.
Así, subordinados a las trasnacionales, la soberanía y el respeto a la dignidad nacional quedan anulados. La independencia financiera, tecnológica y económica de un país es indispensable para salvaguardar su soberanía y exigir un trato digno; y no la tenemos. Consecuentemente, la debilidad en las relaciones internacionales no es solo asunto de índole política o subjetiva: tiene una profunda raíz económica. No es ningún secreto que el poder económico se traduce, también en el plano internacional, en fuerza política; como dice el poeta, el ave canta aunque la rama cruja, como que sabe lo que son sus alas. Lamentablemente, ese no es nuestro caso, como sí es el de China, Rusia, Irán, y hasta cierto punto Turquía, países que disponen de riqueza, hacen valer ese poder y pueden hablarse de tú con las potencias occidentales. Europa, económicamente endeble, ha caído progresivamente bajo la férula norteamericana, y la propia salida de Inglaterra de la Unión se explica porque ese país tiene la fuerza económica que le permite desafiar a sus vecinos y tomar el camino que más le convenga.
Por lo anterior, conquistar una patria digna y respetada en el concierto de las naciones, a la que no dicte órdenes ninguna potencia, del signo que ésta sea; recuperar el respeto a nuestro país, es posible si se reúnen dos condiciones. Primero, tener un gobierno fuerte, y recordemos que la fuerza proviene del pueblo; es decir, se requiere un gobierno con un firme y masivo apoyo popular, que le dé apoyo y seguridad para enfrentar a las potencias sin arredrarse; pero los gobiernos recientes han dado la espalda al pueblo, perdiendo su apoyo; peor aún, el actual presume de que no le importa cuánto respaldo popular tenga, algo absolutamente insostenible, pues sin el pueblo los gobiernos quedan a merced de las potencias. Segunda condición, con esa fuerza emanada del pueblo se debe promover el desarrollo de una economía nacional fuerte y soberana, sin utopías aislacionistas pero reivindicando un desarrollo nacionalista; un sistema empresarial vigoroso, con tecnología propia; igualmente, la banca y la industria deben ser del país y para beneficio de nuestra sociedad. Mientras ambas condiciones no se reúnan, seguiremos siendo una nación humillada por los poderosos de todas las latitudes, como lo hizo el gobierno de Francia en el caso Florence Cassez, poniendo de rodillas a nuestro gobierno, o los norteamericanos en los casos antes mencionados; o como Vicente Fox cuando se inclinó ante Bush y en vergonzosa falta de respeto exigió al jefe de Estado cubano abandonar el país; en fin, como se hace hoy, siguiendo una política temerosa de diversificar las relaciones económicas. Lo que México necesita es un gobierno popular, punto de partida para conquistar la verdadera independencia.

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