La crisis que enfrentan los mexicanos, que están del lado de la precariedad, es multidimensional, por una parte a nivel global la lucha está entre los que se inclinan por una liberalización global de los mercados y de los flujos generalizados de los productos científicos y tecnológicos, con una geoeconomía articulada vía redes informáticas; en la otra esquina están los que se inclinan por la autarquía, es decir, nacionalismos sustentados en la supremacía de los que detentan el poder tecnológico y financiero; en este proceso se identifican los casos del Brexit, Cataluña, Barcelona y, claro, México, pero aquí no es que México quiera separarse económicamente de Estados Unidos (EU), sino al revés, es el gobierno salvaje de Trump que se empeña en un nacionalismo discriminatorio, a través de su America First, de la desregulación en lo ambiental y del cambio climático, como de la obsesión por la construcción del muro en la frontera con México; claro, también están las negociaciones del Tratado de Libre Comercio (TLC) que implican altos riesgos económicos y políticos.
En lo interno, los mexicanos seguimos viendo el avance, a niveles extremos de la desigualdad, la alta concentración de la riqueza que se genera socialmente. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), México es uno de los países más desiguales de América Latina; en su publicación “Panorama social de América Latina” señala que dos tercios de los activos físicos y financieros están en manos de 10 por ciento de las familias mexicanas, pero lo más delicado es que solo uno por ciento concentra 30 por ciento de la riqueza nacional; entre 2003 y 2014, la economía creció 2.6 por ciento en promedio, mientras que la riqueza lo hizo en 7.9 por ciento, lo que significa que la riqueza se duplicó cada dos décadas, pero la concentración de ingresos de 25.6 mil millones de dólares de tan solo 16 familias, para 2017 incrementó a 146.6 mil millones de dólares, equivalente a 572 por ciento de incremento. Por lo que el índice de Gini registra 0.93, que indica una alta concentración de ingresos.
Se ha mencionado que la reforma fiscal de Trump propiciará un mayor crecimiento de la economía mexicana de lo que se tiene estimado, a 2.3 por ciento, a pesar de la incertidumbre en las negociaciones del TLC; de igual forma, el Fondo Monetario Internacional aseveró este incremento en el producto interno bruto (PIB) de México.
Pero crecer no es suficiente, en tanto la concentración de los ingresos persista, la pobreza de más de 50 por ciento de los mexicanos tiende a agudizarse; la tercera parte de los jóvenes que pueden estar estudiando tienen un futuro muy negro, si consideramos el estudio que realiza la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), porque los estudios universitarios ya no son una garantía de éxito en la vida, dada la tendencia a la precariedad de los ingresos de los profesionistas. En 2005, un profesionista universitario ganaba 24 mil pesos, para 2016 el poder adquisitivo de sus ingresos cayeron a 14 mil pesos, el salario promedio en México es de 7 mil 365 pesos, mientras que el promedio de la OCDE es de 16 mil; la alta concentración de la riqueza, ya sea por productividad o por corrupción, y la precarización acelerada e incremental de los salarios, deriva en la ausencia de la movilidad social en nuestro país, no solo los salarios mínimos resultan insultantes, sino todos los salarios, la pobreza avanza inclementemente, esto no lo entiende el precandidato Meade, porque dice que sacó de la pobreza a 2 millones de mexicanos, ¿usted le cree?
Algo está pasando en los sistemas educativos, porque las empresas tecnológicas que son las que dominan la economía mundial están contratando a personal que no tiene estudios universitarios, según dicen que “la universidad y el genio creativo no se llevan bien”, se focalizan más en las habilidades prácticas y actitudes de identificación de gusto por hacer su trabajo, que deriva en compromiso de crear más en su desempeño.
Un profesor de Harvard expresó que la formación universitaria esta encasillada y las nuevas prácticas empresariales requieren de perfiles transversales con competencias orientadas a trabajar en redes, característica que tiende a ser la base de los empleos futuros, que si bien no están ya definidos, sí requieren de esta habilidad.
Dado que los procesos económicos son cada vez más plurales, diversos y dinámicos, dada su constante transformación por las infinitas aplicaciones de los avances científico-tecnológicos y de innovación, el perfil profesional que se forma en la academia no es el que requieren las empresas, que se distinguen por ser competitivas e innovadoras. Las universidades tienen que educar y formar para el futuro, porque el presente ya es pasado.
Lo malo de esto es que ninguno de los precandidatos menciona el cambio de modelo económico ni de nuevas estrategias para enfrentar esta faceta de la crisis. ¿No lo cree usted?

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